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18 junio, 2012 / Jorge Gato

El beso que nos abrasó

Buscola Inocencio hasta dar con ella. Otra vez, pero distinto. Sabía de antes que poco se puede hacer cuando dos personas coexisten pero no cohabitan. Súpolo, sí, sin sombra de duda, aconsejado bien por amigos duchos en teorías aunque poco en prácticas; mas los amores fugaces te convencen de ser eternos, y en esas se vio Inocencio que no desfalleció hasta alcanzarla.

Alcanzola entonces y creyó que tratábase de placer compartido. Tras una tarde de velados halagos y timoratos impulsos, valiose Inocencio de las sugerencias de la fémina para rondar sus labios con cierta indecisión y algo de temor divino. Mucho peso a su espalda pero tierno roce el acontecido.

Silencio de allí en adelante, Inocencio sorprendido. ¿En qué pude errar?, preguntábase a menudo. Demasiadas teorías circularon aquellos próximos días ante sus ojos, ninguna capaz de calmar su incertidumbre pues ninguna brotó de la evangélica garganta.

Dejó pasar tiempo hasta volver a buscarla. Otra vez, pero distinto. Solo quiso saber. Pueril y estúpida aquella última intervención conocida de la bíblica dama que, aun sin el acertijo resolver, suficiente para descenderse de los cielos y liberar al entregado cortejador fue.

El beso, se dijo Inocencio, nos abrasó. Y ni la mejor celestina, por tozuda que sea, podrá brotar de estas cenizas un nuevo amor.

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