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18 septiembre, 2013 / Erik Macbean

Abrazafarolas de pura raza

Desde que el mundo es mundo existen capullos que van a YouTube a defender su forma de pronunciar la lengua castellana. Es lo que uno puede encontrarse, por ejemplo, en los vídeos que recopilan momentos estelares de Padre de Familia. En los comentarios se dan cita españoles y personas de toda Latinoamérica para insultarse y declarar que su manera de hablar es superior a las demás. La profundidad de los argumentos brilla por la ausencia de los mismos y uno termina por llegar a la conclusión de que una discusión de esa índole sólo tendría su gracia en la arena del Coliseo.

Ya me han acusado, por el simple hecho de documentarme sobre esta cuestión, de perder el tiempo. Que para qué invierto media hora de mi vida paseándome por esos lugares, dicen. No es una pregunta estúpida. Sin embargo, tampoco es retórica pese a haber sido formulada de esa manera ya que tengo una respuesta. La misma que doy a quien me pregunta que por qué tengo a determinadas personas en Facebook, que también es la misma que doy cuando se cuestiona mi insistencia en sacarme una carrera universitaria: porque necesito llevarme mal con el mundo.

Mera supervivencia. Si no tuviese acceso a ese gran número de gilipollas probablemente ignoraría su existencia y consideraría falazmente esto como un lugar mejor del que realmente es.

Es verdaderamente útil entrar en la red social que ha forrado a Zuckerberg y encontrarse a esa persona que no cesa en su afán de hacer público el desarrollo de su maravillosa relación sentimental. No contenta con haber informado a todos sus contactos de con quién la mantiene, se dedica a publicar regularmente fotos en donde salen ella y su pareja haciendo auténticas mariconadas de ésas que todos hemos hecho en algún momento pero que no se nos ocurre exponer en ningún escaparate. Por vergüenza propia pero sobre todo por vergüenza ajena. Sin embargo estamos hablando de gente con un sentido del ridículo inexistente. Son auténticos psicópatas. Ello explica que toda esa cantidad de fotos venga adornada con decenas de comentarios en donde el uno y la otra no paran de repetirse, tras haber recibido el beneplácito de alguna amiga de ella, lo mucho que se adoran. Créanme; da qué pensar.

Tampoco conviene desmerecer las aportaciones entregadas a mi experiencia vital por ese empollón de izquierdas que no para de llenar una facultad en la que existen tres agrupaciones antifascistas y ninguna de la otra trinchera con carteles que invitan a detener el peligroso avance de la extrema derecha. En letra pequeña esos carteles concretan y hablan de la capilla que alberga el edificio desde hace décadas; un sitio que, por norma general, no frecuenta ni Dios. Sin olvidar a ese mítico profesor que trata de defender, citando a Descartes, lo mucho que a un tipo interesado en la Historia del Pensamiento Contemporáneo le va a servir conocer de memoria el sistema del as libral.

Pero mi gilipollas favorito es sin lugar a dudas el abrazafarolas. Hay dos tipos de abrazafarolas. Por un lado se encuentra el abrazafarolas por quien uno es incapaz de sentir nada que se aleje del apadrinamiento. Luego está el abrazafarolas de pura raza; aquel que no sólo está encantado de que le conozcan sino que también lo está de conocerse. Con esta clase de espécimen he podido tomar contacto gracias a un hábitat que parece favorecer extraordinariamente su desarrollo: Twitter. Mis estudios hasta el momento, fundamentados en una paciente y prolongada observación, me han permitido apuntar tres características principales: tienen más seguidores que gente a la que siguen, son dueños de un blog en donde opinan sobre el mundo con la intención de salvarlo al tiempo que deslizan lo bien que les va todo y, en tercer lugar, prefieren hablarse sólo con mujeres (aunque en ocasiones también pueden llegar a conceder una breve audiencia a algún insistente pelota).

Si son ustedes gentes de bien existe también otra forma de saber si se encuentran ante un abrazafarolas de pura raza: sentirán arcadas.

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