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5 marzo, 2014 / Jorge Gato

Diario de las sombras

Deben de ser estas sombras un recurso de la noche para avisarme de algo que aún no alcanzo a entender. Son estas sombras de una naturaleza peculiar, pues no necesitan de luz para existir, casi al contrario, cuanto más densa la oscuridad es, más a gusto parecen sentirse, más densas y visibles se hacen. Son estáticas o móviles, me miran o me ignoran, son antropomorfas u ovaladas; a veces hasta me atacan. Silenciosas y volátiles, permanecen unos cuantos segundos después de interrumpir mi sueño y hacerme abrir los ojos; luego se marchan sin darse más importancia, se funden con la oscuridad de la noche, una oscuridad que se me antoja débil al contraste con sus pieles.

Hace algunas noches un torso en sombra, absoluto poseedor de esa oscuridad opaca, sobresalía del armario que hay frente a mí, un poco más allá de los pies de mi cama pero orientado en perpendicular a ella. Tenía la cabeza girada hacia mí, o tal impresión me dio; estoy casi seguro de que me contemplaba en silencio, sin hacer un solo movimiento. Su busto era singular, más parecido a alguna figura propia de mitologías o leyendas, fornido y de cara angulosa, casi como una representación demoníaca que sin embargo no llegó a inquietarme tanto. Desapareció sin más.

Otra noche fueron dos o tres sombras humanoides las que correteaban al otro lado del marco de la puerta, también un poco más allá de los pies de mi cama y, por lo tanto, frente a mí. Era un correr silencioso, casi un levitar rápido que las hacía entrar y salir de mi campo de visión; también me daba la impresión de que se subían por los muebles de la habitación contigua, llegando a corretear por la mesa o el sillón, incluso a trepar cual salamandra por las paredes. Aquellas sombras me ignoraban pero actuaban para mí, aquel juego infantil no podía tener un propósito distinto al de llamar mi atención. Hasta que desaparecieron sin más.

En la última de las noches que merece la pena mencionar aquí, aunque no con ello se cierre el historial de avistamientos, aparecieron flotando sobre mí unas cuatro o cinco sombras ovaladas no mucho más grandes que un puño. Mantenían una especie de formación de vuelo, siendo su vuelo lento y constante hasta que, al llegar a la altura de mi pecho, se precipitaban súbitamente contra mí, lo que me sobresaltaba hasta tal punto que de pronto me hallé incorporado en la cama y haciendo aspavientos con los brazos para espantar a la flota de sombras ovaladas. Aquellas, deducirán, no desaparecieron sin más: desaparecieron contra mí, impactándome en el pecho, en la cabeza o en la cama. Todavía no he advertido secuelas de su agresión, pero no descarto que las haya.

Como culmen perfecto para esta sucesión de apariciones, soñé no hace mucho que me convertía en sombra, en una de esas de oscuridad impenetrable que han estado interrumpiendo mi plácido dormir en los últimos tiempos. Pero no era una sombra cualquiera, era mi propia sombra en la que acababa por fundir íntegramente mi organismo, mi colorido humano, mi densidad. A partir de ahí, y para mi sorpresa, todo parecía estar bien, todo me resultaba cercano o conocido. Tal vez lo único que hice fue advertirme en sueños lo que percibo en la vigilia. Puede que mi silencio, que alguna vez creí elegido, sea en realidad absoluto e irreversible; puede que, al contrario de lo que alguna vez pensé, no calle lo que tengo para decir, sino que no tenga nada que decir realmente. Quizá sea ese el motivo, y ningún otro, de que me sintiera tan bien acogido por mi sombra incluso cuando mi sombra comenzaba a ser todo lo que ya se podía percibir de mí. Se me ocurre ahora, y perdonen si me aventuro demasiado, que quizá nunca fui luz ni obstáculo para ella, sino solo pura sombra, una sombra algo más oscura de lo habitual, como aquellas que empezaron a visitarme en plena noche y cuya naturaleza me resultaba más próxima de lo que quería imaginar; una sombra silenciosa, poco más que una leve ficción, el centro de ninguna mirada.

Tengan cuidado porque tal vez, y solo tal vez, todas las sombras de mis mismas características comencemos a aparecernos pronto en sus dormitorios para interrumpir su descanso. Puede que entonces, y solo entonces, descubran que en realidad no fui más sombra ni más silencio que todos los demás.

No esperaba encontrar una flor creciendo aquí.

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One Comment

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  1. Gelín. / Mar 5 2014 19:21

    A mi me pasa y se llama,parálisis del sueño.

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