Jamás imaginé que sería posible recordar una noche de verano sin recordar ni noche, ni estrellas, ni verano. Es extraño pararme a pensar y descubrir que cuanto recuerdo es el vuelo lánguido de tu vestido rojo guiándome por aquel interminable pasillo de hotel, y tu risa y tus susurros y tu dedo censurando tus labios para mandarme callar aunque yo no hiciera ningún ruido. En realidad el ruido lo hacías todo tú y ese era todo el ruido que yo podía desear para aquella noche de verano que ya no sé si recuerdo bien, pero que me mantenía mudo y fascinado con tu derroche de elegancia cotidiana a tan altas horas de la madrugada en un hotel que era cualquiera. Caminabas descalza sobre el enmoquetado azul oscuro y yo hacía rato que cargaba con los zapatos de tacón que habías lanzado metros atrás con una naturalidad sublime. El nudo de mi fina corbata negra lucía ya a media asta y solo un voluntarioso pico de mi camisa permanecía aún por dentro del pantalón, a pesar de que poco importe cómo fuera el figurante si en realidad casi ni yo mismo me di cuenta de estar allí.
Recuerdo una noche de verano aunque apenas recuerdo si ya había noche, estrellas o verano. Lo que es seguro es que te detuviste descalza en la oscura puerta de tu habitación, al lado del 410 de neón azul que casi alumbraba más que los focos que debían alumbrarnos. Te volviste hacia mí y me sostuviste la mirada. Fue entonces cuando el silencio que pretendías llegó tan rápido que casi logró asustarnos, por más que fuera imposible que yo me asustara más de lo que ya estaba nadando perdido en la intensa oscuridad de tus iris. Con un gesto que yo no hice doblé el codo y subí el antebrazo para devolverte tus zapatos; fue en ese momento y no en otro cuando me dí cuenta de lo prohibido que estaba que tirara tus zapatos al suelo y te agarrara por el brazo para arrastrarte hacia mí y liberarme del peso de la indecisión y de lo prohibido y del silencio que solo eran fantasmas en mitad de aquella noche estúpida de verano. Extendiste tu brazo y agarraste tus zapatos sin intentar evitarme el castigo de sentir el roce de tu piel, y me castigaste a conciencia no retirando inmediatamente tu mano con los zapatos asidos sino prolongando una postura extraña y un contacto que te recorrió medio cuerpo y culminó en la sonrisa que ni pudiste ni quisiste esconder. Desde entonces aquella mirada me tiene secuestrado, vivo en ella, y soy incapaz de soltar tus zapatos y dejarte marchar con ellos. Si hubiera sabido entonces, aunque lo supe, que aquella sonrisa había desvanecido todos los fantasmas y que no reclamabas solo los zapatos sino también al espantapájaros que los sostenía, jamás hubiera dejado que aquella puerta se cerrara delante de mí y no a mi espalda.
Recuerdo una noche de verano y quizá sepa por qué allí seguía sin haber noche, estrellas o verano. Es porque allí solo queda una puerta, una que permanecerá eternamente cerrada.
Es la propia música la que no impacta igual en todas las paredes, y la que no hace nada por el frío en mi espalda a su roce con la pintura; solo lo deja ser, lo deja entrar. Intento parecerme a ese sonido a veces concreto y a veces difuso, pero mi torpeza es humana, así que solo consigo quedarme aquí sentado, en el suelo, sin más respaldo que esa pared en la que sigue rebotando el ruido ensordecedor del recuerdo.
Estas paredes son en realidad para mí un espejo, un espejo incapaz de devolverle el presente a mi inquieto mirar. Es un espejo que solo me muestra el pasado, una puerta abierta a todo lo que una vez fue, y fui, mientras él me rodeaba sin violencia, como aún lo sigue haciendo. Aparecen y desaparecen las memorias como aparecieron y desaparecieron las vivencias: con rapidez, sin grandes dramas, sin adornos ni poesía. No preocupan esos atavíos en el abismo de lo acontecido.
Ahora que su frío se torna en calor compartido, ya el espejo no me recuerda nada, anulado por un contacto tan presente e inesperado que ni los muchos años transcurridos pueden vencerlo. Por eso llega el futuro, a su pesar y al mío, pues el futuro no nos agrada. Este futuro derrotará a la música y hará del eco un himno al vacío. Esperará todavía el espejo para el recuerdo, pero para ese recuerdo que no se renueva, que no escribe nuevas páginas, que cada vez se ve más lejano, y más y más lejano, hasta hacerse tan pequeño que duele y pesa; ese recuerdo no es sano, esa melancolía ahoga y debilita. La música, como yo, cada vez rebotará con más distancia en el espejo, hasta que nos sintamos extraños a su tacto y la lejanía nos vuelva indiferentes; el calor que ahora comparten él y mi espalda volverá a ser frío, un frío intenso y sin retorno, hasta que algún día el frío agriete el cristal y derruya las paredes para siempre. Ya entonces todo lo que se podrá decir de mí es que alguna vez, si acaso, fui; y las miradas que nos buscaban en aquella perpetua oscuridad, hoy aún tan densa y acogedora, ya no ocupen lugar en la memoria de nadie.
Temo el día en que estas paredes me sean ajenas.
Hace muchos años tuve un profesor de Filosofía que accedió a darme clases particulares. De aquellas lecciones apenas recuerdo un par de curiosidades: que David Hume me cae bien y que la pregunta más simple que puede hacerse -“¿por qué?”- es normalmente, también, la más complicada de hacer. Porque implica tragarse el orgullo torero y hacer gala de cierta humildad real; asumir que uno no tiene mucha idea de lo que habla, por lo que invita al resto a esclarecer sus lagunas. A veces merece la pena intentarlo.
