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7 mayo, 2013 / Jorge Gato

Gaviotas

A Elena, quien alimentó a la gaviota en primer lugar.

No sé por qué, pero lo imagino al borde de un acantilado. Es un edificio blanco de unas seis alturas y, sin embargo, sorprendentemente estrecho para ser un hospital; bueno, en realidad no sé si es un hospital, un albergue, un hospicio, un reformatorio, una residencia de ancianos o un psiquiátrico. Puede ser cualquier cosa, la verdad, pero cualquier cosa que sea debe cumplir una característica: ser un espacio para inquilinos temporales, de tal forma que vayan rotando sus ocupantes y así tenga sentido la historia. Aunque realmente no sé si tendrá sentido después de todo.

Si vuelvo al edificio, lo veo por la cara que da al mar, como si lo mirara desde algún punto suspendido sobre las aguas. Es una cara llena de ventanas, quizá pequeñas, con contrapuertas de madera que se abren hacia afuera; o puede que sean ventanales algo más grandes, que se abran desplazándose a izquierda o derecha. Se acerca un poco más a lo primero que a lo segundo. Veo también que la fachada blanca está bastante deteriorada, ya que la brisa marina llega hasta ella sin obstáculo: impacta contra su piel con una fuerza desatada, con un vigor que no ha conocido oposición. Así me parece que su blanco está apagado, aunque realmente no sabría determinar si en algún tiempo pasado fue más luminoso; lo que es seguro es que las grietas y desconchados no la adornaban desde el principio, esos son producto del tiempo, del tiempo que pasa y del tiempo que ocurre. Alrededor del edificio crecen la hierba primero y los árboles después, pero son ese tipo de hierba y de árboles que se perciben poco o nada domesticados, aún salvajes. La hierba, por tanto, es alta, incómoda al tránsito, y los árboles no parecen manufacturados, no al menos como esos que ponen en las ciudades y cuyo objetivo principal es ser un árbol sin serlo demasiado, sin hacer competencia al hormigón. Se nota, por ende, que para construir y habitar este edificio han domado la fuerza de la naturaleza tan poco como les ha sido posible, movidos quizá por un respeto al entorno que me resulta difícilmente comprensible una vez ya sabemos que han plantado una mole de seis alturas en el borde mismo de un acantilado. En vuestra mano está agradecérselo o no, yo en este momento no tengo muy claro qué pensar. De todas formas no hemos venido hasta aquí para ocuparnos de estas consideraciones éticas, hemos venido a hablar de amor.

A veces tengo la sensación de que todas las historias que se escriben, piensan, cantan o filman hablan del amor. Ahora mismo tengo esa sensación, aunque después de cuatro o cinco líneas más de texto puede que ya no. Qué digo, seguro que no. Es una idea muy peregrina, no me voy a quedar encerrado en ella para siempre.

Lo que venía a contar, que me pierdo, es que al edificio blanco ha llegado un nuevo inquilino. Puede ser un hombre o puede ser una mujer, y puede tener muchas edades; esto no me preocupa. Como no he logrado descifrar aún el cometido del edificio, no os sé decir con exactitud qué mal lastra al inquilino: tal vez esté enfermo y se sienta algo abandonado por todos y por todo, tal vez sólo se sienta abandonado por todos y por todo; es posible que venga por la fuerza y desesperado, o desesperado solamente. No hace gala de una felicidad desbordante, eso sí os lo puedo asegurar. Al edificio blanco no se llega con una sonrisa, y no sé si se sale con ella, si acaso se sale; intentaremos averiguarlo más adelante.

Al inquilino le ha tocado ventana al mar, por lo que si ahora mismo se asoma, y yo sigo mirando desde el mismo punto, podré verle. El efecto de la ventana al mar sobre el inquilino es un factor que me desconcierta, ya que puede contribuir a una relajación contemplativa que amenice y mejore su estancia o, por el contrario, puede sumirlo en ese tipo singular de depresión que sucede cuando nos plantamos ante la magnificencia de lo inmenso, de lo perenne e inabarcable. Tengo la impresión de que, con el lento transcurrir de los días, la incesante actividad de las olas a su encuentro con la roca del acantilado acabará por sumir al inquilino en la amargura más absoluta. Creo que va a llegar a ese punto de difícil retorno en el que no pareces encontrar ganas de nada que no sea dejarte ir, de nada distinto a entregarte al vaivén de las mareas hasta que un golpe seco te haga espuma en la roca.

