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17 diciembre, 2012 / Erik Macbean

El loro del lapicero

Me conmovía especialmente ver cómo sonreía a aquel loro. Él. Precisamente él. Un tipo que conocía la inmundicia que rodea la existencia del ser humano. La miseria que asoma tras cada deseo forjado por el hombre. El poco sentido que tiene vivir cabalgando sobre la Verdad. Una podredumbre, en fin, sistémica e imposible de doblegar. Y le estaba sonriendo -de forma harto tierna- a un loro que se dedicaba a picotear un lapicero cualquiera.

La inocencia y la falta de pretensiones del bicho podrían ser excusas perfectamente lógicas para que semejante individuo simpatizase. La base de su desprecio hacia todo lo demás se alimentaba precisamente de lo contrario: de la inocencia que encierra pretensiones. Proclamarse anticapitalista y militar contra la crisis del sistema financiero, por ejemplo. Si el capitalismo se sostiene sobre una sociedad basada en el consumo y esta crisis está terminando sin piedad con la capacidad de consumo de la sociedad, ¿por qué alguien contrario al capitalismo querría poner fin a semejante fenómeno?

Cabe la posibilidad de que el ‘anticapitalista anticrisis’ encuentre una respuesta a su incongruencia en el llamamiento solidario que siente ante el sufrimiento ajeno. Para lo cual habría que preguntarse qué entiende él por el concepto de Cambio. Los cambios, sobre todo si se presentan como estructurales, rara vez aparecen para desarrollarse con suavidad. Cuando una sociedad cambia, además de invertir su tiempo en ello, invierte también su sangre, su sudor y sus lágrimas. Su sufrimiento, a fin de cuentas. No se puede cambiar sin sufrir. No se puede cambiar sin enfrentarse a los que no quieren ningún cambio. La Historia demuestra que este tipo de transiciones se prolongan en el dolor propio y ajeno. Es así y así seguirá siendo. No se puede pretender vencer al capitalismo sin dolor, sin crisis y sin pobres condenados a afrontar las consecuencias de un seísmo social que cuenta con escasos precedentes.

Son estas y otras cuestiones las que iluminan la senda del escepticismo. Nunca se es capaz de ser totalmente escéptico igual que la búsqueda de una coherencia total y absoluta mataría al peregrino. Pero vale la pena intentar ser un poco desconfiado en vida y abrazar los deseos con el aguafiestismo habitual del que siempre alardea la prudencia. Comulgar con una idea sin cuestionarla antes, y en ocasiones sin haber llegado a odiarla, tiene poco sentido. Aunque esa comunión, así como la animadversión previa, tiene a su vez que ser respetable. Se exige un mínimo de seriedad. Esto no es ningún juego de niños.

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One Comment

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  1. Beijabar / Dic 17 2012 11:51

    Me gusta su retrato de la aceptación de la propia incoherencia, necesaria. Supongo que creímos, quizá mas nuestros padres y abuelos que nosotros, que el sufrimiento de anteriores contiendas, lo que había conseguido era, precisamente, que los cambios posteriores fuesen ya sin víctimas, fruto de la autonomía de un pueblo auto-gobernándose… y sin embargo coincido en que esto no va a poder ser, porque en la guerra (y esto lo es), no importa que ya no se haga con armas, el objetivo sigue siendo matar o esclavizar al “enemigo”. Aun así, en la incoherencia que supone todo idealismo, no debemos evitar luchar por la esperanza de no tener que volver a hacerlo.

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