Aquel profesor de Filosofía me ha venido a la mente a raíz de la conversación que tuve no hace mucho con una chica. A continuación les presento un resumen del intercambio de impresiones acontecido. Todo empezó bien, con normalidad:
Ella se empeñaba en que el partido griego Amanecer Dorado debería aterrorizarnos a todos y yo simplemente traté de calmar sus miedos asegurando que los resultados electorales de esta formación política de tinte neonazi no deberían ser tomados como un referente de nada. Para explicar por qué afirmaba lo que estaba afirmando comenté que la realidad social de Grecia no me es del todo desconocida y, para dotar de mayor fiabilidad mi argumentación, añadí que conozco a algún amigo que ha concedido su voto a estos tipos.
Entonces algo se empieza a torcer:
Ella, supongo que espoleada por impulsos nobles, comenzó a achacarme las amistades que yo frecuento a juzgar por ese comentario, aunque quiso matizar que no pretendía ofenderme. Yo contesté, aclarando previamente que tampoco pretendía enfadar a nadie, diciendo que si ella no conocía de nada a esas amistades sería aconsejable por su parte hacer gala de una mayor prudencia a la hora de realizar valoraciones en esa dirección. Ella, visiblemente ofendida muy a mi pesar, desmintió que hubiese valorado nada y aclaró que simplemente no podía tener respeto por alguien que defendiese a personas que votan a partidos neonazis, por muy amigos que éstos fuesen de uno.
Era obvio que esta muchacha me estaba cogiendo asco gracias a una persona -mi amigo- que desconocía por completo. Pero no acaba ahí la cosa. La conversación empeora aún más:
Sin salir de mi estupor, intento revisar en qué momento he defendido a esas amistades por depositar su voto en un partido que profesa la fe neonazi. Y como no encuentro el episodio, pregunto que de dónde saca esa información. Añado la coletilla de que no es lo mismo comprender que justificar o defender. Llegados a este punto, lo que sigue es morralla sin ningún tipo de interés para este artículo. Poco después ella decide retirarme la palabra sin explicarme en ningún momento qué le ha llevado a tomar una decisión tan dramática.
Ahora sí: se acabó lo que se daba. Sin final feliz ni nada que se le parezca, a pesar de la bella expresión democrática que durante algunos minutos ambos nos dedicamos a ejemplificar. De todos modos, reproducir aquí este caso concreto de falta de entendimiento no busca nada más que exponer una reflexión general. La estructuro a continuación:
Esta chica plantea una duda en voz alta sobre un tema que yo, por varios motivos, conozco más o menos bien. Yo trato de aclarar su duda y al mismo tiempo intento armar de credibilidad mi argumento explicando de qué conozco ese asunto concreto. Entonces, la interpelada lejos de aceptar mi invitación para que pueda sustraerme el conocimiento que digo poseer sobre la cuestión que le preocupa, se lanza de forma temeraria a emitir juicios de valor sobre una realidad que desconoce por completo.
Si esta chica hubiese preguntado por esa amistad supuestamente neonazi a raíz de la cual derivó su intransigencia, yo hubiese podido contestar que ese amigo mío es un votante tradicional del partido conservador Nueva Democracia (el equivalente al Partido Popular en España, para entendernos) pero que, tras más de doce meses sin cobrar su sueldo como funcionario público en el ayuntamiento de una localidad griega, ha decidido culpar a Europa de su poca fortuna y por eso ha actuado en consecuencia: ejerciendo su derecho al voto para castigar a Nueva Democracia por apoyar la intervención extranjera en el país. Ese castigo se traduce en una papeleta más entre las decenas de miles que acabaron en la urna de Amanecer Dorado -que pasó de obtener un 0,2% de los votos en 2009 a obtener el 6,97% hace semana y media-, porque la otra alternativa conservadora es un partido, Griegos Independientes, que responde a su vez a una escisión de Nueva Democracia.
Simplificando: que un conservador griego realmente cabreado con la gente de Nueva Democracia no va a votar a ésta ni tampoco a los que ahora forman la escisión (Griegos Independientes). Ni mucho menos votará a los partidos radicales de izquierda, pues va contra su postura ideológica. Realizando esta ecuación encontramos la explicación lógica de por qué mi amigo, y otros muchos griegos, decidieron votar a los tipos de Amanecer Dorado el pasado 6 de mayo. Es un voto a todas luces -salvo que los encargados de ese partido cambien mucho, así como las circunstancias del país empeoren radicalmente- esporádico y puntual. De ahí que yo argumentase, volviendo al inicio de la conversación con esta chica, que el reciente resultado electoral de esta formación no tiene pinta de volver a repetirse y, por tanto, su temor al respecto no tenga demasiado sentido.
Toda esa información que yo acabo de compartir aquí ella se la hubiese llevado lanzando, en algún momento de la conversación, un simple “por qué”. Pero en su lugar optó por lanzarse a la piscina sentando cátedra sobre una realidad que, si bien es muy desgraciada, tiene una explicación razonable que no muchos alcanzan a comprender si no están en contacto con ella; tal era el caso.
Ah, lo olvidaba. Si han tenido la santa paciencia de leerme hasta aquí pueden recoger su premio: la chica en cuestión -de la cual no pienso decir el nombre porque este artículo no es ni jamás pretenderá ser ningún tipo de vendetta- es periodista. O, al menos, está en proceso de serlo. Es decir, que la pregunta de la que llevamos hablando media hora larga -“por qué”- tendría que ser lo primero que salga de su boca ante cualquier escenario que escape a su comprensión. Eso siempre y cuando aspire a contar bien las historias que le toque contar, por supuesto.