Acercándose a esa frontera estaba el inquilino después de dos o tres meses de encierro cuando uno de esos pequeños milagros que a veces se dan comenzó a ocurrir de forma periódica. El milagro tenía forma de gaviota. Hasta su ventana empezó a llegar, cada día, una de estas criaturas para picotear el cristal o la contrapuerta de madera y después quedarse esperando en el alféizar unos minutos, como si tuviera la certeza de que algo ocurriría. Los primeros días el inquilino no supo bien cómo debía reaccionar, pero ante la abrumadora insistencia del ave consideró oportuno empezar a reservarle algunos restos de su propia comida para poder alimentarla. Así estableció la rutina, prácticamente diaria, que le salvó la vida. No se dio mucha cuenta en un inicio, y no puedo culparlo porque así fuera, pero los siguientes dos o tres meses, los últimos de su estancia, fueron totalmente distintos, y lo fueron gracias a aquella gaviota que le dio al mismo tiempo un objetivo y una responsabilidad con los que comprometerse tras cada amanecer. Hasta ese momento nada parecía retenerlo ni cerca del acantilado ni allende los mares, parecía encontrarse a merced de la corriente hasta que al fin la roca lograra vencerlo. Sin embargo, el pico de aquella gaviota lo agarró por el pescuezo y lo rescató de la deriva a la que se había resignado, haciendo posible que el inquilino que parecía abocado a la tragedia culminara su estancia en aquel lugar y lograra salir por la puerta fortalecido. Por fin un golpe de suerte para quien empieza a escribir el epílogo demasiado pronto.

Podríais pensar, no sin cierta lógica, que aquel golpe de suerte ocurrió sin más, sólo porque tenía que ocurrir y ya está. Tengo algo de culpa por haberlo presentado así, lo admito. Por eso dejadme contaros que la suerte en muy pocas ocasiones emprende un viaje de ida sin haber sido llamada o trabajada antes, y este caso no es una de esas contadas excepciones. Lo que probablemente ocurría aquí es que en algún momento un inquilino empezó a dejar trozos de comida en el borde de la ventana para paliar su soledad con las aves que cada día contemplaba desde el edificio, y una de esas gaviotas astutas comenzó a acercarse despreocupadamente para alimentarse de lo que aquel hombre o mujer tenía a bien dejarle. No estoy seguro, aunque tal vez podría estarlo, de si aquella visita periódica tuvo el mismo efecto terapéutico en aquel pobre sujeto; apostaría a que sí. Tampoco sé seguro, aunque algo sospecho, si los responsables de ese edificio blanco saben lo que ocurre con la gaviota, de tal forma que asignen a conciencia la habitación que ésta visita a los inquilinos con peor pronóstico, confiando en que el milagro prolongue y expanda su efecto. Podría ser. Tienen que contar también con el calendario de migraciones, y tener la suerte de que les coincida con sus necesidades; esto sólo lo hace un poco más complicado, pero no imposible. Unos meses más de ausencia y la roca hubiera ganado, pero volvieron las gaviotas a rondar el acantilado.

Imaginaos qué gloria, para esta historia y para cualquier otra, si aquel primer inquilino, sólo por intentar amortiguar la crudeza de su soledad, salvara ahora una vida cada cierto tiempo. Y que quizá ni siquiera lo sepa.

Es puro amor.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. Gelín. / May 10 2013 20:10

    En tu subconsciente quedó cuando dábamos de comer a un pobre palomo blanco ,al que llamábamos”Cirili”.Un edificio blanco,seis alturas…

  2. Antonio / Jun 11 2013 12:33

    Seguimos esperando vuestras creaciones, atravesáis una sequía que empieza a ser preocupante.
    ¡Ánimo tíos!

  3. Maria Vidal / Jun 13 2013 17:25

    Siempre que veo vuestro nombre en mi TL me recordáis a “Cumbres borrascosas”, me confieso fiel adoradora de Heathcliff, Así que no puedo más que deciros, sí, es Puro Amor.

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