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18 abril, 2012 / Jorge Gato

Noches de hotel

Pronto me descubro apoyado contra el cristal de una ventana, una ventana a menudo nueva para mí, observando al vacío como tantas veces antes, tantas y tan parecidas, tantas que ya ni recuerdo. Otra vez balanceándome y pivotando sobre la frente para evitar que el vaho que produce mi respiración en el cristal me enturbie la vista pero, como siempre, me resulta una tarea tan compleja que acabo por abandonar, resignándome a apoyar tan solo el hombro contra el ventanal. Lo cierto es que la postura la voy modificando de un modo totalmente inconsciente y automático, no me requiere apenas un pensamiento y eso está bien, pues no me sobran. Es otra madrugada más.

Las noches de hotel pueden resultar densas e inacabables, aunque las hay también que se evaporan sin apenas haberse presentado; lo que es seguro es que, sin excepción, se me antojan solitarias e impersonales. Puede que tenga algo que ver con que casi siempre me vea forzado a alojarme sin otra compañía que mi maleta, o puede que sus paredes y mobiliario estén pensados para desposeerte de ti mismo, para que te sientas ajeno a tu propio ser y los huéspedes lleguemos a estandarizarnos tanto como lo están las sillas, las camas, los cuadros o los obsequios de bienvenida. Por mi parte, enhorabuena, objetivo cumplido.

Una madrugada más posponiendo el momento de acostarme no por necesidad ni gusto, quizá sí por costumbre. Es posible que sea esa estandarización de la que hablaba la que me impulsa a hacer siempre lo mismo, a apoyarme contra el cristal de la ventana y observar la quietud que reina generalmente al otro lado sin plantearme siquiera ver la televisión, o leer el libro que me acompañe, o consultar alguna cosa en el ordenador: todo eso ya ha tenido su tiempo, el ritual sigue su curso. Siempre me gusta lo que queda al otro lado del cristal, quizá también porque hasta las vistas suelen ser idénticas: las calles desiertas de las madrugadas de entre semana en las ciudades. Esta vez la noche es fría, ha llovido toda la tarde y todavía arrecia un fuerte viento cortado en rachas; el resto es inmutable: el diálogo mudo de los semáforos cumpliendo escrupulosamente con su cometido, aun cuando solo yo puedo verlos y no me son necesarios, es común a todas esas ciudades que contemplo desde las alturas. Ese ejercicio de competencia en la más absoluta soledad me resulta desgarrador; el ciclo imparable ejercido con extrema rigurosidad -verde, ámbar intermitente, rojo, peatón en rojo, peatón en verde, ahora parpadea, y vuelta a empezar- me consume por dentro, me inocula una tristeza pesada que ya hasta me gusta también.

Las luces intermitentes de los semáforos logran perderme en la noche. A veces debo contar en horas el tiempo que se me ha escapado siendo testigo de su singular ceremonia, otras veces son solo algunos minutos. Esas luces me desnudan, me dejan solo ante mí mismo y con la cabeza vacía; pero con ese tipo de cabeza vacía que crea una impresión de lucidez casi sobrehumana. Luego me reencuentro con la consciencia, y en ella me percato del abrazo del visillo protegiéndome del frío del cristal. Cuando la tela ya ha logrado devolverme al mundo, sé que es el momento ideal para por fin intentar conciliar el sueño y así abandonarlo de nuevo. Esta noche será más complicado.