Pero ya entre nosotros les digo que tampoco hay que extrañarse demasiado por esto último. En nuestro querido país la mayoría de los estudiantes de Periodismo encuentra mucho más interesante y divertido ser columnista en lugar de reportero. A pesar de los riesgos que ello encierra y de la comodidad, y posterior sabiduría, que aporta reconocer la propia ignorancia.
Ha nacido un Sol raro, mediocre. Ha nacido un Sol exacto para lo que debe iluminar. Y ha nacido así aunque por nadie era esperado, ni demandado. Este Sol no ha llegado hasta aquí por azar, es un Sol descolorido por los muchos lavados en el agua y sal de las lágrimas perpetuas, de las que ya nunca hallarán consuelo. Esas lágrimas han conseguido calar al mismo Sol, quizá hasta su raíz, y así es como luce ahora deteriorado, consumido. El nuevo Sol no recuerda nada que merezca la pena ser recordado ni transmite sensaciones que nadie desee sentir; es el Sol hospedado en la sonrisa de un fumador desvencijado, o el Sol reflejado en una pared orinada, acaso escupida.
Este Sol viene y viene, y ya nunca deja de venir. Regresa tanto que parece que quiere, que desea, que pretende. Pero este Sol no trae de vuelta a nadie.
Hace tiempo que este Sol malsano deja en la penumbra al Parque de los Ausentes, pero el que acude allí no alberga más altas esperanzas; allí la media luz está bien, es decente, aunque la media luz no haga de la tristeza una media tristeza, solo una tristeza entera a medio iluminar, vulgarmente expuesta. No hay rastro de belleza en esa clase de profundo padecimiento, donde un Sol árido es solo otro desperfecto menor, otro que queda desmerecido en corazones ya ahogados por la ausencia.
Hasta este parque se acercan los desahuciados, los que han sufrido la pérdida de más de la mitad de sus vidas con la condena de seguir viviéndolas hasta reventar, hasta desfallecer. Los toboganes y columpios allí presentes son un fiel reflejo de sus habituales, todos ellos oxidados, quebrados, inservibles; incompetentes para su propia existencia. En este recinto reina la armonía estremecedora que arrastran consigo los seres vacíos de sí mismos, como si las ausencias hubieran acabado por embargar todo rastro de sus personas más allá del pulso que tan sentenciadas a vida las deja.
Allí está la Madre a una hora tan extraña como el Sol que la alumbra, a una hora que es en realidad una impostura, pues a esa hora ningún niño va al parque. En cambio sí va ella, sola como tantos otros días, intentando recuperar lo irrecuperable o fingir algo hasta que no haga falta fingirlo más. Esta Madre que fue madre, y que quizá lo fuera durante demasiado poco, o acaso estuvo cerca de serlo o solo quiso serlo, exhibe bajo este Sol amargo el silencio de dos ausencias: la que fue o pudo ser y la que, seguro, es. Es la suya, la más densa, la única incuestionable. La que me enmudece.
Allí está también el Vagabundo. Un vagabundo primerizo que todavía conserva cosas impropias para quien haya lidiado con más de un frío invierno tendido en el asfalto. Esas cosas son las que en realidad le recuerdan su propia ausencia, ese vacío inmenso de quien vive una segunda vida para la que no estaba preparado y de la que desea escapar cuanto antes, al precio que sea. Hace uso de un traje de su talla, quizá intentando recuperarse a sí mismo, reafirmarse en lo que alguna vez llegó a ser; afirma en cambio sus tres ausencias: la de una vida perdida, la de una vida malquerida y la que, seguro, es. Es la suya, la más pesada, la más obvia. La que me conmueve.
Y allí estoy también yo. Observándolos a ellos para no tener que observarme a mí, quizá porque ya no haya nada que observar en mí. Arrastro el peso de cuatro ausencias: la que fue, las dos suyas y la que, seguro, es. Es la mía, la indudable, la eterna. La que me asola.
Este Sol viene y viene, y ya nunca deja de venir. Regresa tanto que parece que quiere, que desea, que pretende. Pero este Sol no trae de vuelta a nadie, ni siquiera a mí.
Les propongo un experimento. Es sencillo. Pongan esta canción y, durante los casi cinco minutos que dura, observen la imagen que se exhibe después.

Pronto me descubro apoyado contra el cristal de una ventana, una ventana a menudo nueva para mí, observando al vacío como tantas veces antes, tantas y tan parecidas, tantas que ya ni recuerdo. Otra vez balanceándome y pivotando sobre la frente para evitar que el vaho que produce mi respiración en el cristal me enturbie la vista pero, como siempre, me resulta una tarea tan compleja que acabo por abandonar, resignándome a apoyar tan solo el hombro contra el ventanal. Lo cierto es que la postura la voy modificando de un modo totalmente inconsciente y automático, no me requiere apenas un pensamiento y eso está bien, pues no me sobran. Es otra madrugada más.
Las noches de hotel pueden resultar densas e inacabables, aunque las hay también que se evaporan sin apenas haberse presentado; lo que es seguro es que, sin excepción, se me antojan solitarias e impersonales. Puede que tenga algo que ver con que casi siempre me vea forzado a alojarme sin otra compañía que mi maleta, o puede que sus paredes y mobiliario estén pensados para desposeerte de ti mismo, para que te sientas ajeno a tu propio ser y los huéspedes lleguemos a estandarizarnos tanto como lo están las sillas, las camas, los cuadros o los obsequios de bienvenida. Por mi parte, enhorabuena, objetivo cumplido.
