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31 diciembre, 2013 / Jorge Gato

La velocidad

Últimamente no hago más que pasarme por aquí para hablarles de un apocalipsis que, para ser justos, solo parezco percibir yo y si acaso alguna otra poca gente, toda ella con tendencia a hacer cosas raras en determinados momentos del día. Así que, con ánimo de desagravio, voy a contarles hoy otro tipo de señales que me invitan a pensar que, quizá, estemos viviendo a una velocidad inadecuada; lo que, por cierto y para mi desgracia, hace que ignoremos un mundo que ocurre al mismo tiempo que el conocido pero no al mismo compás. También es verdad que hemos sido capaces de desarrollar técnicas y tecnologías que nos permiten asomarnos a esos mundos y ser conscientes de ellos, pero siempre nos quedan lejos, fuera de nuestro humano alcance, como si los contempláramos desde detrás de un cristal que nos impide mezclarnos con él pero, aun así, y doy gracias, nos permite admirarlo.

Empezaré por arrojar un dato que no me he ocupado de contrastar, para que vean que en las Cumbres no intentamos ir de nada. Escuché hace algún tiempo que las farolas -y supongo que será aplicable a toda bombilla- en realidad parpadean todo el rato, es decir, la luz que emiten no es continua como nos parece a nosotros sino entrecortada, pero dicho parpadeo se produce tan rápido que nuestros sentidos son incapaces de percibirlo. Ya digo que no es información contrastada y que me la han podido colar fácilmente, pues además mis conocimientos científicos brillan por su ausencia, pero no es descabellado pensar que pueda ser así conociendo elementos como la luz infrarroja, los ultrasonidos y tantas otras cosas que se nos escapan pero que sabemos que están. Imaginen qué aventura pasear por la calle cualquier noche si pudiéramos percatarnos de ese frenético centellear. ¿No parecen titilar acaso, ahora que lo pienso, las luces de las ciudades cuando se las observa desde la lejanía?

Se me viene a la cabeza que hace ya algún tiempo escribí un texto relacionado con la velocidad a la que ocurren las cosas. Aquel texto se titulaba ‘A cámara lenta y en él ya dejaba entrever mi creciente preocupación por las cosas que se nos escapan. Me viene muy bien además para ejemplificar lo que comentaba al principio de este escrito: aunque hemos sido capaces de desarrollar la técnica para ver imágenes a cámara súper lenta, donde, por cierto, todo parece ganar sentido o propósito, en realidad seguimos sin ser capaces de vivirla, de sentirnos dentro de ese slow motion que parece tornar cada gesto en un fin en sí mismo. La velocidad normal a la que se desarrolla nuestro mundo deja escapar un grandísimo potencial para convertir casi cualquier acción en una bella agonía de artística lentitud.

Y por si acaso no me creyeran, bien porque se hayan acostumbrado a no creer al tonto del apocalipsis, bien porque todo esto simplemente les suene estúpido, les traigo un archivo sonoro que muy fácilmente podría colocarlos un poco más cerca de mi lamento. La grabación, culpable en buena parte de esta vaga reflexión que se hallan ustedes leyendo, fue realizada y editada por Jim Wilson; en ella pueden escuchar el sonido de unos grillos cualesquiera en un paraje que no conozco pero que poco importa. De fondo escucharán un coro celestial del que pronto querrán saber por qué ha sido mezclado e interrumpido con esos bichos. Pues bien, el coro celestial no es otra cosa, aseguran, que el sonido de los grillos muy ralentizado.

Díganme tras escucharlo, y asumiendo que la explicación sea cierta: ¿seguro que vamos a la velocidad adecuada?

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