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21 enero, 2013 / Jorge Gato

Cae la niebla

Recuerdo bien el mundo de antes, aquel visible y sencillo, ameno, diverso. También recuerdo el día en que ese mundo amable acabó, y recuerdo los días anteriores a que el mundo acabara. De esos días hasta ahora ya no hay nada que recordar, si acaso una cosa, la única que hay presente, la que ha diluido todo lo demás, pero recordarla es estúpido porque es también a la única que tengo acceso ilimitado, continuo; para qué recordarla entonces, si ni siquiera ya me gusta, si no puedo escapar de ella. Imagino que usted esperaría que, dado que el mundo desapareció, yo no pudiera contarle esto al estar yo desaparecido y usted también, pero lo cierto es que no sé si usted está desaparecido o no, tan solo supongo que lo está. No voy a mentirle, no comprendo muy bien el proceso por el que le puedo contar esto, pero el caso es que puedo, y no voy a desaprovechar la oportunidad de hacerlo.

Cuando vuelvo la vista atrás sólo consigo sentirme imbécil. No es un trato justo el que me doy, lo sé, y a todos nos ha pasado; con el tiempo todo parece más obvio y nos sorprendemos de que fuéramos incapaces de descifrar adecuadamente la situación en el momento en que tuvo lugar, pero no lo fuimos, y ya no cabe rectificación posible: no hubo reacción y no la habrá. Por eso sé que no debo castigarme en exceso, por más que las sensaciones y las emociones sean difíciles de distraer.

Recuerdo bien que todo empezó con un cielo gris excepcionalmente luminoso, una belleza atípica que se instaló sobre nosotros por espacio de un par de días. No tengo que hacer ningún esfuerzo para verlo en mi cabeza pues emerge él mismo de vez en cuando, tal fue la impresión, al igual que mis largas caminatas aquellos días disfrutando del buen gusto con el que su luz pintaba los distintos escenarios de la ciudad. Los edificios parecían todos nuevos, casi me resultaban desconocidos; era tal vez como mirar lo mismo con una lente diferente, cambiando los matices de todo, su expresión. Ya en los días posteriores, el gris del cielo fue ganando oscuridad, su amenaza se volvió más cierta, más inminente. Lluvia, creímos. Pero no cayó una gota. La amenaza de aquel cielo que había devorado la luz y nos había condenado a tinieblas no terminó de concretarse en nada, y tuvo que pasar una semana de tensa calma para que empezáramos a extrañarnos de verdad. Creo recordar que nada en aquel cielo se movía, que la masa nubosa había quedado detenida, atrapada entre horizontes; pero quizá solo fuera una sensación, o quizá me lo haya imaginado después. Tampoco recuerdo pájaros atravesándolo. Todo, ahora en mi cabeza, aparece parado, incluso el viento: no recuerdo que hubiera viento aquella semana, ni siquiera un triste soplido.

Tras aquellos días de incertidumbre, el cielo por fin movió ficha. Me pareció entonces que todo era parte de un plan ya marcado, una ejecución milimetrada; o quizá me lo parece ahora y creo que me lo pareció antes. El cielo comenzó a descender hacia nosotros, a caerse sobre nuestro mundo. Al principio, claro, tampoco nos pareció importante, por qué debía parecérnoslo después de todo: era niebla bajando, o esa impresión daba. Así empezó a posarse sobre los edificios más altos y a deconstruirlos poco a poco con la delicadeza de una caricia: ya nunca más volvería a verlos enteros. La caricia se prolongó por todo el esqueleto de cada rascacielos hasta que la niebla logró alcanzar los primeros bloques de viviendas, luego fueron los edificios de pocas plantas, luego las casas bajas. Luego tocó el asfalto, y a él se agarró para nunca más soltarse.

Todavía en los primeros días tras alcanzar el asfalto, el cielo nos permitía ver. De forma gradual fuimos perdiendo visibilidad, casi sin darnos cuenta, hasta que fue demasiado obvio como para no advertirlo. No tuvimos tiempo para reaccionar, esa es la verdad. Recuerdo aquel día en que distinguí por última vez una luz, no más grande que un foco, tras el muro de niebla: ese fue el epílogo de aquel mundo que hasta entonces había conocido y disfrutado. Su último coletazo.

Ya no he vuelto a ver nada más, y no sé si usted puede. A mí solo me quedan el gris de la niebla densa e impenetrable y el negro de la cara posterior de mis párpados: entre esos dos colores se debate ahora mi mundo, esos son todos los matices que alberga. No sé cuánto tiempo llevo en este nuevo lugar, o viejo lugar con nuevas características; no tengo manera de distinguir el paso del tiempo, acaso mi cuerpo es el único que podría constatarlo, pero a él lo tengo tan visitado que es imposible que pueda percibir un cambio tan nimio como el que en él cincela el pasar de un triste día. La uñas, el pelo… Quizá me ayuden más adelante. Aunque aquí ya casi nada marca una diferencia, ni siquiera andar es un sinónimo de avance o progreso, pues no salgo de la niebla ni entro en ningún otro sitio; todo es equidistante porque todo está aquí mismo, más allá no hay nada, nada que no sea niebla. Esa niebla que un día cayó y esa niebla a la que, simplemente, un día no hace tanto, nos resignamos.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. Antonio / Ene 22 2013 13:22

    Te daré un consejo, huye de la herencia genética y no te resignes nunca, si yo lo hubiese hecho A102 no existiría.

    • Gelín. / Ene 22 2013 18:58

      Y que tendrá que ver la herencia genética con este relato.

      • Jorge Gato / Ene 22 2013 20:43

        Vamos, vamos, no se peguen. Celebren que aún pueden verse entre tanta niebla.

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