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24 octubre, 2012 / Jorge Gato

Plumas negras

Vinieron hasta mí disfrazados con colores que me costó reconocer, pues apenas ya los recordaba. Llegaron silentes, decididos, casi sin pedirme permiso, y temerariamente seguros de sus maniobras pese a que su empresa, tantas veces antes abordada, se antojaba casi imposible. Ante mí se exhibieron entonces, si bien el espectáculo no requirió hacerse muy largo, pues pronto fui capaz de identificar aquellos colores que tiempo atrás, más del que pueda considerarse sano, vistieron de intensas emociones unos años que aún recuerdo felices. Así, derrotado a fuerza de memorias irrepetibles pero irrenunciables, embriagado y a merced de los que vinieron hasta mí, cedí de las entrañas el único espacio que permanecía clausurado sin motivo conocido, el único que no admite gobierno ni razón, el único que de verdad duele. Aquellos pájaros anidaron allá donde pidieron hacerlo y yo concedí. Me contagiaron con su deseable colorido tal y como prometieron, por lo que anduve un tiempo extasiado, ingrávido, invencible. Naturalmente, debido a la inherente capacidad de la vida para la docencia, el éxtasis devino en amargura, la ingravidez en colisión y la invencibilidad en una nueva derrota. Aquellos pájaros no tardaron tanto como hubiera deseado en desprenderse de sus trajes de colores y dejar su nido, aquel tan dentro de mí, condenado al luto de sus plumajes. Tal vez, después de todo, la piedad solo sea una cualidad humana.

A los cuervos que un día vinieron hasta mí para luego dejarme malherido solo puedo agradecerles que no me concedieran más tiempo para acostumbrarme a aquellos colores vivos y pretendidamente eternos; tal habría sido el éxtasis que de sobredosis, sin duda, hubiera perecido, o tan alto la ingravidez me habría elevado que de la caída no me hubiera repuesto. Al final por invencible nunca me he tenido.

Ahora pienso al revés. Quizá aquellos cuervos que tras de sí han dejado la más intensa oscuridad, de haber alargado su colorida farsa, habrían permitido a su pesar que los vívidos colores de sus disfraces se destiñeran ante mis ojos día a día, poco a poco. Así los colores siempre habrían sido colores y no solo un disfraz de la penumbra; y el éxtasis tan solo se habría calmado y la ingravidez me habría posado de nuevo en el lugar de donde me arrancó pues tampoco hay tanto que ver allá arriba. Invencible no soy.

Apenas unas ramas secas, unas plumas negras quebradas y unos trozos de tela consumidos me recuerdan ya la visita de aquellos cuervos, mas su ausencia se me hace densa e ingobernable; no quiero que regresen pero su mentira siempre supo más dulce que esta realidad antiestética, mundana, insufrible. Aquí ha vuelto a imponerse lo obvio, lo simple; ha vuelto a caer la poesía, a derruirse la belleza. Y me dicen los cuervos: para nosotros solo fue otro nido, para ti todo un mundo.

Intentaré curarme de este amor sin tener que arrancarme el corazón.

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