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28 noviembre, 2012 / Jorge Gato

Salto del vacío

Ha coincidido esta vez, y quizá solo esta vez, que llueve y hace frío, y que los días vienen dados en gamas de grises apagados más cercanos al negro que al blanco. Podría haber sido al contrario, claro, por qué no; podrían venir los días soleados, pletóricos, plácidos. Pero no es así, y tal vez les serían menos propios, menos cercanos si lo fueran. Aunque a decir verdad cercano o propio ya no les resulta nada, el abismo si acaso, ese al que se aproximan con cada paso que dan cabizbajos y derrotados, un abismo al que fueron arrojados hace ya tiempo y que se acerca más rápido a ellos de lo que ellos podrán acercarse nunca a él.

Para llegar hasta donde estoy yo hay que subir un trecho largo, uno que les tomará algún tiempo. Cuando acaba el ascenso el camino vuelve a bajar durante apenas una decena de metros, lo que interpone una pequeña loma entre ellos y yo que aún me impide divisarlos. A mi espalda resta tan solo la caída; ahí ya no hay cielo ni grises ni superficies ni caminos ni plantas, es la caída y nada más. Podría haber un poco de cada, sí, por qué no, pero no lo hay, no hay adornos, no se requiere de ninguna estética para verlos marchar; tal es su destino.

Mientras suben he reparado en que no los he presentado. A ellos, o a ellas, porque son ellos y ellas. Son ellos por seres, son ellas por sombras; más allá no debo buscar género, el género es algo y para ellos o ellas ya ni eso vale, ni eso tienen. Las sombras y los seres son los desposeídos y es todo cuanto se puede conocer ahora. Alguna vez tuvieron muchas cosas, o algunas cosas, y no solo cosas sino también sensaciones, sentimientos, vínculos y pensamientos. Pero todo aquello les ha sido expropiado sin escrúpulos, poco a poco o de golpe, calculadamente y en ruin connivencia. No son víctimas de venganzas ni de rencores, solo de engaños y estafas, presos de sus ilusiones y quizá de su falta de cuidado o previsión, de su exceso de confianza en quien les sonreía. De este modo se fueron quedando sin nada, sin nada de unas cosas y sin nada de tantas otras, hasta llegar aquí hoy, un día cualquiera, un día sin más historia que la que ellos van a escribir pronto, demasiado pronto. Parece que llegan juntos pero no es así, cada ser en ese camino es una isla si acaso las islas pudieran no tener nada, ni arena, y aun así, no sé cómo, lograran existir. Después de todo quizá los desposeídos ya no existan y yo me empeñe en darles una dimensión que también han perdido, pero no me importa, tengo que seguir, seguir por el bien de mi cordura.

Los veo aparecer al fin, tras la loma, empezando a dibujarse las siluetas por sus cabezas. La procesión de sombras es tan silenciosa que creo que no seré capaz de oírla ni cuando esté pasando por mi lado. Estoy en medio del camino por el que se acercan, así que tendrán que sortearme, tendrán que mirarme o solo verme, y tal vez decirme algo entonces, o hacerme algún gesto de complicidad o de amargura o de resignación. Espero impaciente a que me alcancen aunque sé que cuando lo hagan poco tiempo transcurrirá antes de que se despeñen por el abismo, pero no es una decisión que yo haya tomado, puede que tampoco ellos, pero yo no, así que intento no sentirme culpable ni estúpido, aunque probablemente sea de ambas un poco.

Llegan hasta mí y comienzan a sobrepasarme. No son sombras como esperaba que fueran, ojalá lo hubieran sido, todo sería más sencillo. Pero esas figuras tienen rostro, tienen género y nombre, conservan vínculos, emociones, pensamientos. Aquí los han traído la humillación, la desesperación, la persecución inagotable que los ha dejado casi sin nada, pero es casi porque, sí, para desgracia de algunos, y que les pese, ahí están todavía sus rostros y nombres, y sus vínculos aunque a punto de quebrarse y las emociones que pronto van a extinguirse y los pensamientos que ya poco importan. Cuando encaran los últimos metros de tierra firme puedo percibir con claridad qué sucede allí. He estado equivocado todo el tiempo, ninguno de esos rostros va a saltar al vacío: proceden de él, vienen del abismo.

Pero entonces, ¿qué es esa caída aún a mi espalda?

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