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31 mayo, 2012 / Jorge Gato

Si lo hubiera sabido

Jamás imaginé que sería posible recordar una noche de verano sin recordar ni noche, ni estrellas, ni verano. Es extraño pararme a pensar y descubrir que cuanto recuerdo es el vuelo lánguido de tu vestido rojo guiándome por aquel interminable pasillo de hotel, y tu risa y tus susurros y tu dedo censurando tus labios para mandarme callar aunque yo no hiciera ningún ruido. En realidad el ruido lo hacías todo tú y ese era todo el ruido que yo podía desear para aquella noche de verano que ya no sé si recuerdo bien, pero que me mantenía mudo y fascinado con tu derroche de elegancia cotidiana a tan altas horas de la madrugada en un hotel que era cualquiera. Caminabas descalza sobre el enmoquetado azul oscuro y yo hacía rato que cargaba con los zapatos de tacón que habías lanzado metros atrás con una naturalidad sublime. El nudo de mi fina corbata negra lucía ya a media asta y solo un voluntarioso pico de mi camisa permanecía aún por dentro del pantalón, a pesar de que poco importe cómo fuera el figurante si en realidad casi ni yo mismo me di cuenta de estar allí.

Recuerdo una noche de verano aunque apenas recuerdo si ya había noche, estrellas o verano. Lo que es seguro es que te detuviste descalza en la oscura puerta de tu habitación, al lado del 410 de neón azul que casi alumbraba más que los focos que debían alumbrarnos. Te volviste hacia mí y me sostuviste la mirada. Fue entonces cuando el silencio que pretendías llegó tan rápido que casi logró asustarnos, por más que fuera imposible que yo me asustara más de lo que ya estaba nadando perdido en la intensa oscuridad de tus iris. Con un gesto que yo no hice doblé el codo y subí el antebrazo para devolverte tus zapatos; fue en ese momento y no en otro cuando me dí cuenta de lo prohibido que estaba que tirara tus zapatos al suelo y te agarrara por el brazo para arrastrarte hacia mí y liberarme del peso de la indecisión y de lo prohibido y del silencio que solo eran fantasmas en mitad de aquella noche estúpida de verano. Extendiste tu brazo y agarraste tus zapatos sin intentar evitarme el castigo de sentir el roce de tu piel, y me castigaste a conciencia no retirando inmediatamente tu mano con los zapatos asidos sino prolongando una postura extraña y un contacto que te recorrió medio cuerpo y culminó en la sonrisa que ni pudiste ni quisiste esconder. Desde entonces aquella mirada me tiene secuestrado, vivo en ella, y soy incapaz de soltar tus zapatos y dejarte marchar con ellos. Si hubiera sabido entonces, aunque lo supe, que aquella sonrisa había desvanecido todos los fantasmas y que no reclamabas solo los zapatos sino también al espantapájaros que los sostenía, jamás hubiera dejado que aquella puerta se cerrara delante de mí y no a mi espalda.

Recuerdo una noche de verano y quizá sepa por qué allí seguía sin haber noche, estrellas o verano. Es porque allí solo queda una puerta, una que permanecerá eternamente cerrada.

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4 comentarios

Dejar un comentario
  1. Concha Huerta / Jun 2 2012 16:07

    Desde entonces aquella mirada me tiene secuestrado,que bien resume el texto. me encantó. Un saludo

    • krknose / Jun 3 2012 13:41

      Uno nunca sabe dónde quedará encerrado para siempre… Gracias por su acostumbrada visita, un saludo.

  2. La Rizos / Jun 3 2012 12:04

    Me ha encantado. Escrito con una elocuencia deliciosa, deja un regustillo agridulce en los labios.
    Aunque a mí no me gusten nada las noches de verano sin noche, estrellas o verano.

    • krknose / Jun 3 2012 13:44

      Es a menudo característica de las noches sin noche el ser agridulces. Le deseo noches con noche, y con estrellas, y con verano.

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