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Krknose, por Erik Macbean

¿Ustedes qué pensarían de un tipo que decide no acudir a un examen de vital importancia porque, tras mirar por la ventana, constata que está lloviendo? Les voy a dar una pista; los subnormales que tanto abundan en este país piensan que tienen delante a una persona con problemas de algún tipo. Yo, sin embargo, veo a un genio.

Conozco al personaje que firma bajo el seudónimo de ‘Krknose’ desde hace unos cuantos años y una vez, hace no tanto tiempo, me enfrenté a una pregunta complicada: ¿Tú respetas a alguna de las personas que conoces personalmente? Estuve pensando unos cuantos días qué respuesta dar ante la cuestión que se me había planteado. Tras meditar largo y tendido llegué a la conclusión de que sólo había un par de individuos con los que había compartido vivencias que merecían mi total respeto. Y seguro que han adivinado quién es uno de ellos.

Mi respuesta tuvo su base en que ambos elementos hacen gala de una coherencia extrema, casi inhumana. Hasta donde yo he podido comprobar, dicen lo que piensan y actúan como dicen. Un lujo difícil de encontrar, no me fastidien. En el caso particular de ‘Krknose’ es de admirar la falta de adornos en su postura existencialista ante los retos que le va lanzando la vida, y que él tiende a apartar con un ademán (siempre desdeñoso, por supuesto) de su mano. No se complica en unos tiempos en los que se exige que te compliques. Es un rebelde y tiene una buena causa por la que luchar: que no le toquen las pelotas con historias.

De hecho, el primer recuerdo que tengo de él se remonta a una agradable tarde de otoño en una facultad madrileña. Yo me había saltado una de las últimas clases del primer día que cursaba Primero de carrera con la intención de fortalecer los recientes contactos que acababa de hacer en el aula. Por el interés te quiero Andrés y esas cosas. ‘Krknose’ no era ninguno de ellos. Él llevaba durmiendo a la sombra de un fresno situado a escasos metros de nosotros todo el día, con un manual de la Dirección General de Tráfico tirado a su lado. Parecía afrontar los cinco años que tenía por delante como unas largas y apacibles vacaciones otorgadas por un estúpido sistema empeñado en formar mentes rentables mientras se pasa por el forro a talentos de su calibre. Una vez más, se estaba riendo del destino.

A un tipo así no sólo hay que hacerle caso. Hay que hacerle caso con regularidad. Es casi una necesidad. Sus comentarios, siempre bañados en una finísima ironía, son un soplo de aire fresco obligado para cualquiera que añore realizar retiros espirituales sin salir de la habitación. Ya saben; tecleen Cumbres Sin Ecos Punto Bla, Bla, Bla y a disfrutar de la sabiduría del genio. Antes de que le dé pereza seguir escribiendo y nos deje a todos huérfanos.

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