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1 agosto, 2012 / Jorge Gato

Posada Santa Elena

Este viento hijo de mil demonios no va a ponérnoslo fácil esta noche. La lluvia es fuerte pero a la lluvia me acostumbro rápido; con el barro al caballo le pesan más los cascos y las ruedas del remolque pierden agilidad, cierto, y es más probable resbalar en la piedra y despeñarnos por el acantilado que se abre imponente a la derecha del angosto y serpenteante camino, también cierto. Pero prefiero descarrilar y precipitarme hasta dar con mis huesos en el fondo del valle a soportar el azote de este viento infinito y de las decenas de cosas que me arroja a la cara con su extrema violencia. A Reno, que es caballo, no le gustan ni la lluvia ni el viento; ni arrastrar mi maltrecho carro de madera por estos terrenos escarpados y oscuros, terrenos donde la muerte en estas condiciones suele ganarle la partida a la vida. Seguro que a Reno ni siquiera le gusto yo. Pero Reno tira y tira, Reno sigue; no va a abandonarme aquí aunque le cueste la vida sacarme. Echaré de menos a este gris de manchas negras cuando haya partido, si acaso parte antes que yo, claro.

Temo que en cualquier momento las ruedas del remolque cedan. Si se sale la rueda izquierda no habrá mucho problema: volcaremos contra la roca y allí, algo resguardado por la pared que más arriba se nos convertirá en precipicio, intentaré colocarla de nuevo para continuar ascendiendo. Si es la derecha la que nos abandona, no volveremos a verla hasta que no hayamos llegado al fondo del valle: el carro volcará hacia la derecha y no encontrará suelo hasta quizá doscientos metros más abajo, lo que arrastrará a Reno hacia el precipicio y a mí con él. Si son las dos las que se salen, perderemos la derecha de todas formas, y deberemos esperar aquí, inmóviles, a merced de la noche, hasta que el temporal acabe con nosotros o acabe consigo mismo. Reno avanza cabeceando a izquierdas ajeno a mis cavilaciones e intentando obviar el barranco por el que casi patinan sus patas. También intentando protegerse del viento inmisericorde que le lanza kilos de agua al hocico. Es una mala noche, una mala de verdad, pero el camino es todo cuanto tenemos.

No sé si son tres o cuatro horas las que a Reno y a mí nos parecen años: esta noche hemos envejecido más de la cuenta. Aunque voy aturdido por el adormecimiento, me da la sensación de que al fin el camino llanea, lo que significa que nuestra entrada en Ralto se halla próxima. Cuando el sonido de los cascos de Reno vuelve a ser seco, intenso y seguro, entonces sé que lo hemos logrado, que las callejuelas empedradas de Ralto ya nos protegen del vendaval. Abandono mi letargo movido por el entusiasmo de haber sobrevivido a otro ascenso suicida, y efectivamente compruebo que la piedra de las viviendas soportan ahora por nosotros el viento. No la lluvia, que sigue cayendo para todos, pero a la lluvia me acostumbro rápido. Reno se maneja bien con el empedrado de las ceñidas travesías de Ralto, no así mi carro, cuyo traqueteo es aún mayor que en plena subida por aquellos caminos embarrados y minados con pedruscos. Por algunas de las calles las ruedas pasan rozando ambos lados, lo que hace que de vez en cuando tenga que apearme y rectificar su rumbo manualmente; Reno me mira de reojo y espera paciente, como si ya hubiera comprendido el ritual.