Una madrugada más posponiendo el momento de acostarme no por necesidad ni gusto, quizá sí por costumbre. Es posible que sea esa estandarización de la que hablaba la que me impulsa a hacer siempre lo mismo, a apoyarme contra el cristal de la ventana y observar la quietud que reina generalmente al otro lado sin plantearme siquiera ver la televisión, o leer el libro que me acompañe, o consultar alguna cosa en el ordenador: todo eso ya ha tenido su tiempo, el ritual sigue su curso. Siempre me gusta lo que queda al otro lado del cristal, quizá también porque hasta las vistas suelen ser idénticas: las calles desiertas de las madrugadas de entre semana en las ciudades. Esta vez la noche es fría, ha llovido toda la tarde y todavía arrecia un fuerte viento cortado en rachas; el resto es inmutable: el diálogo mudo de los semáforos cumpliendo escrupulosamente con su cometido, aun cuando solo yo puedo verlos y no me son necesarios, es común a todas esas ciudades que contemplo desde las alturas. Ese ejercicio de competencia en la más absoluta soledad me resulta desgarrador; el ciclo imparable ejercido con extrema rigurosidad -verde, ámbar intermitente, rojo, peatón en rojo, peatón en verde, ahora parpadea, y vuelta a empezar- me consume por dentro, me inocula una tristeza pesada que ya hasta me gusta también.
Las luces intermitentes de los semáforos logran perderme en la noche. A veces debo contar en horas el tiempo que se me ha escapado siendo testigo de su singular ceremonia, otras veces son solo algunos minutos. Esas luces me desnudan, me dejan solo ante mí mismo y con la cabeza vacía; pero con ese tipo de cabeza vacía que crea una impresión de lucidez casi sobrehumana. Luego me reencuentro con la consciencia, y en ella me percato del abrazo del visillo protegiéndome del frío del cristal. Cuando la tela ya ha logrado devolverme al mundo, sé que es el momento ideal para por fin intentar conciliar el sueño y así abandonarlo de nuevo. Esta noche será más complicado.
Normalmente me acuesto boca arriba y voy girando hacia la izquierda: boca arriba, de lado izquierdo, bocabajo cabeza hacia la derecha, bocabajo cabeza a izquierda, de lado derecho, boca arriba otra vez. No tardo más de vuelta y media en dormirme… Normalmente. Esta noche un pequeño sonido aleatorio procedente de la pared donde apoya mi cabecero va a aplazar mi sueño; es un ligero ‘clac’ que no tiene explicación alguna, muy alejado del sonido de una tubería, o un mueble, o unos pasos. Demasiado frecuente para el crujir de las maderas. El clac persiste en la noche lo suficiente para abrirse paso en mi cabeza e inundar de vigilia todo mi ser. No tardo mucho sin embargo en alcanzar un consenso conmigo mismo, por más que la explicación que se me ocurre no ayude ni por asomo a tranquilizarme: el huésped de la 502 se ha ahorcado en algún lugar próximo a la pared y el viento al que hace un rato presenciaba inclinar los árboles ahora tambalea su cuerpo inerte, de tal forma que sus pies impactan aleatoriamente contra la pared. El clac indica que no se ha ahorcado descalzo, pues en ese caso el sonido sería mucho más apagado, de ninguna manera tan seco y sólido; esto me lleva a preguntarme si se habrá vestido de gala para tan solemne ocasión, quizá después de haber estado llenando sus pulmones del gélido viento que esta noche nos acerca y de dedicarle unos últimos pensamientos a este mundo de mierda que abandona, abrochando al tiempo su camisa lentamente con el aplomo indescifrable de quien ya ha decidido cómo va a ser el resto de su vida. Me pregunto también si no será en cambio un pobre solitario, uno muy alejado del sosiego con el que me deslumbraba el suicida del traje de gala, que se ha encontrado de repente liberado de la alienación prevista por los diseñadores de las habitaciones de hotel y ha tomado una determinación precipitada -como consecuencia de su desorientación- de la que al alba, después de consultarlo con la almohada, se arrepentiría seguro. Por qué no tal vez una mujer, borracha de su propia sensualidad, que decidió mecerse por el cuello con sus mejores tacones puestos y después de dejar en la mesilla estándar una cuidadísima nota de despedida rociada con su más cara fragancia.
Pienso también que quizá haya sido yo el que se ha ahorcado, desesperado y colapsado por el infinito rigor epiléptico de los semáforos en la completa soledad de la noche. Quizá esas luces que colorean alternativamente el pavimento mojado han terminado por trastornarme, por volverme loco, y desposeído de mí como la silla, la mesa o la bañera, me he colgado sin siquiera percatarme de que lo hacía. Un ahorcamiento estándar. Es posible que el clac sea mi última conexión con la vida, que el mundo lo use para despedirse de mí.
Abro los ojos y por el visillo se cuela el fuerte destello de un nuevo amanecer, uno soleado e idílico. A pesar del enorme contraste con las inclemencias meteorológicas de la noche pasada, me doy cuenta de que sigo vivo, o al menos tan vivo como acostumbro a sentirme. Mi tiempo en el hotel toca a su fin, y mientras me ducho en una bañera estándar con un jabón del conjunto de productos de higiene básica y estándar, voy quitándome también la espesa capa de alienación a la que he estado sometido estos dos días y la fantasía nocturna comienza a revelar sus inconsistencias. Es prácticamente imposible ahorcarse en la habitación de un hotel estándar: los techos no son altos así que hay muy poco espacio para usar una soga de un tamaño adecuado; de hacerlo, habría que ingeniárselas para atarla en algún sitio a simple vista inexistente para después colgarse con la cabeza casi dando en el techo. Pero eso es bastante ridículo; sospecho que si alguien decide transitar por tan decisorio sendero, se reserva para sí algo más de estética de conjunto. Luego me doy cuenta de que las ventanas de los hoteles estándar ya no se abren de par en par, menos aún en sus pisos altos; ahora se vencen hacia uno ligeramente, dejando para el viento apenas unas rendijas a los lados y por arriba que muy difícilmente habrían mecido el cuerpo inerte de nadie.
