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6 noviembre, 2013 / Jorge Gato

Se viene la noche

Siguen asaltándome susurros de un apocalipsis probable y cercano. Es por eso que no os escribo tanto como antes, porque no quiero alarmaros, no quiero que se os estropee el muy mediocre sueño neoliberal por culpa de estas medias certezas albergadas en una mente regular; pero a veces no puedo más, a veces tengo que volver a pasear por las Cumbres y traer en mi mochila todo el peso con el que cargo. No es sencillo, pero qué lo es.

No ocurren cosas que me conecten directamente con la percepción de ese final nuestro tan esperado, o tal vez sí, pero de esas no hablaré hoy. Es cuando rebusco entre las otras, entre las cosas inocentes, entre la cotidianidad más radical y obscena, cuando encuentro pruebas irrefutables de que podríamos empezar a hablar, si quisiéramos, de esta especie nuestra en pasado.

Hacía buena tarde hace ya algunas tardes, y la calzada me llevó derecho a los pies de la madrileña Catedral de los Jerónimos, casi puerta con puerta al Museo del Prado. Allí había un mensaje angustioso y grotesco aguardándome. En lo que parecía ser un procedimiento más o menos habitual, un adulto de edad incalculable, quizá de sesenta años mal llevados o de setenta decentes, bajo, cojo, calvo y delgado, colgó una bolsa de plástico blanca en un saliente de la verja que guarda los escalones que dan acceso a la catedral. Una bolsa de plástico blanca ya es bastante apocalíptica en sí misma, una evidencia total de la fealdad del universo; en cambio, la bolsa solo fue un preámbulo esta vez. El hombre, con camiseta blanca y sucia remangada, y pantalones color barro que no recuerdo ni cortos ni largos, se acercó una mano a la boca y empezó a emitir un sonido constante, cíclico, obsesivo. Entre los dedos sujetaba una armónica. El hombre insistió en repetir cuatro o cinco tonos irreconciliables, terroríficos, y se acompañaba de cierta gestualidad con los brazos y la cara que daban al conjunto un aire de desasosiego y nerviosismo, de urgencia incomprensible. Realmente estaba abriendo una puerta a una realidad que en absoluto pertenecía a aquella tarde soleada y radiante; creó un mundo de la nada, un momento que ahora solo podría dibujar en la oscuridad, con árboles secos y cuervos, catedrales góticas abandonadas y enredaderas trepándolas. A esa realidad pertenecía aquel pasaje. Empezó a perseguir a los turistas con su cojera y su música del infierno y sus aspavientos indescifrables; extendía la mano como para exigir dinero, y mientras los turistas rebuscaban entre sus cosas, él seguía sumergido en su melodía paranoica, incluso la aceleraba, como para mostrar un talento del todo incomprendido. Aquel hombre, de verdad, caminaba por el borde de un abismo al que ninguno de los presentes queríamos asomarnos, pues tal era nuestro temor a esas tinieblas expuestas a plena luz del día, de un día radiante que pareció acabarse para siempre. Aquel hombre, calvo, cojo y esbelto, nos caló de apocalipsis.

Hace no tanto, estaba en mi casa a punto de comer o a punto de cenar, momentos que suelen coincidir con los telediarios, y emitieron una secuencia que me dejó completamente frío. Las imágenes se correspondían con un episodio de violencia ocurrido en alguna ciudad brasileña. Grabadas con una cámara instalada en el casco de un motorista, se veía cómo dos jóvenes se ponían a su altura circulando también en moto, le cerraban el paso y el que iba de paquete se bajaba y lo encañonaba para robarle el vehículo. Mientras el otro se daba a la fuga, el chico de la pistola se hacía con la moto pero no lograba sostenerla en pie al principio, por lo que su huida se demoraba lo suficiente como para que un policía, que no sé muy bien de dónde salía, descerrajara varios tiros con su arma al chaval. El chaval caía al suelo desmoronado, como un saco de patatas, y ahí permanecía ya inmóvil para siempre. La secuencia, como decía, me dejó del todo frío. Esa violencia dura y seca, sin adornos, esa muerte sin sangre ni posturas, solo muerte al estilo de la realidad, muerte en seco, a plomo y por plomo, fue incapaz de hacerme sentir nada. Se viene el apocalipsis si la muerte de verdad, la ineludible, la que ocurre, ya no nos parece tan muerte, o tan buena muerte, y no nos hace sentir tanto o siquiera algo como una muerte fingida, con posturas y chorros de sangre que salpican la pantalla. Y fue el caso.

Se acerca el apocalipsis a la misma velocidad que ahora nos llegan estas noches tempranas que ninguno hemos pedido. Si aún entendéis que queda tiempo para el disfrute, disfrutad rápido, tan rápido como os sea humanamente posible, porque yo ya he empezado a despedirme.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. Gelín. / Nov 6 2013 20:53

    No desesperes,todas las generaciones hemos sentido algo similar,en otras palabras,el clásico follad,follad que esto se acaba.El tiempo suele suavizar estos pensares.

  2. Antonio / Nov 8 2013 21:14

    Yo me quería ir a Canadá con 18 años porque nada de lo que veía me gustaba y mírame hoy, 40 años después, amansado y domesticado por esta sociedad convencional e interesada probablemente no muy diferente a aquella que me tocó vivir en mi juventud.
    No desesperes, siempre hay un gol de Ronaldo o Bale que consigue, al menos, esbozar una tímida sonrisa.

  3. Antonio / Nov 8 2013 21:15

    Por cierto, perdona mi olvido, tu texto me parece magnífico, de los mejores de los últimos tiempos.

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