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5 febrero, 2014 / Jorge Gato

Jabón de manos

Llevo ya un tiempo inmerso en una peculiar y perpetua batalla con un objeto cotidiano de los que nunca suelen ganarse líneas en ningún blog. El objeto es un dosificador o dispensador, que no sé qué sería más atinado decir, de jabón de manos que desde hace cosa de un mes ocupa una esquinita del lavabo de mi hogar. Para aclarar su naturaleza os diré que es de esos botes transparentes que acaban en un cuello fino, el cual debe ser apretado por el usuario hacia abajo para que la física empuje el jabón de dentro del recipiente a través de un finísimo tubo de plástico y llegue así a depositarse, el jabón, en la mano del interesado. Para aclarar aún más cosas sobre la naturaleza de este dispensador os diré que desde el comienzo mismo, desde el momento exacto en que fue desprecintado y, por tanto, inaugurado, se negó a funcionar para mí. Jamás en todo este tiempo he logrado que el artilugio deposite suavemente el fluido bienoliente que contiene en su interior sin presentar batalla antes. De modo que cada vez que he querido obtener el néctar antibacteriano de sus entrañas he debido pelear para obtenerlo, empujando frenéticamente su fino cuello hasta que al fin lograba recibir un escupitajo, porque no era otra cosa, de jabón que no colmaba mis expectativas pero que al menos calmaba mis anhelos y servía a mi propósito. En plena batalla, mientras empujaba con impaciencia y sin ningún cuidado su esbelto cuello, solo lograba obtener soplidos desesperados de ese pequeño bote transparente; a veces eran incluso pedorretas burlonas. Estos encuentros han sucedido todos y cada uno de los días que ha estado aquí, y varias veces cada día, por lo que ya había resuelto escribirle algo poco antes o poco después de que nos abandonara. Será poco antes.

Lo sorprendente es que había planificado un texto de queja, de agresión verbal contra ese pobre objeto inanimado que ha parecido cebarse conmigo todo este tiempo. Pero ayer por la noche ese pobre objeto inanimado me dio toda una lección y he tenido que agachar la cabeza y pedirle disculpas en silencio y por escrito. Llegué al cuarto de baño sumergido en mis asuntos, poco atento a la batalla que debía librar con mi dispensador de jabón, y quizá por ello lo usé como no lo había usado nunca hasta entonces: empujé hacia abajo su delicado cuello de un modo tan lento y tan suave que pareció casi una caricia. El resultado fue una generosa dosis de su blanco y espeso néctar posándose en mi mano de una manera que ya ni creía posible. No exhaló contra mí, no me escupió, no me opuso ninguna resistencia; simplemente hizo aquello que yo pensé desde el principio que se había negado a hacer. Pero no era así, no se resistía a cumplir con su labor, solo se negaba a claudicar ante el maltrato sistemático que yo le proporcionaba. ¿De qué otra forma podía hacérmelo notar? De ninguna otra. Así que, desde que conozco que se trataba de una cuestión de modales, me lavo las manos con la añorada placidez de los viejos tiempos, solo que sintiéndome más sabio y concernido por las preocupaciones de la naturaleza inanimada que me rodea. Y es mucha.

Solo lamento que me haya dado cuenta al final, ahora que tan cerca está la despedida. Te echaré de menos, botecito de jabón.

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5 comentarios

Dejar un comentario
  1. Julià López-Arenas / Feb 5 2014 8:11

    Magnífico su escrito sobre la relación del dasein con el mundo circundante y su disposición afectiva. ¡Enhorabuena, pues!

  2. Gelín. / Feb 5 2014 16:15

    Déjate de retórica y reconoce que eres un “zarpas”.

  3. Phil O'Hara / Feb 6 2014 8:02

    No a menos que reconozca usted la influencia del viejo Heidegger en su estupenda narración. Entonces sí. Siempre y cuando, claro -disculpará mi ignorancia- me cuente antes qué diantres es ser un “zarpas”. Por cierto, yo también le tengo en gran estima, amigo.

  4. maria / Feb 15 2014 16:33

    Ja ja ja , impresionante , cuantas veces nos reimos de las instrucciones de uso de cualquier artilugio, lo cierto es, que más vale maña que fuerza caballero. Me ha encantado como siempre, es un placer leer relatos de lo cotidiano tan magistralmente relatados, me quito el sombrero ( literalmente gorra de lana). Un beso

  5. Recitales / Ene 18 2015 6:24

    Los encargados de redactar las instrucciones de seguro ni han usado el producto, por eso salen cosas raras

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