Me he convencido ya de que el clac era un misterio que trascendía mi capacidad para resolver enigmas, así que me quedo más tranquilo, allí no nos hemos ahorcado ninguno. No obstante, deseo con todas mis fuerzas que el personal de limpieza entre en la 502 cuando yo esté ya en el pasillo, de tal modo que pueda escuchar los gritos de alarma de quien encuentre el cadáver o pueda presenciar la tranquilidad de quien entra en una habitación estándar libre de suicidios estándar. No tengo suerte: del pomo de la puerta cuelga el maldito ‘No molesten’. Se me ocurre inmediatamente algo que apostillar: ‘, descanso eterno’.
Me consta, por las cartas que han llegado a la redacción de esta bitácora, que a algunos lectores -de los más fieles y críticos con nuestros escritos- les ha agradado el talante moderado exhibido en mis dos últimos artículos: Skeptical y El sectarismo o la mediocridad dorada. En ellos este humilde servidor aborda cuestiones de rabiosa actualidad desde la calma y el respeto, invitando a la reflexión y al análisis. Pero qué quieren que les diga; algunos acontecimientos recientes puestos en justa perspectiva temporal han hecho que acuda cagando leches al cuarto de baño buscando el potingue correspondiente para engominarme de nuevo la cresta. Y en esas estamos.
Por lo visto el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, nos ha tocado la vena democrática y por eso este país, también conocido como España, está muy enfadado. Resulta que tras unos sorprendentes e inesperados (se capte el sarcasmo, por favor) incidentes ocurridos en Barcelona durante la huelga general del pasado 29 de marzo, el Gobierno de Mariano Rajoy quiere modificar el Código Penal para evitar de ahora en adelante que tengan lugar festejos similares. Por eso el gallego estudia implantar medidas a través de las cuales a los que convoquen manifestaciones o protestas que deriven en hostias se les pueda caer el pelo y a los que decidan no obedecer a los policías ejerciendo una resistencia pasiva -por ejemplo: que te digan que te largues y tú, en vez de hacer eso, te sientes- también se les pueda caer el pelo.
Ya se pueden ustedes imaginar el percal. El chiringuito está indignado. “Nos quitan derechos y libertades”, dicen unos. “Vuelve la dictadura”, dicen otros. Todo gritado con mucho mosqueo y tal. Ojo, que a mí tampoco es que me parezcan bien estas cosas, igual que no me parece bien que metan en la trena a un tipo por el simple hecho de haberse follado -con consentimiento- a su hermana. No obstante la reflexión va por otros derroteros.
Así que atiendan, por favor.
Resulta que estaba hablando el otro día con un buen amigo, algo macarra él, sobre este asunto en concreto y la verdad es que no parecía demasiado preocupado por las nuevas sanciones y el nuevo recorte de libertades que se avecina. Me explicó que a él, a estas alturas de la película, este tipo de cosas le dan lo mismo ya que hace cuatro años, en un partido de fútbol de la Segunda División española, la policía le endiñó una multa por un valor superior a los 6.000 euros y a todo el mundo, menos a su querido padre, le pareció una putada muy normal y muy lógica. Su delito, al parecer, fue increpar a sus propios jugadores a la salida del vestuario por haber perdido un partido crucial. Ni siquiera estuvo detenido; pegó dos, o tres, o cuatro voces hasta que los agentes de la zona le pidieron amablemente los datos. Al cabo de unas cuantas semanas este amigo se despertó con una receta de la conocida como Comisión Antiviolencia en el buzón indicando que por incitación a no sé qué tenía que apoquinar el millón de pelas correspondiente.
Si uno navega por la base de datos de la mencionada Comisión podrá comprobar que este tipo de sanciones (y otras más serias de 9.000 euros, 15.000 euros y hasta de 64.000 euros) son bastante habituales. Aunque en ocasiones dichas multas proceden de alguna bronca, en otras muchas los delitos son fumarse un porro, beber un poco de vino dentro del recinto deportivo, enseñar una bufanda que no sea del gusto del agente o -sí- lanzar una bola de nieve al césped. Ya ven; millón y pico de pelas por hacer la gracia con el colega de al lado.
Cambiando de tercio, tampoco la gente pareció demasiado escandalizada cuando en el año 2004 se armó un pollo de cojones porque uno de los puestos de la Feria del Libro de Valladolid lo ocupaba un comercio que vendía libros sobre teoría nacionalsocialista (nazi, para entendernos) que ponían en duda el Holocausto y esas cosas. Mientras que muchos libreros cerraron sus puestos en señal de protesta, el Movimiento contra la Intolerancia pidió enseguida a las autoridades que investigasen a la librería en cuestión y les diesen, a sus responsables, para el pelo. Responsables que unos años antes, según consta en el artículo arriba enlazado, ya pasaron por la cárcel tras ofrecer los escritos de Adolf Hitler y compañía a un módico precio. Por lo visto, en este caso la libertad de pensamiento y de convocatoria se excedía un poco para el gusto del respetable, y de ahí que la gente aplaudiese las reacciones comentadas. Y es que, al parecer, empapelar a alguien por vender libros es una práctica muy democrática exenta de censura, no me digan que no. (Aviso a navegantes que luego se comen icebergs del tamaño de Perejil: si el hecho hubiese implicado a quien quiera que venda las bondades del estalinismo, mi postura al respecto sería exactamente la misma).
