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4 junio, 2012 / Erik Macbean

Caricaturas

Cada vez soy más consciente de lo mucho que las despedidas aportan al retrato de una persona. Depende del tono utilizado, de la longitud seleccionada, de la mirada (si la hubiese) esgrimida y de las palabras escogidas, se dibuja la caricatura. En realidad es una putada de cierto calibre; te descubres ante muchos según te estás largando. Si la conclusión no es digna de aplauso, todo en orden. Pero ¿y si es al revés? Ah, entonces estás jodido. Podrías estar diciéndole adiós a la mujer de tu vida y tú sin saberlo. Qué cuadro.

Recientemente he podido asistir a dos despedidas. No me gustaría dármelas de listo, porque todavía no tengo carrera universitaria, pero debo decir que, en ambos casos, la caricatura que he dibujado ha confirmado la imagen que ya tenía de ambas personas. ¿Ha supuesto esto un alivio? Mi egocentrismo se ha visto mimado, eso es innegable. Pero, siendo honestos, me entristece que ninguno de los dos haya sido capaz de sorprenderme. Una para bien y otro para mal. Imposible; ella ha demostrado ser la idiota que imaginaba y él alguien que merece un profundo respeto siempre que se le ocurra abrir la boca. A veces exaspera ser tan intuitivo, créanme.

Y hablando de fe, les confieso que desconozco el por qué de este escrito. Sí que quería escribir hoy, y tenía varias ideas en mente: prima de riesgo, la confianza en las personas cercanas y una tercera que ahora no me viene a la cabeza. Bien pensado, esas dos que he mencionado están relacionadas. No obstante, los dedos le han susurrado al teclado que vaya por otros derroteros. Y aquí estamos, soltando esta clase de cosas en nuestro segundo aniversario. Casi me veo en la obligación de ofrecer disculpas, vaya.

Por cierto, he asistido a la Feria del Libro de Madrid. Normalmente le dedico un par de días por edición, pero esta vez apenas he invertido -¡qué palabra!- una hora de mi tiempo a pasear por el lugar. Sin embargo, la suerte me ha sonreído. Resulta que conforme pasaba por delante de la caseta que ha montado la Fundación Federico Engels he sido testigo de un enfrentamiento ideológico entre dos personas de una misma ideología. Claro, hablo de trotskistas –“El trotsko es un lobo para el trotsko”, que diría cierto amigo mío parafraseando a Hobbes- y de cómo uno decía que El Estado y la revolución es un libro eterno en materia de aprendizaje positivo mientras que el otro puntualizaba que no todo el aprendizaje obtenido de segundas y terceras lecturas viste de conclusiones partidarias de la causa. Tras el cruce de floretes han dejado de hablarse y hasta de mirarse. Es casi paradójico, pero los trotskistas sólo me divierten cuando se zurran entre ellos. Si tratas de interactuar de frente con un espécimen de estos te darán por el culo, pues son impermeables a la ironía y al sarcasmo. Gente aburridísima, de verdad.

Ya que estamos en crisis también me gustaría compartir con ustedes otra confirmación reciente: tener 24 años, vivir en una zona lujosa de París y ganar del orden de los 5.000 euros mensuales no es sinónimo de felicidad. En serio. Siempre sospeché que el colega no estaba muy contento con su vida, pero el viernes pasado, mientras le observaba desenvolverse en una discoteca, supe que las cosas no le deben de ir muy bien más allá de los ceros que pueda atesorar su cuenta corriente (abierta en un banco alemán, por supuesto). Me imagino que las miradas que le eché desprendían cierta tristeza, pues me invitó a dos copas.

Un momento, ahorita regreso.

Vale, ya estoy de vuelta.

Es que he tenido que desplazarme hasta la cocina, donde me he bebido un vaso de leche que me ha sabido a gloria. Mientras, he hojeado un periódico. Mi mala suerte me ha llevado a aterrizar sobre un artículo en el que un representante de la industria de Hollywood comenta que ya nadie va a acudir a las películas de John Travolta después de que hayan salido a la luz unas fotos del año 1997 en las que se puede ver al actor disfrazado de mujer, y todo ello a las dos semanas de que varios masajistas le hayan acusado de acoso sexual. Este representante bien podría compararse a los ilustrados -no me sean trotskistas- que niegan el talento encerrado en la pluma de Louis-Ferdinand Céline porque el tipo colaboró con los nazis en su día. Perdiéndose, por el camino, reflexiones como la que sigue: “No hay vanidad inteligente. Es un instinto. Tampoco hay hombre que no sea ante todo vanidoso. El papel de panoli admirativo es prácticamente el único en que se toleran con algo de gusto los humanos”. Digo, ya que estábamos hablando de caricaturas y de gente idiota. Pues eso.

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