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31 octubre, 2012 / Erik Macbean

Un hombre de honor

“Cuando alguien se va de nuestro lado, los demás tenemos dos opciones. La primera es asumir la pérdida sin mayor rodeo y seguir adelante, pasando página y encomendándose al siempre reconfortante olvido. La segunda es detenerse, observar con la perspectiva que ya empieza a otorgar el tiempo y reflexionar sobre el legado que esa persona ha dejado con su marcha. Suele ser, esta última alternativa, más dolorosa que la primera. Pero a la vez mucho más sensata y, en casos como el de nuestro abuelo Enrique, también mucho más justa.

El abuelo Enrique nos ha dejado una valiosa lección a los que aquí nos quedamos. Simple en el enunciado, algo más complicada de realizar. Adoptó una serie de compromisos a lo largo de su vida. Y los fue cumpliendo. Con mejor o peor fortuna. Con más o menos complicaciones. Pero cumplió. Dedicó su vida a estar al lado de los que más le necesitaban en una demostración de amor hacia el prójimo que pocas veces hemos visto, sus nietos, en otras personas. Hoy en día el concepto de “honor” se encuentra bastante desvirtuado. Pero nosotros seguimos aproximándonos a él cuando queremos decir que alguien alberga la “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”. En base a eso podemos afirmar, rotundamente, que el abuelo Enrique era un hombre de honor.

Podríamos mencionar aquí, hablando de su legado y de las lecciones que nos ha dejado, su extrema bondad. Sin embargo, no consideramos que sea adecuado destacar esa virtud, tan denostada en el mundo que nos ha tocado vivir, a la hora de hablar de conceptos que surgen cuando él ya se ha ido. A nosotros, ya en nuestra más tierna infancia, cuando aún no sabíamos demasiado sobre las responsabilidades y las luchas internas que debe librar  cada uno en la vida, ya entonces, nos pareció un hombre bueno. Esa conclusión sólo ha ido reforzándose con el paso del tiempo, y ahora brilla con intensidad. Pero no es algo a lo que nos asomamos por primera vez, ni mucho menos. Estuvo desde siempre.

Se va un luchador. Un luchador de causas justas, que es lo más honorable que se puede ser en esta vida. Un luchador de causas justas cuya única misión siempre pareció ser la de repartir amor. Una misión que nosotros daríamos por cumplida.

Descansa En Paz. Te lo mereces, abuelo.”

Texto leído en el funeral de Enrique de la Cuadra, fallecido en Madrid el pasado 13 de agosto a los 79 años de edad.

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