En realidad estos son sólo un par de ejemplos con los que simplemente me gustaría ilustrar, para toda esa masa de gente que considera que la represión acaba de tocar a la puerta de España, cómo la censura estatal no es ninguna novedad. Que todas estas personas no la hayan atisbado hasta ahora no significa que no estuviese pululando de aquí para allá, machacando a sectores marginales que tampoco tenían mucho que ver con el grueso de la sociedad en general. Por eso en el mejor de los casos se ignoraban los atropellos y, en el peor, se aplaudían.
Es como el caso del hincha del Athletic de Bilbao, Iñigo Cabacas, que murió hace unos días cuando un pelotazo disparado por la policía autónoma vasca, más conocida como Ertzaintza, le reventó el cráneo mientras bebía una cerveza en una zona de bares cercana al estadio de San Mamés. Al parecer el chaval ni pertenecía a ningún grupo de esos raros que la va montando por las esquinas ni estaba metido en ninguna bronca en esos instantes, y aún con todo ello se han acordado de la muerte en su pueblo y en cuatro estadios de fútbol mal contados. Y gracias.
Sin embargo, y por esa extraña manía que tengo a veces de contrastar las cosas, no puedo evitar trasladarme en el tiempo hasta el pasado mes de febrero después de acordarme de Iñigo. Fue entonces cuando los antidisturbios cargaron contra unos estudiantes valencianos que protestaban por unos recortes en Educación. Tras el incidente aparecen un par de vídeos en los que se muestra a dos policías empujando a una cría contra un coche aparcado y de repente se monta una cosa llamada Primavera Valenciana que pretendía, no se sabe muy bien cómo ni porqué, emular las protestas en el mundo árabe y derrocar así gobiernos (en este caso regionales). Evidentemente, al cabo de unos días las aguas del Turia volvieron a su cauce y las manifestaciones multitudinarias organizadas en toda España quedaron para la hemeroteca.
Probablemente, y a diferencia de las revueltas árabes, a los valencianos y demás paisanos solidarios les faltaba un mártir y de ahí que el tema no cuajase. Lo paradójico es que ahora que a Iñigo le revienta la cabeza de forma injusta e ilegal un hijo de puta con placa y uniforme nadie parece sentirse llamado a representar ninguna función mora. Y sólo han pasado dos meses entre una cosa y la otra, no quince años.
Así que como comprenderán ustedes, a la vista de los acontecimientos lo único que siento es cómo crece en mí la repugnancia hacia una sociedad tan entusiasta pero al mismo tiempo tan cateta, tan egoísta y tan superficial como la española. Así no se puede empatizar con nadie. Faltan dosis importantes de coherencia, reflexión y dignidad como para que mañana por la mañana este humilde servidor, arrastrado por la tan esperada euforia libertaria que ha parecido llenar los corazones de mis compatriotas, se levante del sillón y se ponga a dar alaridos angustiado porque ahora, de repente, el tal Rajoy nos trae desde las oscuras entrañas del Monte del Destino un nuevo modelo de sociedad gobernado por la censura y la represión.
Les hago una confesión, ya para terminar: a veces pienso que este país tiene las leyes, los gobernantes y la crisis de valores que se merece. Miento. A veces, no. Lo pienso siempre.
Es una certeza que algunos pensamientos acuden a tu encuentro y te azotan con su conmovedora simplicidad hasta tirarte del asiento y hacerte sentir imbécil. Eso me ocurrió una primaveral tarde de invierno de no hace tanto en el interior de una lujosa edificación madrileña, mientras mi camarada y coautor de este blog, Erik, y un servidor, cargábamos con idéntico peso sobre nuestros hombros: el peso con el que lastra Morfeo a cada comida para que a eso de las 16.30 quedes tan plácidamente inmóvil que pases a formar parte de su reino de ensoñaciones. Erik ya había sido arrastrado a ese mágico lugar que a cada uno de nosotros se nos presenta de tan distinta y, al mismo tiempo, tan parecida manera, pero yo era incapaz de dejarme someter por el maravilloso Morfeo y sus acostumbradas sorpresas; quizá tuviera algo que ver el hecho de que el bueno de Erik, por aquello de que el anfitrión no tiene por qué ser el gran damnificado, había acaparado el sofá grande, pudiéndose estirar bien por ese motivo. Yo, en cambio, invitado de honor, ocupaba un sillón monoplaza con unos gigantescos e infranqueables reposabrazos, uno por lado, que hacían de mi postura una oda al retorcimiento de metales. Quizá fuera por eso o por alguno de los otros mil motivos que se me ocurren, pero el caso es que aquella tarde soleada de marzo me dediqué a mirar la hierba crecer, a los mosquitos revolotear y a las arañas descolgarse; todos ellos, para ser justos, al otro lado del cristal, en el jardín. Y fue observando a esas pequeñas criaturas llamadas hormigas, tan comunes y vulgares, tan frecuentes y en cambio poco molestas, como empecé a sentirme estúpido, estúpido por no saber absolutamente nada de ellas, estúpido por dudar incluso de si tienen ojos o respiran, estúpido por preguntarme cómo coño andan con igual facilidad en horizontal y en vertical. Llegué a mi hogar aquella tarde con todas esas inquietudes sacudiéndome las neuronas e hice lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar: acudir sin demora a alguna fuente de información fiable. Wikipedia me dejó atónito. Se estima la población de hormigas entre mil y diez mil billones, tenemos identificadas alrededor de 12.000 especies aunque se piensa que pueden existir alrededor de 21.000. No se sorprenderán demasiado cuando les diga que forman colonias que pueden tener desde una decena de individuos a millones, dividiéndose en grupos especializados en este último caso: obreros, soldados, etc., subdividiéndose a la vez según su tamaño. Puede que sí se sorprendan algo más cuando les cuente que si la hormiga sale de un huevo fertilizado, será una hembra, y en caso contrario, un macho; o cuando les diga que no tienen pulmones y que el oxígeno penetra en sus exoesqueletos a través de los espiráculos. Sí tienen ojos, las condenadas, unos ojos compuestos formados por minúsculas lentes unidas y buenos para detectar el movimiento, aunque no ofrecen gran resolución; por si acaso tienen tres pequeños ocelos, u ojos simples, para detectar el nivel lumínico y la polarización de la luz. Dice la Wikipedia que sus seis patas acaban en garras ganchudas que permiten a las hormigas escalar o engancharse a varios tipos de materiales, dejando en el aire por qué, ¡oh, por qué!, pueden hacerlo al mismo ritmo que cuando caminan en horizontal y sin cansarse, o sin aparentarlo al menos.
