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17 febrero, 2013 / Erik Macbean

Últimos minutos en una misma carretera

He visitado Grecia en seis ocasiones, y cuando trato de recordar lo sucedido en cada uno de los viajes siempre rememoro sus últimos minutos. Transcurrieron, sin excepción, en la misma carretera; observando por la ventanilla del coche los mismos prados, los mismos árboles y los mismos edificios. Entre un trayecto y otro se registraban pequeñas variaciones en el entorno, claro, pero lo que realmente diferenciaba uno de los recorridos frente a los demás era mi estado de ánimo.

Nunca hubo alegría. Jamás. La tristeza asoló y conquistó todos y cada uno de los últimos minutos de estancia en aquel país. Sin embargo, hay tristezas y tristezas. Hay una tristeza que se arropa de nostalgia; es aquella que sabe que se marcha cuando no tiene ningún sentido marcharse de un lugar. Hay otra tristeza calada de melancolía; aquella que sabe que se marcha porque no le queda más remedio que marcharse.

Parece lo mismo pero no lo es.

Uno que sabe que se marcha cuando no tiene ningún sentido marcharse de un lugar no tiene porqué hacerlo. Que todo el mundo espere que lo hagas no quiere decir que tengas que llevar a cabo ese regreso. Puedes, en un momento dado, dar media vuelta y mandar el plan establecido a darse un paseo. Adiós al billete de avión, adiós al puesto de trabajo y adiós -temporalmente, al menos- a la familia y los amigos. Al carajo. La tristeza reside, precisamente, en la virginidad de esa posibilidad. No hay huevos aun existiendo esperanza. Es una derrota en toda regla, demoledora.

Pero uno que sabe que se marcha porque no le queda más remedio que marcharse sabe que no podría quedarse ni siquiera cuando lo haya planeado todo de antemano con tal propósito. En esos casos suele suceder algo (a veces no sucede nada, y esa es la señal) que te obliga a huir a toda prisa. Da igual lo que depare el futuro, en ese lugar y en ese momento no eres bienvenido. Debes marcharte. La tristeza en semejante escenario se encuentra, precisamente, en la asimilación de un horizonte aparentemente compacto que en un momento dado decide evaporarse sin previo aviso. Es otro tipo de derrota, pero igual de demoledora.

Esa tristeza melancólica fue la que me acompañó durante la última media hora de mi último viaje. Subí al avión entre resignado y reconfortado. Saboreando en cierto modo el fracaso. No hay nada más estúpido que ser un perdedor inconsciente. Tocar fondo y saber que se puede seguir cavando es una especie de premio. Algo amargo, quizá, pero no deja de ser un distintivo: “Chaval, comes mierda a diario sin creer que comes otra cosa”. Entiendes, en ese momento, que no perteneces a esa última brecha, que hay gente aún más desgraciada por debajo; los que ni siquiera se dan cuenta de su realidad. Ellos te ensalzan y te dignifican. Es, como digo, reconfortante.

Supongo que regresaré a Grecia en algún momento. Que se dará una séptima llamada y al rato de recibirla estaré cogiendo un avión que me deposite a orillas del Egeo. Porque uno no aprende o no quiere aprender. Hace las maletas y vuelve. Escéptico, pues el escepticismo es la marca que acompaña a todo fracasado que mantenga un mínimo de lucidez. Pero también con firmeza. Como aquellos samuráis anteriores al Japón de Tokugawa que, una vez asumida la mortalidad como destino garantizado, se dedican a caminar por la vida sedados.

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4 comentarios

Dejar un comentario
  1. África / Feb 19 2013 10:33

    El segundo tipo de derrota de la que hablas, en realidad, no es tal derrota. No depende de ti. Es una realidad que no te quiere y, por tanto, marcharte es la única opción. Jamás te quedará el amargo sabor de la no-acción pues no hay acción posible. Pero sí, es aún peor, precisamente por eso, porque no existe otro camino. En realidad, hablas de tipos de tristezas, van tan cogidas de la mano…

    He de decirte que este escrito me ha parecido, tal vez, el más desconsolador. Es un portazo en toda la cara para quien pretende vivir sedada. Me ha costado leerlo asimilando cada concepto pues puedo sentirlo mío. Gracias.

    Un saludo,
    África

    • Erik Macbean / Feb 19 2013 10:55

      Su reflexión es interesante, pertinente y la comparten, además, algunas de las mentes más lúcidas que he tenido la suerte de conocer. Sí, así es: la derrota es relativa porque no existe alternativa, y por tanto de uno mismo depende más bien poco. Pero no deja de ser un fracaso enorme.

      En cualquier caso, lamento que el escrito le haya parecido desconsolador. Aunque, como diría el señor Juan Tallón (cuya bitácora está enlazada aquí), uno debe utilizar un blog para contar sus mierdas, sus miserias. Para todo lo demás ya tenemos el C.V.

      Besos, África.

  2. micromios / Feb 24 2013 21:58

    Marcharse con tristeza porque uno podría elegir quedarse, da un doble valor a la partida. La de la elección. No siempre uno puede elegir, a veces ni siquiera tiene la posibilidad de que haya eleccion.
    ¿por qué no partir cuando uno ha de quedarse o quedarse porque hay partir? aunque fracases lo haces burlando al destino.
    Salut

    • Erik Macbean / Feb 25 2013 12:12

      Efectivamente, en el segundo caso presentado en el texto no hay elección posible. En el primero sí, aunque uno de los caminos se disfrace de única alternativa. Gracias por el comentario.

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