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3 julio, 2012 / Jorge Gato

Radios. Bosque. Barranco.

Lo intento y juro que lo intento, pero el intento es siempre en vano y van quedando paradas las palabras, como cortadas por un barranco blanco que impide su reencuentro o su huida, que las priva de su sentido y de su armonía. Y ahora descubro que quizá empleé mal el tiempo, que aquellas palabras no sortearon el barranco porque no estaban preparadas para hacerlo, porque no eran suficientes, suficientes en cantidad o en sentido, suficientes en cualidades o propósito. Intenté y aún intento, mas ahora consigo. No era anquilosamiento en las extremidades sino desatino intracraneal, desorientación. No es que aquellos dos difuntos no merezcan su esquela, es que no era el momento propicio para confeccionarla a su medida, a su altura; para ello necesito más tela y la tela vendrá tarde o temprano. No hasta ahora, desde luego, pero la tendrán; el homenaje es únicamente aplazable, imposible de cancelar.

Es solo que todavía no encuentro el habitual cobijo del espeso ramaje, allí donde se sostienen las oscuridades que tiñen de negro cada barranco o cada abismo. Sin esas tinieblas huyen de mí las sonrisas a destiempo, los extraños pasajeros e incluso los sonidos que ya no se escuchan. No me daba cuenta de que no es el momento. No estoy en ese bosque pero sin duda, o eso espero, volveré a estarlo. Mas hasta que pueda caminar de nuevo por el manto de hojas amarillas, debo entender que ahora son los radios incrustados en las dos ruedas los que me ciegan con su destello, los que me ordenan rendir homenaje a los cabellos rubios ondulados que me devuelven el saludo con tanta ternura y contención como con la que fue lanzado. Son tan solo dos segundos de una vida, pero tienen el sabor inconfundible de la felicidad permanente, del cuento de hadas que intentaríamos alargar si acaso no estuviéramos advertidos de su inminente e irrevocable desvanecimiento. Sí… Tan solo dos segundos, pero qué dos segundos.

Ahora compruebo que para mis sombras es mejor la oscuridad, pese a que las demás requieran de luz para existir. Quizá mis ojos no estén preparados para tanta luz, o sí lo estén pero sigan prefiriendo la tenebrosidad; en cualquier caso es curioso que añoren tanto volver a ver la cara oculta de la Luna, la que parece no brillar, la portadora de la eterna negrura, donde no hay oxígeno que conceda una pausa.

Quizá si vuelvo a los senderos de la madera seca y el gato me araña o la tortuga me muerde ustedes sean capaces de entender algo en mi próxima publicación. Hasta entonces seré esclavo de esta intensa luz que ha adocenado mi caudal, y que a ustedes y a todos nos tiene tan perdidos.

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2 comentarios

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  1. Gontzon / Jul 4 2012 19:58

    ¿Mande?

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