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1 octubre, 2012 / Jorge Gato

Una prisión hecha de costillas

Estoy seguro de que allá arriba, al otro lado de la masa nubosa que posee esta noche el cielo, las estrellas siguen empeñadas en brillar con esa fuerza extraña de los últimos días. No soy capaz de verlas, no están para mí ya, pero sé que continúan con su deslumbrante espectáculo. Todo lo que alcanzo a ver en cambio es el reflejo amarillento de las luces de la ciudad en el océano gris que fantasea con caerme encima. La tormenta acontecida ha dejado una noche fresca en medio de unos días asfixiantes, como un oasis cuya autenticidad aún no he podido contrastar pero cuyo alivio ya me alcanza. La ventana ha quedado abierta de par en par y las cortinas juntas a un lado; ha sido puro azar, pero ya no me voy a mover, si por mí fuera nunca más. Veo la marea gris con tonalidades naranjas avanzando en mi dirección, pasándome por encima de la cabeza, yéndose adonde no quiero estar. Permanezco tumbado porque una tonelada de metáfora sostiene mi pecho hundido en el sofá rojo; esa tonelada y casi media me retiene del mejor modo posible: me ha convencido de que cualquier movimiento que haga será para traicionarme a mí mismo, para descolocarme y para perderme. No tengo intención alguna de perderme, perdido ya he estado y lo volveré a estar, pero no todavía, no hasta que al menos esta noche haya pasado. La metáfora que me retiene ha cobrado forma de mujer por algunos momentos, otros es tan solo el fluir de lava solar que dibuja caminos serpenteantes en mi pecho; pero siempre tengo miedo, miedo de que la mujer se marche o miedo de que el magma se derrame y le prenda fuego a todo. Por eso no me muevo, por eso y porque no tengo prisa para perderme pues perdido estaré pronto.

Es en algún punto de la noche que la metáfora al fin se me revela como mujer, únicamente como mujer, y por fortuna no como mujer cualquiera, sino como ella. Entonces sí comprendo que no es una simple metáfora la que me pesa toneladas sobre el pecho, y menos mal; es toda la poesía que no se me ocurre pero que quisiera y debiera ocurrírseme la que me mantiene allí tumbado, inerte. Ella ha vestido de carne y hueso la brisa con la que apenas lograba acariciarme en un principio. Ahora se me hace casi real. Siento cierto consuelo al percibir que no solo una metáfora me retiene; desde que la metáfora devino en mujer y la mujer en poesía de carne y hueso soy quizá un poco más feliz. No solo un poco, soy muy feliz, tan feliz que intento rodearla con mis brazos y estrecharla contra mi pecho; pero entonces algo cambia.

Todo cambia. La marea gris se ha detenido, no estoy seguro de que las estrellas brillen ya. El reflejo amarillento de las luces de la ciudad también ha desaparecido, la oscuridad es plena. Se aligera la carga sobre mi pecho en medio de un terrible silencio, pero soy incapaz de ver qué pasa. La masa gris empieza a centellear con violencia, muy seguidamente, casi convirtiendo la noche en día y el día en noche, amaneciendo y anocheciendo en segundos alternos. Entonces veo que he sido incapaz de alzar mis brazos un solo centímetro y que ella en mi pecho ha comenzado a evaporarse, viajando de vuelta a su estado inicial. Temo que se me escape de nuevo. Sorprendentemente, la brisa que es poesía pero que, sobre todo, es ella, empieza a traspasarme la piel, a filtrarse dentro de mí a través de mi tórax. Pronto noto un frío antinatural en mis costillas, en el propio hueso de mis costillas, mientras de ella no queda rastro fuera. Tengo una sensación de rigidez extrema en mi pecho y también en mi espalda, como si las costillas se me hubieran vuelto de plomo y el tremendo peso de aquella metáfora ahora recayera directamente sobre todas y cada una de ellas. La metáfora y la mujer y la poesía son ahora plomo en mi organismo, ya no son culpables de mi agarrotamiento ni pesan sobre mí pues ahora el peso es todo mío, soy solo yo mi propia carga. De mis costillas ha hecho ella una prisión para mí, me ha secuestrado usándome de secuestrador y he sido incapaz de oponer una mínima resistencia. Admiro su habilidad para convertir la metáfora en ironía pues la prisión que tanto temía resulto ser yo mismo, aunque a través de ella. Y vuelvo a estar perdido.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. Antonio / Oct 1 2012 20:11

    Espero que en alguno de tus relatos todo acabe bien.

  2. Luis Irles / Oct 4 2012 18:17

    En mi bitácora le espera un pequeño obsequio en reconocimiento a sus magníficos textos. Pase cuando quiera.
    Saludos

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