Si no están suficientemente impactados ya, déjenme decirles lo siguiente: formícidos, himenópteros, mirmecología, mesosoma, gáster, hemolinfa, haploide, diploide, trofalaxis, univoltinas, pigidio, partenogénesis telitoquia. Increíble, ¿no es cierto? Sospecho que se pueden decir más cosas de una hormiga que de mí, y la verdad es que no sé bien cómo me hace sentir eso. No obstante, por si están aterrorizados y deseando huir de mí y de esos pequeños y fascinantes seres llamados hormigas, les diré que no estamos presentes en la Antártida, ni en Groenlandia, ni en Islandia, ni en partes de Polinesia. Ya ven, qué absurdo, no hay hormigas en Islandia.
No he secundado la huelga. No me pregunten por qué o se arriesgarán a recibir una respuesta vaga, indigna de su fervor intelectual. Digamos que, dentro de la inseguridad sobre la que navego, el instinto me ha arrastrado hacia la orilla más conservadora del debate. La más conformista si quieren. No me han faltado opiniones -algunas respetables, otras no tanto, según el emisor y las formas- de todo gusto y color. Pero aún así, atendiéndolas a todas, no he conseguido llegar a ninguna conclusión firme sobre lo que supondrá la reforma laboral en este país. Es probable que me moje dentro de un año, con cifras en la mano. Si les soy sincero, prefiero analizar datos antes que vaticinar ninguno. En plan cobarde y tal.
Sin embargo, y aunque alguno ya me haya echado en cara aquello de que carezco de capacidad analítica por no haberme sumado a la protesta, lo cierto es que no dejo de darle vueltas al asunto. Y me aterra pensar en la posibilidad de que el meollo de la cuestión, más allá de sindicatos, patronales, ricos y pobres, puede que muchos nos lo estemos saltando siguiendo esa loable práctica hispana de no profundizar demasiado en determinados asuntos. Vamos; que nos lo estemos saltando a la torera, en idioma castizo.
Yo identifico un par de aspectos importantes a la hora de legislar en este preciso momento. Los presento de forma simple, en unas líneas, sin entrar en detalles innecesarios a la hora de elaborar la presente reflexión:
1 - ¿Quién es el mayor perjudicado? Esto es una crisis y tiene que haber uno, por lo menos. Yo identifico dos opciones. La primera se llama mercados y la segunda pueblo. Si el Gobierno, con sus medidas, fastidia al pueblo, los mercados suelen alegrarse. Esta situación conlleva una presión social mayor pero una presión financiera menor. Si el Gobierno, con sus medidas, fastidia a los mercados, el pueblo aplaudirá. Esta situación conlleva una presión social menor pero una presión financiera mayor. En un mundo tan globalizado en el que España ya ni siquiera es España, contentar a los mercados puede resultar más pragmático y a medio o largo plazo quizá beneficiar al pueblo. Claro que eso puede llevar a preguntarnos dónde queda entonces la soberanía popular.
2 – ¿Cuál es el cambio? No creo que sean muchos los que afirmen que las cosas deben seguir como hasta ahora. Es decir; la mayoría es consciente de que las cosas tienen que cambiar. La cuestión es cuál es el cambio. El Gobierno, con su reforma laboral y otras cuestiones, ha optado por un tipo de cambio. Algunos opinan que podría ser el correcto y optan por abrazar la paciencia. Otros creen que no, que hemos escogido la dirección menos adecuada, que hay que retroceder y optar por un cambio alternativo. Estos últimos tocan a retirada.
Como ven son dos preguntas complicadas, que además se entrelazan, ante las que no parece existir una respuesta sencilla. La gente que secundó la huelga y se manifestó el jueves 29 de marzo tiende a pensar que el cambio que trata de llevar a cabo el Gobierno no es correcto porque beneficia a los mercados y no al pueblo. Posiblemente estén en lo cierto y esa sea la postura de los que nos gobiernan ahora mismo. La gente que no secundó la huelga, por su parte, no creo que asuma una postura concreta, aunque de haber algún consenso este podría ser que los cambios ya realizados, si bien desagradables, pueden llegar a ser efectivos con el tiempo en una coyuntura como la actual.
Además, a estas reflexiones hay que añadir otro loable ingrediente español: las percepciones radicales. Porque muchas opiniones a la hora de escoger trinchera también se basan en la opinión que se tiene del empresario y del trabajador. Los hay que piensan que todos los empresarios son unos hijos de puta que gracias a esta reforma entendida para mejorar su competitividad van a aprovechar para incrementar la disparidad económica del país y los hay, normalmente por el contrario, que piensan que los trabajadores son en su mayoría vagos que viven tranquilos gracias a la protección del Estado y no al sudor de su frente. Por último existe gente como yo: que opina que hay de todo.
