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4 septiembre, 2012 / Jorge Gato

La pequeña tarde disfuncional

Uno no puede permanecer a salvo de la realidad eternamente. Esto lo descubrió Inocencio una tarde al azar en el sofá de su modesto comedor, donde le gustaba dejarse caer y ver pasar las horas hasta que la cama lo reclamara. Su vida por aquel entonces era tan normal como podía ser, con una rutina lo suficientemente soporífera como para sentirse parte del sistema que rechazaba por defecto a cualquiera que se negara a pasar por el aro del abatimiento establecido. Así que ante sus ojos discurría el show previsto para todos aquellos seres normales, con todas esas noticias apocalípticas que ya apenas lograban captar su atención, los desfiles televisados de gente adinerada haciendo toda clase de cosas a las que aspirar, los políticos paseando sus corbatas con una seriedad y un estilo difícilmente igualables…

Todo funcionaba de puta pena en realidad, todo se estaba yendo a la mierda. Pero el show seguía igual que siempre, con su velocidad de crucero adormeciendo y orientando perversamente a los seres normales que ansiaban poder formar parte de él algún día. No se daban cuenta de que ya eran parte del espectáculo, y quizá la parte más importante: sin ellos, el despliegue de luz y color diario por parte de aquel engranaje maquiavélico de proporciones bíblicas no tenía ningún sentido en absoluto. Pero el juego seguía y seguía sin que casi nadie se atreviera a apearse del carro de oro con ruedas de barro.

A Inocencio le dolió agudamente una zona un poco por encima de la nuca mientras estaba sentado en su sofá aquella tarde. Fueron tan solo unos segundos de padecimiento los que consiguieron arrancar alguna palabra malsonante de la boca de aquel pobre diablo. Un rato después de que el dolor desapareciese, Inocencio sintió que algo estaba muy distinto. Notaba que por momentos la puta pena lo invadía de pies a cabeza, y eso jamás le había ocurrido, ni siquiera cuando veía en las noticias a toda esa gente -más concretamente, cuerpos inertes, rozando el convertirse en maniquíes- pintando del rojo de sus entrañas las paredes derruidas de quién sabe qué lugares lejanos y poco amables del planeta, lugares a los que no irías a hacerte fotos para tu Facebook en cualquier caso. Y bueno, a Inocencio se le puso la boca pastosa, como rancia, y no entendía nada. Fue a por un trago a la cocina para purificarse los adentros y de paso intentar deshacerse de todo aquel súbito evento disfuncional que lo había distraído de su vida ordenada y escrupulosamente ajustada a los límites del sistema que tan infeliz lo había hecho pero que tanta felicidad le prometía para dentro de algún tiempo, tiempo lejano o quizá infinito.

El pobre Inocencio no pudo deshacerse como pretendía de aquella sensación repentina. Intentó reintegrarse a la desesperada en el show, encendiendo para ello la caja de luz y color y esperando encontrar alguna farsa intensa que lo adormeciera de nuevo. Pero ahora le parecía todo muy cutre, muy, muy cutre. Era todo tan cutre que le dolía el estómago y había roto a sudar como un cerdo. Era incapaz de encontrar un ápice de buen gusto en todo aquello, le sorprendía incluso haberlo podido encontrar alguna vez. Pensaba en cualquier cosa y la cutrez que le transmitía era tan jodida y tan honda que conseguía que le temblaran las piernas. Veía a esos políticos miserable y falsamente establecidos en la razón y le parecía que toda su actividad giraba en torno a una simulación estudiada y pobremente interpretada de seriedad y trascendencia. El desfile de gente elegante y encantadora haciendo cosas a las que aspirar se había convertido en menos de media hora en una pandilla de espantapájaros pretenciosos que suplían su rigidez con todo tipo de bufonadas poco económicas. Las noticias eran una simple enumeración de sucesos intolerables y corrosivos que habían dejado de importar por un problema básico de acumulación. Todo aquello daba bastante miedo desde su nueva óptica, pero sobre todo daba asco.

El temblor de piernas de Inocencio derivó en algún tipo de impulso animal que lo apremiaba a salir corriendo cuanto antes en cualquier dirección. El mundo que siempre le había parecido en orden ahora le impresionaba por su formidable y elemental cutrez.

No tardó mucho Inocencio en lograr apearse del carro de oro con ruedas de barro: aquello no era difícil en realidad, lo complicado era mantenerse fuera de él de ahí en adelante. Del otro lado, el gigantesco engranaje del sistema perpetuaba su labor de adormecimiento y encauzamiento cotidiana. Los encargados de su funcionamiento, si los había, guardaban un silencio sepulcral cada vez que se daba un caso de huido: centrar el foco de atención en aquellos liberados podía conducir a un colapso de su imperio por un aumento en los porcentajes del deseo de escapar de los demás seres normales. Sí se hacían eco, claro, de aquellos que habían fracasado en su intento de vida al margen de los mezquinos estándares inculcados a ritmo de convulsión epiléptica y que regresaban con el rabo entre las piernas, si acaso aún conservaban el aliento.

Inocencio nunca terminó de saber con seguridad si aquel mundo que se presentó ante él una pequeña tarde disfuncional cualquiera era el de verdad o solo una sombra de demencia que se le instaló en la cabeza para siempre. Quizá después de todo el mundo no fuera tan malo, pero él simplemente se desencajó y no supo ensamblar otra vez en el puzzle, como si donde antaño hubo una forma recta ahora le hubiera crecido un nuevo saliente lobulado. Todo ese mundo falso, mal actuado y mediocre que se le reveló tras el dolor agudo un poco más arriba de la nuca ya no podía volver a ser el suyo.

Inocencio sigue buscando y no sabe si encontrará. La búsqueda es excitante, también a ratos frustrante, pero aquí va a estar solo una vez. Solo una. Y eso no es mucho.

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