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16 mayo, 2012 / Erik Macbean

¿Puedo preguntar por qué?

Hace muchos años tuve un profesor de Filosofía que accedió a darme clases particulares. De aquellas lecciones apenas recuerdo un par de curiosidades: que David Hume me cae bien y que la pregunta más simple que puede hacerse -“¿por qué?”- es normalmente, también, la más complicada de hacer. Porque implica tragarse el orgullo torero y hacer gala de cierta humildad real; asumir que uno no tiene mucha idea de lo que habla, por lo que invita al resto a esclarecer sus lagunas. A veces merece la pena intentarlo.

Aquel profesor de Filosofía me ha venido a la mente a raíz de la conversación que tuve no hace mucho con una chica. A continuación les presento un resumen del intercambio de impresiones acontecido. Todo empezó bien, con normalidad:

Ella se empeñaba en que el partido griego Amanecer Dorado debería aterrorizarnos a todos y yo simplemente traté de calmar sus miedos asegurando que los resultados electorales de esta formación política de tinte neonazi no deberían ser tomados como un referente de nada. Para explicar por qué afirmaba lo que estaba afirmando comenté que la realidad social de Grecia no me es del todo desconocida y, para dotar de mayor fiabilidad mi argumentación, añadí que conozco a algún amigo que ha concedido su voto a estos tipos.

Entonces algo se empieza a torcer:

Ella, supongo que espoleada por impulsos nobles, comenzó a achacarme las amistades que yo frecuento a juzgar por ese comentario, aunque quiso matizar que no pretendía ofenderme. Yo contesté, aclarando previamente que tampoco pretendía enfadar a nadie, diciendo que si ella no conocía de nada a esas amistades sería aconsejable por su parte hacer gala de una mayor prudencia a la hora de realizar valoraciones en esa dirección. Ella, visiblemente ofendida muy a mi pesar, desmintió que hubiese valorado nada y aclaró que simplemente no podía tener respeto por alguien que defendiese a personas que votan a partidos neonazis, por muy amigos que éstos fuesen de uno.

Era obvio que esta muchacha me estaba cogiendo asco gracias a una persona -mi amigo- que desconocía por completo. Pero no acaba ahí la cosa. La conversación empeora aún más:

Sin salir de mi estupor, intento revisar en qué momento he defendido a esas amistades por depositar su voto en un partido que profesa la fe neonazi. Y como no encuentro el episodio, pregunto que de dónde saca esa información. Añado la coletilla de que no es lo mismo comprender que justificar o defender. Llegados a este punto, lo que sigue es morralla sin ningún tipo de interés para este artículo. Poco después ella decide retirarme la palabra sin explicarme en ningún momento qué le ha llevado a tomar una decisión tan dramática.

Ahora sí: se acabó lo que se daba. Sin final feliz ni nada que se le parezca, a pesar de la bella expresión democrática que durante algunos minutos ambos nos dedicamos a ejemplificar. De todos modos, reproducir aquí este caso concreto de falta de entendimiento no busca nada más que exponer una reflexión general. La estructuro a continuación:

Esta chica plantea una duda en voz alta sobre un tema que yo, por varios motivos, conozco más o menos bien. Yo trato de aclarar su duda y al mismo tiempo intento armar de credibilidad mi argumento explicando de qué conozco ese asunto concreto. Entonces, la interpelada lejos de aceptar mi invitación para que pueda sustraerme el conocimiento que digo poseer sobre la cuestión que le preocupa, se lanza de forma temeraria a emitir juicios de valor sobre una realidad que desconoce por completo.

Si esta chica hubiese preguntado por esa amistad supuestamente neonazi a raíz de la cual derivó su intransigencia, yo hubiese podido contestar que ese amigo mío es un votante tradicional del partido conservador Nueva Democracia (el equivalente al Partido Popular en España, para entendernos) pero que, tras más de doce meses sin cobrar su sueldo como funcionario público en el ayuntamiento de una localidad griega, ha decidido culpar a Europa de su poca fortuna y por eso ha actuado en consecuencia: ejerciendo su derecho al voto para castigar a Nueva Democracia por apoyar la intervención extranjera en el país. Ese castigo se traduce en una papeleta más entre las decenas de miles que acabaron en la urna de Amanecer Dorado -que pasó de obtener un 0,2% de los votos en 2009 a obtener el 6,97% hace semana y media-, porque la otra alternativa conservadora es un partido, Griegos Independientes, que responde a su vez a una escisión de Nueva Democracia.

Simplificando: que un conservador griego realmente cabreado con la gente de Nueva Democracia no va a votar a ésta ni tampoco a los que ahora forman la escisión (Griegos Independientes). Ni mucho menos votará a los partidos radicales de izquierda, pues va contra su postura ideológica. Realizando esta ecuación encontramos la explicación lógica de por qué mi amigo, y otros muchos griegos, decidieron votar a los tipos de Amanecer Dorado el pasado 6 de mayo. Es un voto a todas luces -salvo que los encargados de ese partido cambien mucho, así como las circunstancias del país empeoren radicalmente- esporádico y puntual. De ahí que yo argumentase, volviendo al inicio de la conversación con esta chica, que el reciente resultado electoral de esta formación no tiene pinta de volver a repetirse y, por tanto, su temor al respecto no tenga demasiado sentido.

Toda esa información que yo acabo de compartir aquí ella se la hubiese llevado lanzando, en algún momento de la conversación, un simple “por qué”. Pero en su lugar optó por lanzarse a la piscina sentando cátedra sobre una realidad que, si bien es muy desgraciada, tiene una explicación razonable que no muchos alcanzan a comprender si no están en contacto con ella; tal era el caso.

Ah, lo olvidaba. Si han tenido la santa paciencia de leerme hasta aquí pueden recoger su premio: la chica en cuestión -de la cual no pienso decir el nombre porque este artículo no es ni jamás pretenderá ser ningún tipo de vendetta– es periodista. O, al menos, está en proceso de serlo. Es decir, que la pregunta de la que llevamos hablando media hora larga -“por qué”- tendría que ser lo primero que salga de su boca ante cualquier escenario que escape a su comprensión. Eso siempre y cuando aspire a contar bien las historias que le toque contar, por supuesto.

Pero ya entre nosotros les digo que tampoco hay que extrañarse demasiado por esto último. En nuestro querido país la mayoría de los estudiantes de Periodismo encuentra mucho más interesante y divertido ser columnista en lugar de reportero. A pesar de los riesgos que ello encierra y de la comodidad, y posterior sabiduría, que aporta reconocer la propia ignorancia.

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