Normalmente me acuesto boca arriba y voy girando hacia la izquierda: boca arriba, de lado izquierdo, bocabajo cabeza hacia la derecha, bocabajo cabeza a izquierda, de lado derecho, boca arriba otra vez. No tardo más de vuelta y media en dormirme… Normalmente. Esta noche un pequeño sonido aleatorio procedente de la pared donde apoya mi cabecero va a aplazar mi sueño; es un ligero ‘clac’ que no tiene explicación alguna, muy alejado del sonido de una tubería, o un mueble, o unos pasos. Demasiado frecuente para el crujir de las maderas. El clac persiste en la noche lo suficiente para abrirse paso en mi cabeza e inundar de vigilia todo mi ser. No tardo mucho sin embargo en alcanzar un consenso conmigo mismo, por más que la explicación que se me ocurre no ayude ni por asomo a tranquilizarme: el huésped de la 502 se ha ahorcado en algún lugar próximo a la pared y el viento al que hace un rato presenciaba inclinar los árboles ahora tambalea su cuerpo inerte, de tal forma que sus pies impactan aleatoriamente contra la pared. El clac indica que no se ha ahorcado descalzo, pues en ese caso el sonido sería mucho más apagado, de ninguna manera tan seco y sólido; esto me lleva a preguntarme si se habrá vestido de gala para tan solemne ocasión, quizá después de haber estado llenando sus pulmones del gélido viento que esta noche nos acerca y de dedicarle unos últimos pensamientos a este mundo de mierda que abandona, abrochando al tiempo su camisa lentamente con el aplomo indescifrable de quien ya ha decidido cómo va a ser el resto de su vida. Me pregunto también si no será en cambio un pobre solitario, uno muy alejado del sosiego con el que me deslumbraba el suicida del traje de gala, que se ha encontrado de repente liberado de la alienación prevista por los diseñadores de las habitaciones de hotel y ha tomado una determinación precipitada -como consecuencia de su desorientación- de la que al alba, después de consultarlo con la almohada, se arrepentiría seguro. Por qué no tal vez una mujer, borracha de su propia sensualidad, que decidió mecerse por el cuello con sus mejores tacones puestos y después de dejar en la mesilla estándar una cuidadísima nota de despedida rociada con su más cara fragancia.

Pienso también que quizá haya sido yo el que se ha ahorcado, desesperado y colapsado por el infinito rigor epiléptico de los semáforos en la completa soledad de la noche. Quizá esas luces que colorean alternativamente el pavimento mojado han terminado por trastornarme, por volverme loco, y desposeído de mí como la silla, la mesa o la bañera, me he colgado sin siquiera percatarme de que lo hacía. Un ahorcamiento estándar. Es posible que el clac sea mi última conexión con la vida, que el mundo lo use para despedirse de mí.

Abro los ojos y por el visillo se cuela el fuerte destello de un nuevo amanecer, uno soleado e idílico. A pesar del enorme contraste con las inclemencias meteorológicas de la noche pasada, me doy cuenta de que sigo vivo, o al menos tan vivo como acostumbro a sentirme. Mi tiempo en el hotel toca a su fin, y mientras me ducho en una bañera estándar con un jabón del conjunto de productos de higiene básica y estándar, voy quitándome también la espesa capa de alienación a la que he estado sometido estos dos días y la fantasía nocturna comienza a revelar sus inconsistencias. Es prácticamente imposible ahorcarse en la habitación de un hotel estándar: los techos no son altos así que hay muy poco espacio para usar una soga de un tamaño adecuado; de hacerlo, habría que ingeniárselas para atarla en algún sitio a simple vista inexistente para después colgarse con la cabeza casi dando en el techo. Pero eso es bastante ridículo; sospecho que si alguien decide transitar por tan decisorio sendero, se reserva para sí algo más de estética de conjunto. Luego me doy cuenta de que las ventanas de los hoteles estándar ya no se abren de par en par, menos aún en sus pisos altos; ahora se vencen hacia uno ligeramente, dejando para el viento apenas unas rendijas a los lados y por arriba que muy difícilmente habrían mecido el cuerpo inerte de nadie.

Me he convencido ya de que el clac era un misterio que trascendía mi capacidad para resolver enigmas, así que me quedo más tranquilo, allí no nos hemos ahorcado ninguno. No obstante, deseo con todas mis fuerzas que el personal de limpieza entre en la 502 cuando yo esté ya en el pasillo, de tal modo que pueda escuchar los gritos de alarma de quien encuentre el cadáver o pueda presenciar la tranquilidad de quien entra en una habitación estándar libre de suicidios estándar. No tengo suerte: del pomo de la puerta cuelga el maldito ‘No molesten’. Se me ocurre inmediatamente algo que apostillar: ‘, descanso eterno’.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Natalia Bravo García / Abr 19 2012 16:29

    excelente, brillante. Me encanta

    • krknose / Abr 20 2012 15:50

      Veo que se ha propuesto sacarme los colores, y es difícil luchar contra tal grado de autodeterminación. No use tacones.

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