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2 enero, 2013 / Jorge Gato

La muerte de la música

El uno de enero de este año que todavía estamos estrenando me encaminé, elegante, al cuarto de baño para darme una merecida ducha después de haberle dedicado dos horas de aquella tarde a mi Diosa de dos ruedas. Tengo la costumbre de encender una pequeña radio que allí habita para que me haga compañía en los diversos momentos que entre esas cuatro paredes paso con cierta frecuencia, momentos que no siempre son tan higiénicos ni tan cinematográficos. Nunca espero de ese pequeño trasto un prodigio, solo algo de ruido que dinamice los procesos que esté llevando a cabo en esa ocasión, y si acaso una invitación a hacer el ridículo frente al espejo en la más extrema intimidad, por la cosa de que la distensión mental periódica ayuda a no volverse loco del todo. Pero aquella primera tarde de 2013 asistí atónito a la muerte de la música, a su destrucción total, su más burda representación. La culpable es la emisora Máxima FM, y recuerden que no espero de estas exposiciones acústicas por mi parte ningún triunfo memorable, pero aquello sobrepasó los límites de la delincuencia auditiva, sentí violados mis oídos y mi sensibilidad artística pese a estar todos ellos acostumbrados y endurecidos a base de batallas de todos los colores y formas. Para ser concretos, aunque tampoco mucho, uno de los DJ’s residentes estaba pinchando un hilo musical electrónico repetitivo que ya estaba rayando con la frontera de la antimúsica, pero se sostenía. Poco después comenzó el descenso, un tornado que me atrapó y me arrastró a un infierno tan inhóspito que me recordó un poco a España. De ese tornado tuve constancia por la vibración de mi tímpano cuando una voz, nada educada, con cierto acento foráneo, empezó a repetir incesantemente un “chupa, chupa, chupa” sobre la ya de por sí parva base musical. A ese horror la voz aquella le agregaba de vez en cuando algo de contexto ilustrado, del tipo “las chicas gustan, chupa, chupa, chupa; los chicos gustan, chupa, chupa, chupa”. No creo que sea capaz, ni aunque me tire toda la noche escribiendo, de describir el profundo desconsuelo que produjo aquella composición -descomposición- en las áreas más nobles de mi cerebro. Pero el DJ no tenía suficiente, estaría de resaca o todavía borracho o drogado, así que esa tortura inframusical fue fundiéndose con un hilo musical distinto, electrónico también e irrisorio también, en el que terminó por derivar completamente. La experiencia que había adquirido hacía tan solo unos segundos me previno de lo que estaba a punto de pasar: efectivamente, una voz distinta, igual de nada educada, muy semejante en zafiedad, colocó en mis pabellones auditivos unos deleznables estribillos del tipo “eins, zwei, drei, mambo djambo”, dicho el “mambo djambo” con algo más de entusiasmo, como si fuera la clave de la pieza.

Sospecho que habrá más casos.

El uno de enero de 2013 me enteré, en un país a la deriva, de que la música había tocado fondo. ¿Qué me espera el resto del año? ¿Tiene sentido seguir asido a esta puerta o se la cedo a alguna belleza dispuesta a luchar y me entrego a la hipotermia en aguas del Atlántico?

Cumbres sin ecos les desea un feliz año.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Gelín. / Ene 3 2013 19:10

    Te recuerdo que esos mismos oidos,,han escuchado a Slipknot,entre otros.

Trackbacks

  1. La salsa secreta era mostaza | Cumbres sin ecos

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