Los faroles amarillentos y las columnas de humo que arrojan las chimeneas de este pueblo perdido entre montañas me guían hasta la Posada Santa Elena. Nunca había tenido que hospedarme en esta aldea antes, solía ser tan solo un reposo entre subida y subida, pero esta noche se convertirá en mi refugio, en mi salvadora. La edificación de la posada luce robusta, tiene una altura de tres plantas y la piedra de la que está hecha escurre agua por sus cuatro costados. Guío a Reno unos cuantos metros más allá, detrás de la posada, y lo abandono en el establo tras liberarlo de las ataduras que lo mantenían todavía soldado al carro. Del carro saco algunas de mis cosas que tal vez necesite y dejo tal cual el resto, sin preocuparme demasiado por si amanecerán en el mismo sitio; arrastro el carro hasta un lateral del establo y lo dejo allí mientras le pido mil disculpas a Reno en silencio. Entro por fin a un lugar en el que ni el viento ni la lluvia pueden alcanzarme y tengo una extraña sensación de vacío, una especie de absolución que no sé si merezco. La estancia es de madera pero apenas se ve nada pues la oscuridad es casi plena. Unos metros más allá, a la derecha, aprecio el titileo de una llama solitaria a media altura; me acerco y, tras ella y el mostrador que la sostiene, un rostro hierático me recibe. El reflejo de la llama en sus lentes hace que no pueda distinguir si tiene los ojos cerrados o abiertos, por lo que dudo si decir algo. Finalmente un ‘buenas noches’ brota del rostro: es apenas un cuchicheo pero por poco logra asustarme. Quisiera hospedarme esta noche y quizá también la siguiente, le respondo al rostro para el cual no asocio cuerpo. Muy bien, me contesta con una media sonrisa inquietante. Acto seguido por fin emerge de detrás del mostrador un cuerpo de mujer entrada en años, que se gira y coge una llave de las que parece haber colgadas en la pared, aunque apenas puedo apreciarlo. Se gira de nuevo hacia mí con parsimonia y extiende el brazo sobre el mostrador, dejando caer una llave larga y quizá ligeramente oxidada al lado de la vela. Su habitación es la cuatro, suba por estas escaleras y a la derecha la encontrará; me dice todavía entre susurros. Gracias, le respondo al tiempo que agarro la llave. Oriento mis pasos en la dirección que me ha indicado la posadera y efectivamente encuentro unos cuantos peldaños que giran, un poco más arriba, hacia la izquierda; son apenas diez y los subo abandonándome a la intuición, pues no hay manera de ver nada. Cuando he conseguido dejarlos atrás, giro a la derecha y la primera puerta que sale a mi encuentro es la de mi habitación; entro, dejo caer mi equipaje, lanzo mi sombrero y mi gabardina, peleo un momento con mis botas y me digo adiós ya tendido en la cama, no muy seguro de ver amanecer otra vez.

El ruido de unas ruedas de madera a su paso por el empedrado del exterior me sobresalta. Corro hacia la ventana para comprobar si se trata de mi carro pero no, no lo es, quién querría llevarse consigo esas maderas a punto de deshacerse. Todavía están húmedas las calles, pero el sol brilla ya con fuerza y apenas una decena de pequeñas nubes blancas lo acompañan; el temporal ha cesado. Al volverme me percato de que es la primera vez que veo mi habitación: es modesta en espacio y en detalles, tiene un camastro que pinta peor de lo que es, una mesa con un jarrón lleno de flores sanas y un pequeño habitáculo ideado para la higiene personal y la evacuación de líquidos y sólidos por parte del huésped. No está nada mal. Accedo a ese habitáculo y, mientras me aseo un poco, recuerdo que he soñado cosas extrañas. Me viene a la cabeza la imagen de Reno parado en medio de uno de esos caminos sinuosos que habíamos escalado la noche anterior: está solo, refleja en su lomo la luz de la luna y la noche parece totalmente apacible, aunque de su hocico brota un vaho delator de bajas temperaturas; no se mueve y mira fijamente hacia mí, transmitiendo una sensación de profunda desorientación. Es una imagen que se prolonga en el tiempo, como si hubiera permanecido fija en mi cabeza al menos la mitad de la noche. La inquietud por el sueño deja paso a la inquietud por la realidad, ya que recuerdo que no informé de la llegada de Reno junto a mí y temo que lo hayan echado o no lo hayan alimentado. Me visto rápidamente y bajo hasta el establo, donde Reno me espera exultante, recién lavado y lleno de energía. Ahora que esa preocupación me abandona, es hora de averiguar qué queda en mi remolque. Salgo del establo y tuerzo a la derecha, donde compruebo que mi madera sigue tal como la dejé aunque vacía por completo. Maldigo mi suerte mientras me doy cuenta del maravilloso paisaje que se despliega ante mí: la posada y el establo están en un alto, de tal forma que a mis pies brota un valle rico en verdes atravesado por un río vigoroso y bien alimentado por las lluvias recientes. Más allá se erige imponente una de las montañas que rodean por completo al pueblo de Ralto. Jamás antes había reparado en la extrema belleza de estos parajes tanto como ahora. Abrumado, decido que, ya que tengo reservada una noche más en la posada, será inteligente por mi parte disfrutar de la aldea y sus alrededores en lo que resta de día. Vuelvo a entrar en Santa Elena para vestirme más adecuadamente según el plan que acabo de definir y, a mi paso por la vela, un susurro parece reclamarme. Al girarme hacia el mostrador vuelvo a encontrar el rostro hierático en la misma posición exactamente, aunque mejor iluminado por la cantidad ingente de luz que entra por las ventanas de la estancia; no obstante, la vela continúa encendida. Señor…, empieza el susurro otra vez. Vasar, debo decir para interrumpir un rato de silencio que ya había perdido el sentido. Señor Vasar, nos hemos tomado la libertad de guardar las cosas que dejó anoche en su carro, además de asear y alimentar a su caballo el cual, debe usted saber, estaba en muy malas condiciones al llegar; me reprendían las lentes. Lo sé, fue una noche muy dura para los dos; intentaba justificarme. Bueno, no se preocupe, Esteban ya ha reconducido la situación y ahora le pediré que suba sus pertenencias a la cuatro; me decía sin ni siquiera cambiar el gesto. Muchas gracias, yo voy a dar una vuelta por esta villa tan hermosa que tienen ustedes; se me ocurre por todo cumplido.

