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1 septiembre, 2012 / Erik Macbean

Un tipo de Sanxenxo

Dícese que entre ellos se reconocen mientras el resto asistimos al espectáculo. Así fue como yo llegué hasta un joven gallego llamado Manuel Jabois: de la mano de un catalán llamado Enric González, que en un artículo publicado en la revista Jot Down le definió como la persona destinada a convertirse en “el mejor columnista de ahora, si no lo es ya”.

No tengo el gusto de decir que he estrechado la mano de Manuel Jabois -también llamado por gente más cercana ‘Jabato’ o ‘Manolo’-, aunque creo que me gustaría. De su vida conozco más bien poco: sé que es madridista, que picoteó de muchas carreras universitarias aunque tuvo la sensatez de no dedicarle demasiado tiempo a ninguna y que acaba de ser padre. Apenas nada. Sin embargo, es de esa clase de tipos que te caen bien. Porque sí. Porque te recuerda que algunas personas sí construyen su propio camino entre borrachera y borrachera, sea ésta literal o figurada. Que no terminan en una ambulancia de luces eternas, recibiendo compasión, ni tampoco en una cuneta, disfrutando de una sepultura en cualquier camposanto con vistas al mar antes de lo previsto. Que su talento les tiene reservado un horizonte algo más prometedor.

Sin embargo, y con todo, creo que Jabois está fuera de lugar. No es que él haya descubierto la pólvora; ya lo estuvieron antes otros como su tocayo Manuel Chaves Nogales (una de las plumas españolas más lúcidas del siglo anterior), por citar el mismo ejemplo que nuestro gallego utilizó hace no demasiado tiempo en una de sus columnas, y muchos otros. Es algo así como colgar El Grito, de Edvard Munch, frente al retrete. Al final terminas confundiendo la belleza que desprende la obra original con tu propia mueca dibujada mientras defecas.

Pero para qué voy a seguir explicándome si ustedes lo pueden ver con sus propios ojos. Sólo tienen que meterse en muchos de sus artículos y ver cómo, por ejemplo, una necrológica bellísima destinada a Neil Armstrong termina, en la sección de comentarios, convirtiéndose en un enfrentamiento entre los que creen que Armstrong no pisó jamás la Luna y los que creen que por supuesto que lo hizo, pasando por los que consideran que el montaje se montó, valga la redundancia, porque al bueno de Neil se le olvidó la Kodak en el Mare Humorum. Eso descontando la presencia de algún que otro despistado que nunca desarrolló esa faceta tan importante en las clases de Literatura llamada “lectura comprensiva”. El espectáculo es tan patético como grotesco. Ya digo, no es tanto la reacción en sí como la reacción ante ‘esa’ acción. Es como escupir a las estrellas: estúpidamente triste.

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