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7 enero, 2013 / Erik Macbean

El ‘matanenas’ de hoy

El único momento de felicidad que me ha logrado transmitir la película Tres metros sobre el cielo se lo debo a las críticas vertidas en el portal Filmaffinity por sus anónimos usuarios. De no ser por ellas ya me habría defenestrado, presionado por la soledad que persigue, más con saña que con melancolía, al eterno marginado. Afortunadamente les estoy escribiendo estas líneas, con lo cual pueden deducir que encontré cierto consuelo leyendo las opiniones del personal una vez terminado el visionado del filme.

Tras rechazar, por el momento, un salto redentor a través de la ventana mi mente comenzó a dar la bienvenida a otro tipo de reflexiones en torno a la película. Algo me decía que Tres metros sobre el cielo (cuyo acrónimo evitaré nombrar aquí por respeto al lector) no tendría que haberme sorprendido tanto. Que en realidad una historia así ya la había yo leído en alguna parte. Y que el personaje de Mario Casas no suponía novedad ninguna. Que en él se aglutinaban varios tipos que ya me sonaban de algo. Precisamente, tras unos minutos de concentración pude al fin recordar.

Recordé que hace años yo tuve entre mis manos una novela llamada Últimas tardes con Teresa, firmada por Juan Marsé, en donde un joven macarra de Barcelona apodado Pijoaparte se liga a una niña bien de la zona alta llamada, lógicamente, Teresa. Recordé, también, a Steve McQueen en La gran evasión cabalgando una Triumph mientras trata de huir a Suiza con medio ejército alemán pisándole los talones. También acudió a mi mente Marlon Brando en El Padrino, susurrando todo el rato con esa melosa voz queda tan tranquilizadora. E incluso pude recordar, aunque ya forzando un poco, la primera conversación que mantiene en El Gatopardo el príncipe Salina con su sobrino Tancredi Falconeri, cuando éste le anuncia al aristócrata haciendo gala de un enorme descaro que va a luchar del lado de Giuseppe Garibaldi tras su desembarco en Sicilia.

Así pues, se podría afirmar que Tres metros sobre el cielo es un compendio de clásicos del cine y de la literatura; unos clásicos que gozan, por cierto, de fabulosa crítica dado su estudiado desarrollo y excelso gusto. ¿Qué ha sucedido, entonces, para que el enlace de Filmaffinity expuesto en el primer párrafo nos haga imaginar una fila de cubos de plástico llenos de vómito? Tiraremos de voz popular para explicarlo: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Y es que, bien visto, todo parece reducirse a un único concepto: la (falta de) elegancia.

Mario Casas interpreta, en esta película, a un chulo de putas barcelonés que en un momento dado se encapricha de una pija, también barcelonesa. Su existencia, hasta cruzarse con la borde y estirada María Valverde en un semáforo cualquiera de la Ciudad Condal, se limita a hacer flexiones en barra, a conducir una moto de gran cilindrada sin casco, a no desprenderse jamás de una chupa de cuero que sólo esconde una camiseta o -en ocasiones- nada debajo y a dar de hostias a todo el que se le acerque previo brote epiléptico de carácter severo. Y ese perfil, que antes otros ya encarnaron con un estilo envidiable, queda aquí retratado por una cutrez perenne. Esto último quiere decir que se puede suprimir el “hasta” escrito en la segunda línea de este párrafo, porque después de cruzarse con la mentada él sigue siendo el mismo gilipollas que nos han presentado al inicio. Nada cambia. Cierto es que tampoco tendría por qué cambiar nada, pues si bien ella no le aporta el toque de finura que uno espera comenzar a entrever tras la segunda cita, no es menos honesto afirmar que la dulcinea de turno ha sido conquistada a base de hostias y de carreras ilegales en algún polígono industrial de Barcelona.

En cualquier caso quedaba lejana mi intención de elaborar una crítica cinematográfica en torno a esta producción. Regreso, pues, al enigma que nos atañe. ¿Por qué en Mario Casas el tradicional ‘matanenas’ involuciona hasta el Paleolítico inferior en vez de evolucionar? ¿Por qué no coger a los Steve McQueen, los Marlo Brando, los Pijoaparte y los Tancredi Falconeri de turno para fusionarlos y erigir a un chulo de putas que destile una sobriedad sin precedentes más allá de su orgásmica tableta de chocolate? A juzgar por el éxito de taquilla obtenido en su momento –Wikipedia nos dice que consiguió la mayor recaudación del 2010 y eso que se estrenó ya en diciembre- estas preguntas me llevan directamente hasta una serie de elucubraciones de entre las cuales surge una gran certeza: porque eso hubiese supuesto honrar una gran mentira. La de que somos, todos aquellos nacidos después de cumplir la Transición su primera década, la generación mejor preparada de la Historia. Los ingresos generados por Tres metros sobre el cielo y aquella cola kilométrica que ocupó la calle Preciados cuando sus dos principales protagonistas fueron al FNAC de Callao a firmar ejemplares demuestran que esta crisis no es sólo económica. La Democracia, al no permitirnos echar las culpas a nadie más que a nosotros mismos de las tendencias sobre las que navega España, ha puesto en evidencia, una vez más, que alguien, en algún momento y aprovechando un despiste de lo más desafortunado, nos robó cientos de miles de hervores.

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