Tras subir y cambiarme de ropa, salgo de la posada Santa Elena para redescubrir esta aldea tantas veces antes pisada y tan poco disfrutada. Camino por sus calles en eterna puja por ser la más estrecha o la más empinada, y no sé a cuál adjudicar el trofeo de vencedora. Lo bueno es que no puedes andar más de cinco minutos por ninguna sin salirte del pueblo y encontrarte con un salto al valle a tus pies y con una montaña gigantesca al otro lado. Es realmente un sitio extraordinario, por mucho que puedas dejarte la vida cada vez que intentes llegar hasta él.

Me canso rápido por los excesos de la última noche, así que vuelvo a perderme en el empedrado de las callejuelas de Ralto con la intención de llegar al establecimiento adjunto a la posada, el Mesón Santa Elena. Entro distraído y me siento en la primera mesa que encuentro libre. Es entonces cuando una mujer joven me saca del abatimiento en el que por un momento había caído: ¿qué querrá tomar?, me pregunta su voz dulce. Pido cualquier cosa y la veo marchar tras una sonrisa que se queda atrapada en el aire, ante mí, por un instante. Me vuelvo curioso de repente, empiezo a observar el entorno: un espacio amplio y austero poblado de mesas y sillas de una madera antigua mal tratada; ocupándolas hay en su mayoría hombres, hombres que jamás miran a lo que comen o a lo que beben, hombres que parecen haber aprendido a mirar tan solo al frente. Miro al frente y empiezo a quedar cautivo yo también. Allá al fondo, delante y detrás de la barra, las dos hermanas que regentan el mesón despliegan toda su singular belleza. No hay nada verdaderamente espectacular, la ceremonia se corresponde con el ajetreo normal de un mesón de aldea y las hermanas no desprenden una hermosura arrebatadora, tampoco lo contrario, pero hay algo que se nos escapa y que nos deja enganchados, condenados a verlas ir y venir sin darse importancia pero plenamente conscientes de su absoluto dominio sobre nuestras voluntades. Así transcurre la comida: sin saber lo que como ni lo que bebo, sin saber por qué ya no puedo abandonar el vaivén de esa mesonera que ha empezado a calarme los huesos. Me voy sin saber cuándo, por qué o adónde. Paso las primeras horas de temprana oscuridad fuera de la posada, mirando a Reno comer en paz, ajeno a que mañana tendrá que volver a cargar con la madera de mi remolque. Poco más tarde entro en la posada y me dirijo a la cuatro, saludo cordial a la vela mediante. Intento dormir pero no duermo. La mesonera viene y viene a mi cabeza, y nunca se va. Pienso que es por estar encajonado entre montañas, que no puedo librarme de ese pensamiento en bucle porque rebota siempre en alguno de los cuatro muros que retienen a Ralto en este lugar y en ningún otro. Ese desasosiego punzante que se produce entre la vigilia y el sueño me convence de que la montaña me quiere volver loco y de que lo va a conseguir. La mesonera viene y viene, y solo viene.

