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23 julio, 2012 / Jorge Gato

Solitario George

Nunca hubo en la mirada de George una pasión desbocada por sus semejantes. Muy al contrario, su centenaria vida sirvió para irlo decantando poco a poco hacia ese otro lado a menudo sombrío, arduo e intransitable para tantos: el de los abandonados de la mano de Dios, el de los solitarios. Tanto logró apartarse en cambio el bueno de George que acabó por obrar el milagro, por trascender las posibilidades inherentes a su propia vida y por triunfar a base de no hacer lo que se esperaba de él. George, sin proponérselo, es ahora la leyenda que nos recuerda que hasta las fronteras más lejanas pueden atravesarse sin ninguna prisa, sin apenas darse importancia por ello, y que solo hacen falta perseverancia y algo de buena suerte para poderse construir a uno mismo tal y como uno mismo desea ser.

Pocos solitarios logran alcanzar un rango superior al de solitarios, y pocos lo ansían en realidad. George fue uno de esos elegidos que alguna vez obtuvieron reconocimiento por sus andares esquivos y por la desconfianza perenne en su semblante. No obstante, no todo fueron alfombras rojas tendidas a sus pies; él también fue víctima de maquinaciones fatales, de intentos desesperados por alterar las huellas de su camino. En efecto hubo un tiempo en que el bueno de George fue tentado premeditada e incesantemente con la impoluta manzana del pecado: todos los días durante quince años permaneció a su alcance, y todos los días menos uno resistió su encanto. Todos menos uno. Uno en el que George se vio sin fuerzas para detenerse pero con fuerzas para cabalgar, para trepar aquellos caparazones cautivadores que habían intentado volverlo loco durante tanto tiempo y desarmarlos a base de caderazos lunáticos y vengativos. Así lo hizo, así procedió George en el único guiño al instinto que se le recuerda. Celebraron los heresiarcas su triunfo, pero el destino ya había preparado la absolución de George: de su semilla no pudo brotar flor alguna.

George no comprendió entonces que aquellos conspiradores lo apreciaban tanto que solo intentaban buscarle un relevo para que, una vez su centenaria vida concluyese, ellos pudieran seguir gozando de una parte de él, de sus genes, de sus peculiaridades. No lo comprendió, no. Y aprendió de su error pues, aunque otras manzanas fueron introducidas -a conciencia- en su saco, jamás volvió a probar una.

Así le fueron cayendo los últimos años encima al bueno de George: fiel a sus principios, entregado por completo a su perfil más anacoreta. Él ya había decidido en realidad, mucho tiempo atrás, quién era y qué haría en el largo tiempo que le fue concedido; y tuvo la suerte de que un día, un solo día, no derruyese todo lo que había construido no sé bien si con esfuerzo o sacrificio, pero que en cualquier caso habría dado al traste con la espectacularidad de la pureza en su comportamiento.

Un 24 de junio la mirada de George se apagó para siempre. Dicen que la Muerte le trajo sed pero no tiempo para apagarla, así que camino del bebedero, tan solo como casi siempre, se extinguió el último ejemplar de dos especies: de la Chelonoidis abingdoni y de los llaneros solitarios.

Descanse en paz, Solitario George.

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