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10 octubre, 2012 / Jorge Gato

Matar a la Iglesia de San Sebastián

Las primeras noches lejos de la cama propia siempre me resultan especialmente difíciles, como si a mi cuerpo y a mi mente les costara acoplarse a las nuevas condiciones dadas, por lo que no suelo dormir muy bien en al menos un par de días. No hace falta que la superficie que sostendrá mi sueño sea llamativamente incómoda ni que cualquier otro tipo de características ambientales resulten tercas en eso de impedir activamente la conciliación de aquel, me basta con estar lejos de mi lecho habitual. No obstante, a veces hay factores que complican aún más el poderme abandonar a las oscuridades de mi subconsciente, y esas noches resultan especialmente agónicas.

La Iglesia de San Sebastián se alza en el valle ocupado por un más que decente barrio residencial de algún lugar centro-europeo. No es nada ostentosa ni dentro ni fuera de sus paredes, no está preparada para deslumbrar a nadie con su originalidad ni su belleza; nadie perdería la cabeza por ella. Pero la Iglesia de San Sebastián ha sido educada en la tozudez por algún ser sin escrúpulos, y ella quiere ser reina antes que princesa, y princesa antes que plebeya… A cualquier precio. Así que decidió usar todos los medios a su alcance para destacar no solo por sus puntiagudos metros de altura, sino también por su inconfundible sonido. Esa fue la brillante idea que llevó a la Iglesia de San Sebastián a usar sus potentes campanas, ayudadas por el eco de la colina próxima, cada 15 minutos bien de noche o de día. Cada cuarto de hora brinda a la audiencia dos campanadas -digamos- ligeras y rápidas, pero acumulativas, de tal forma que a la media hora da cuatro campanadas, a los 45 minutos da seis campanadas y a los 60 minutos da ocho campanadas más las de la hora en la que entremos, con la peculiaridad de que estas últimas campanadas sí son lentas, rotundas y penetrantes. Figúrense entonces qué espectáculo puede dar la Iglesia de San Sebastián a las seis de la mañana. Y a las cinco, y a las siete.

No es de extrañar que tuviera que esperar a dormir dentro del radio de acción de la Iglesia de San Sebastián para vivir una de las pocas experiencias de sonambulismo que recuerdo. En mitad de la noche, como venía pasando, las campanas empezaron con otro de sus muchos espectáculos sonoros, aunque no sabría concretar cuántas veces repicaron en aquel preciso instante. Lo que es indudable es que tuvieron la habilidad de colarse por la estrecha rendija de mis ensoñaciones y ello impulsó mi breve pero chocante actuación sonámbula, si bien es cierto que a día de hoy aún no podría jurar que realmente llegara a levantarme. Lo que creo que pasó es que me incorporé en el sofá-cama que ocupaba y, tras analizar un momento la situación y escuchar el campaneo, me puse de pie -en el suelo- y me aproximé a la ventana; una vez allí tuve que correr las cortinas, cosa que no recuerdo que hiciera, para tener la vista clara aunque lejana de la Iglesia de San Sebastián. Sorteado el obstáculo, al fin pude simular que sostenía un rifle de francotirador con el que apuntar al espigado tejado de la iglesia y, aunque sabía que no tenía el rifle de verdad, es decir, sabía que lo estaba simulando, la idea de matar a la Iglesia de San Sebastián rondaba intensamente por mi cabeza.

Eso fue todo. No sé cuánto tardaría en volver a acostarme si acaso me llegué a levantar, ni sé cómo lo hice si acaso lo hice. La noche siguiente comprobé la vista de la iglesia desde la ventana y no era tan clara como la proyectada en mi cabeza la noche del intento de asesinato, pero eso tampoco quiere decir que no llegara a levantarme, solo que quizá me valí del recuerdo de algún otro momento para ayudarme en la oscuridad.

Extraño en cualquier caso, ¿no?

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One Comment

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  1. plared / Oct 10 2012 4:55

    Mas que otra cosa…Preocupante

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