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1 julio, 2013 / Erik Macbean

El fondo de la bolsa

El primer sorprendido de que aún me queden algunos amigos soy yo mismo. Me resulta muy complicado no ir metiendo en líos a los seres más queridos, aunque es pertinente hacer constar en acta que esta no es una práctica sobre la que yo incida a propósito.

Pongamos por caso a mi amigo Martín. Un respetable intelectual de la extrema izquierda cuyos padres ya hicieron sus pinitos en el gremio durante los últimos años del Franquismo. Desde que tengo uso de razón el ambiente en su hogar siempre ha arrastrado un ligero tinte carmesí. No quiero que se me malinterprete; son unas personas muy agradables, tanto Martín como sus progenitores. Pero cuando uno entra por la puerta de esa casa no puede evitar sentirse como en una especie de trinchera excavada con esmero durante décadas y preparada para repeler cualquier ataque enemigo. De no ser por el reggaeton que pincha la vecina del tercero cada dos por tres, el felpudo de bienvenida bien podría pasar por una máquina del tiempo.

Por eso fue tan grave prestarle un libro. El problema, en realidad, no fue tanto el préstamo en sí como los matices que rodearon el hecho. Aquel libro fue prestado dentro de una bolsa que escondía en su interior una factura con mis últimas compras. A saber: La pasión de José Antonio (Plaza & Janés); José Antonio Primo de Rivera (Cara & Cruz); Falange y Fascismo (Galland Books) y la famosa novelita de Agustín de Foxá, Madrid, de Corte a checa (El buey mudo). Entiéndase el mosqueo familiar cuando la madre encontró aquella nota en la que, cómo no, también figuraba el precio a desembolsar por tan peligroso material literario.

Debo aclarar, antes de que salte algún tonto (o tonta) a decir tonterías, que cuando yo entro en la casa de mi amigo Martín no me siento como un extraño. Ni tampoco me siento un enemigo. En todo caso me siento como un antropólogo momentos después de haberse sumergido en la rutina de alguna tribu amazónica. Es decir, que esa factura respondía a un interés súbito y quiero pensar que puramente intelectual por una serie de personas relevantes en la historia de este terruño llamado España, de las que generalmente se suele hablar poco y mal.

Me consta que Martín ha tenido que dar alguna que otra explicación en casa. Más que para disculparse, aquella iba encaminada a exculparse. Esto, a mí, no me parece insultante. Lo único que lamento es no haber olvidado en aquella bolsa la factura anterior, en donde se acreditaba la adquisición, tarjeta Bankia mediante, de las obras periodísticas de Manuel Chaves Nogales, ese desvalido plumilla sevillano que en el año 1937 redactaba, en un hotel de la localidad francesa de Montrouge y no sin cierta melancolía, su propia definición: “Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeñoburgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”. Nos habríamos ahorrado un drama, desde luego.

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