Como ven, este texto no aclara ninguna duda. Tampoco lo pretende. Simplemente trata de exponer que algunos, normalmente tachados de cobardes, no lo ven tan claro como los demás. Que eso de los ricos y los pobres es un recurso simpático pero que, mal que nos pese, esto ya no es el siglo XIX; los anarquistas no tratan de cargarse reyes a bombazos y los carlistas no rezan para alcanzar un mundo gobernado por sacerdotes armados. Ahora hay una cosa llamada Eurozona, otra cosa llamada Banco Central Europeo, también existen los paraísos fiscales, las operaciones financieras realizadas a 8.000 kilómetros de distancia y países como Irlanda, Holanda o Suecia. Esas cosas.
El sectarismo encierra varias características. Una de ellas es la de negar todo lo ajeno sin analizarlo siquiera. La otra cara de esa misma moneda es que todo lo propio, lo afín, es válido hasta que se demuestre lo contrario, y el que albergue alguna duda durante el proceso queda expuesto a que se le expulse del rebaño acusado de cometer alta traición; con lo cual demostrar que ese argumento en contra resulta ser válido es harto complicado. En definitiva el sectarismo es, a todas luces, un insulto a la inteligencia de las personas. El problema es que, por mera inercia, otra de las características del concepto es negar a esa misma persona el uso de su propia inteligencia, por lo que ésta nunca se siente insultada.
No sé si esta reflexión ya la presentó alguien antes que yo, probablemente mucho mejor explicada. Es posible, aunque no relevante. Quizá lo relevante sea conocer el contexto dentro del cual ha vuelto a encenderse la bombilla de las ideas.
La huelga general convocada este 29 de marzo nos ha dejado unos cuantos ejemplos de esto que he dicho más arriba. Sólo tienen que meterse en algunas redes sociales, las que se supone que ahora dan voz al pueblo, sí, para observar cómo mucha gente iba reaccionando ante según qué titulares.
Por ejemplo. Si un comunicado del sindicato UGT denunciaba que tres compañeros habían sido agredidos por la policía, la llama de la pasión se encendía rápidamente entre aquellos que compartían el espíritu de protesta. Sin pruebas. Sin segundas opiniones. Sin nada. Ni siquiera se aventuraba nadie preguntándose el por qué, el cómo y el cuándo de la supuesta agresión. Silencio. Sólo indignación, insultos y aullidos. Rabia.
Por ejemplo. Si aparecía la foto de unos cuantos piquetes -identificados así por el autor de la instantánea- reventando un comercio la gente contraria a la protesta, automáticamente, presentaba a los sindicatos y a cualquier simpatizante de los mismos como una masa violenta y agresiva cuya única misión es quemar el país hasta sus cenizas. Sin ninguna comprobación previa de que esa generalidad es cierta y sin ningunas ganas de buscar un contraste. Esa foto es su prueba, su forma de justificar la imagen que ya tiene construida de la jornada. Su venganza.
En el primer caso, los protagonistas del segundo ejemplo o bien se harán los sordos, o bien negarán la mayor, o bien justificarán la actuación con el “y tú…”. Algunos, pocos, tratarán de aportar algún dato para desbaratar la historia de los sindicalistas teóricamente apaleados. Dato que, por proceder de la trinchera contraria, el sectarismo de los supuestos receptores impide analizar. En el segundo caso, los protagonistas del primer ejemplo actuarán de forma similar: se harán los sordos, negarán la mayor o bien tratarán de justificar el destrozo del comercio con un “pero es que ellos…”.
El denominador común salta a la vista: no existe la capacidad, en la mayoría de los casos, de asumir lo que ha sucedido. Una persona racional, honesta y cabal señalaría ese suceso como una contradicción dentro de su propia lucha y a partir de ahí actuaría en consecuencia. Una persona gobernada por el sectarismo, sin embargo, lo ignora. No conviene asumir nada. No conviene cuestionarse nada. De entrar en reflexiones y análisis que también incluyan contradicciones todo se complica demasiado. Y para qué empañar la cruzada -cualquier cruzada- con nimiedades. Nimiedades que, además, proceden del otro lado y por lo tanto son mentira. Acta est fabula.
El sectarismo es peligroso para la propia persona, porque anula su capacidad de raciocinio, pero es un elemento simpático para el líder, para el auténtico líder, que busca un camino fácil desde el cual gobernar sobre sus acólitos. No es ninguna tontería ni una estrategia estúpida. Los que han estudiado la Guerra Civil española coinciden en señalar que el ejército de Francisco Franco y compañía obtuvo muchas veces ventaja sobre el terreno gracias al liderazgo. Mientras en el bando rebelde se decía “avancen” y todo el mundo avanzaba, en el contrario se organizaban comités para decidir por qué puente cruzar el río. Así perdió la II República unos meses cruciales, y miles de vidas.
Pero por muy importante que sea ese liderazgo y esa servidumbre en tiempos de guerra, la victoria tiene un precio: sentirse, años después, como un auténtico vegetal recién salido del coma. Por tanto un consejo: tengan cuidado y háganse el favor de, hasta que salgan a relucir los fusiles por lo menos, pensárselo dos veces antes de golpearse el pecho con euforia. Recuerden; quizá el pecho se lo esté golpeando el sectarismo y no usted mismo. Y quizá, por cierto, sin ese sectarismo no hagan falta fusiles. Pero bueno, esto ya es especular demasiado.