Despierto aun creyendo no haberme dormido. La mesonera sigue ante mí, pero ahora no es un impedimento para nada, es un reclamo que tira de mí tan fuerte que ya sé que no partiré con Reno a primera hora como era mi intención, sino que deberé pasar por el mesón de nuevo a desayunar o comer o lo que sea, si da igual, seré incapaz de verlo en cualquier caso. Me aseo y visto con esmero antes de despeñarme por los diez escalones en dirección al mesón. Entro y me siento, como ayer. Y como ayer sigue el espectáculo sobrio de las mesoneras atendiendo con destreza a la clientela, sin concesión alguna a la familiaridad o la cercanía; atienden con una cortesía parca en matices, casi deshumanizada. Allí seguimos los mismos u otros nuevos, pero con la vista al frente, atrapados por el embrujo de las hermanas de Santa Elena y de las montañas que tan presos nos mantienen. Como sin saber lo que como y bebo sin saber lo que bebo. La mesonera no me ha hecho ni un solo gesto que no le haya hecho a todos los demás, y ninguno de esos gestos exceden el límite del estricto desempeño de su labor, pero estoy enamorado de ella. No ha hecho nada, su belleza no es deslumbrante, ni siquiera ha sido simpática, pero estoy enamorado de ella sin remisión. Por desgracia no me queda más tiempo aquí, y con todo el dolor de mi corazón me marcho del mesón, de la posada y del establo. Reno vuelve a cargar con las maderas y conmigo, aunque esta vez peso menos. Siento que Ralto me arranca media alma antes de abandonarlo: quizá sea el peaje acostumbrado.

Reno y yo seguimos subiendo y avanzando hasta librarnos al fin del cerco de montañas. Creí que el extraño embrujo de la mesonera me abandonaría al salir yo de tan natural encarcelamiento, pero no ocurre así. La mesonera sigue en mi camino, viniendo y viniendo para nunca irse. Intento convencerme de que este amor es apenas un sueño de dos días, casi inapreciable; no me sirve de nada. Trato entonces de hacerme ver que las hermanas son tan solo una maldición concebida para condenar a nuestras almas a vagar malheridas tras experimentar toda la crudeza del amor irrealizable; no me libera de ninguna carga. Y si tal vez son dos ángeles que compensan a todo aquel que casi halla la muerte agarrado a la crin de su caballo, pero que jamás podrán ser abarcadas por los brazos de un simple mortal… No hay descanso para mí.

Pienso en dar la vuelta, en soltar el remolque y hacer galopar a Reno cuesta abajo hasta la puerta misma del mesón para entonces irrumpir en el establecimiento y encarar la situación como un hombre de verdad lo haría. Coger las riendas y lanzarme a por ella bien sea sueño, maldición o deidad. Pero sé que no lo voy a hacer. Entonces me acuerdo del viento, ese viento que tan mal me lo ha hecho pasar y que tanta reparación me debe. Y en mitad de esta vorágine de pensamientos alterados decido escribirle una nota a la mesonera para que el viento decida, para que el viento la arrastre hasta su puerta o la pierda en las montañas junto con la mitad de mi alma. Le escribo:

No hay árbol que el viento no haya azotado ni hombre al que tú, mesonera, no hayas enamorado. Volveré a ti tanto como tú vuelves a mí, tan pronto como quieras.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Marien Lopez Fdez. / Ago 18 2012 12:11

    Me ha encantado tu relato, acabo de descubriros y me he hecho vuestra seguidora, gracias por dejarme leerlo.

    • Jorge Gato / Sep 21 2012 23:20

      No alcanzo a comprender por qué no había respondido a este comentario tan agradable. Siéntase bienvenida y disfrute cuanto pueda de todos estos y otros disparates que a mi compañero y a mí se nos ocurren.
      Un abrazo.

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