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16 julio, 2012 / Jorge Gato

Del silencio creciente

Quizá uno espera que lo primero que desaparecerá será lo más evidente, lo que no requiere de un esfuerzo consciente para ser percibido; pero no siempre ocurre así, no, desde luego que no. A veces es tan sutil el cambio que no deja que te des cuenta, y por supuesto no lo haces hasta que ya es muy tarde, tan tarde que asusta, tanto susto que paraliza, y tal es la parálisis que la reacción que necesitarías no llegará hasta más tarde, muy tarde, tan tarde que asusta y el susto, claro, paraliza. No obstante hay que intentarlo, hay que tratar de reaccionar a toda costa, aunque no de cualquier modo. No puedes permitir que este silencio se imponga, ni que crezca, ni que anide en ti.

Puede parecer absurda la tragedia a ojos del necio. Para él será fácil pensar que aquello no alcanza siquiera el rango de molestia o inconveniente, pero él jamás se percatará de todas las cosas que lo han abandonado para no volver, de tal modo que está expuesto. Expuesto a los caprichos del silencio rígido y opaco, de ese silencio que no llega desplazando al sonido sino ocultándolo, conservándolo intacto pero tan profundo que apenas concede un eco lejano y miserable al pobre diablo que aún no sabe que se le escapa la vida. Porque una vida, además de un bloque tosco cuya máxima comprobación se produce al inhalar, es también una gama de matices que moldean ese descomunal pedrusco y lo dotan de encanto, de singularidades, de emoción. Si esos matices van desapareciendo sin que seas capaz de advertirlo o revertirlo, entonces la piedra es cada vez más piedra, más dura, más impenetrable; y cuando el bloque deja de ser maleable entonces ya a la piedra solo le queda resquebrajarse, romperse y venirse abajo, volverse polvo.

Vino a mí, te advierto, el silencio sin hostilidades -el silencio nunca es hostil en apariencia-, despacio para no alarmar consciencias ni levantar sospechas. Y comenzó a asentarse con la misma parsimonia que llegó, construyendo su Imperio a base de robarme sonidos y ofrecerse en su lugar. Tal es la habilidad del silencio que apenas sí notas que lleva ya algún tiempo robándote vida, y más vale que te des cuenta pronto, pues para desterrarlo requerirás de una concentración inquebrantable. Merece la pena el esfuerzo, seguro, porque este silencio acabará por robarte las risas y los llantos, las voces con sus susurros, el bisbiseo del mar… Te acostumbra a dejar de escuchar cosas y hasta te parece normal que ya las cosas jamás te digan nada. Pero no, no es normal, ni sano.

Puede que hoy todavía no sea el momento de presentarle batalla al Imperio que se está levantando en ti y contra ti. Puede incluso que no te moleste, que el silencio te resulte agradable. Pero harías mal en confundir este silencio tejido a costa de ti con otro elegido o impuesto, con otro que siempre desplaza al sonido a un lugar del que sabe volver en vez de sepultarlo quizá para siempre. Así que no tardes en despertarte y comprobar que aún conservas el oído. Sí, ya sé, oyes; oyes cuando te hablan o el ruido del tráfico, oyes tu alarma y tu puerta cerrarse. Pero no harías mal si probaras a escuchar el delicado roce con tus sábanas, o a las gotas que resbalan por tu cuerpo impactar contra el suelo una vez acabes de ducharte. No sé si sigues escuchando al agua cuando cae en tu vaso o al vino cuando llena tu copa, o la fricción de tus uñas con tu piel al rascarte, o a las yemas de tus dedos susurrarle caricias a una piel ajena. Me alegraría saber que no has perdido la percepción de tus calcetines en contacto con el suelo, ni la del aire al abrirse paso entre las hojas de un árbol, ni el de las hojas de un libro al vencerse a un lado o a otro. Me alegraría, sí, porque entonces de verdad el silencio no ha empezado a enterrarte, y por eso no tendrás mayor problema en, un día de estos, reencontrarte con el sonido de tu respiración pausada y serena. Podrás constatar dos cosas en ese momento: que la vida en bloque sigue bien arraigada y que el bloque de tu vida es aún modelable, ágil, y podrá continuar asimilando todos los cambios que en él se deban producir.

Que la piedra sea piedra, pero no tanto.

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One Comment

Dejar un comentario
  1. eva / Ago 19 2012 22:43

    Sigamos siendo piedritas desgastadas por el mar. Al menos, siempre nos quedará su murmullo en nuestro interior, cual concha de ermitaño 🙂

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