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14 abril, 2012 / Erik Macbean

¿Ahora sí?

Me consta, por las cartas que han llegado a la redacción de esta bitácora, que a algunos lectores -de los más fieles y críticos con nuestros escritos- les ha agradado el talante moderado exhibido en mis dos últimos artículos: Skeptical y El sectarismo o la mediocridad dorada. En ellos este humilde servidor aborda cuestiones de rabiosa actualidad desde la calma y el respeto, invitando a la reflexión y al análisis. Pero qué quieren que les diga; algunos acontecimientos recientes puestos en justa perspectiva temporal han hecho que acuda cagando leches al cuarto de baño buscando el potingue correspondiente para engominarme de nuevo la cresta. Y en esas estamos.

Por lo visto el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, nos ha tocado la vena democrática y por eso este país, también conocido como España, está muy enfadado. Resulta que tras unos sorprendentes e inesperados (se capte el sarcasmo, por favor) incidentes ocurridos en Barcelona durante la huelga general del pasado 29 de marzo, el Gobierno de Mariano Rajoy quiere modificar el Código Penal para evitar de ahora en adelante que tengan lugar festejos similares. Por eso el gallego estudia implantar medidas a través de las cuales a los que convoquen manifestaciones o protestas que deriven en hostias se les pueda caer el pelo y a los que decidan no obedecer a los policías ejerciendo una resistencia pasiva -por ejemplo: que te digan que te largues y tú, en vez de hacer eso, te sientes- también se les pueda caer el pelo.

Ya se pueden ustedes imaginar el percal. El chiringuito está indignado. “Nos quitan derechos y libertades”, dicen unos. “Vuelve la dictadura”, dicen otros. Todo gritado con mucho mosqueo y tal. Ojo, que a mí tampoco es que me parezcan bien estas cosas, igual que no me parece bien que metan en la trena a un tipo por el simple hecho de haberse follado -con consentimiento- a su hermana. No obstante la reflexión va por otros derroteros.

Así que atiendan, por favor.

Resulta que estaba hablando el otro día con un buen amigo, algo macarra él, sobre este asunto en concreto y la verdad es que no parecía demasiado preocupado por las nuevas sanciones y el nuevo recorte de libertades que se avecina. Me explicó que a él, a estas alturas de la película, este tipo de cosas le dan lo mismo ya que hace cuatro años, en un partido de fútbol de la Segunda División española, la policía le endiñó una multa por un valor superior a los 6.000 euros y a todo el mundo, menos a su querido padre, le pareció una putada muy normal y muy lógica. Su delito, al parecer, fue increpar a sus propios jugadores a la salida del vestuario por haber perdido un partido crucial. Ni siquiera estuvo detenido; pegó dos, o tres, o cuatro voces hasta que los agentes de la zona le pidieron amablemente los datos. Al cabo de unas cuantas semanas este amigo se despertó con una receta de la conocida como Comisión Antiviolencia en el buzón indicando que por incitación a no sé qué tenía que apoquinar el millón de pelas correspondiente.

Si uno navega por la base de datos de la mencionada Comisión podrá comprobar que este tipo de sanciones (y otras más serias de 9.000 euros, 15.000 euros y hasta de 64.000 euros) son bastante habituales. Aunque en ocasiones dichas multas proceden de alguna bronca, en otras muchas los delitos son fumarse un porro, beber un poco de vino dentro del recinto deportivo, enseñar una bufanda que no sea del gusto del agente o -sí- lanzar una bola de nieve al césped. Ya ven; millón y pico de pelas por hacer la gracia con el colega de al lado.

Cambiando de tercio, tampoco la gente pareció demasiado escandalizada cuando en el año 2004 se armó un pollo de cojones porque uno de los puestos de la Feria del Libro de Valladolid lo ocupaba un comercio que vendía libros sobre teoría nacionalsocialista (nazi, para entendernos) que ponían en duda el Holocausto y esas cosas. Mientras que muchos libreros cerraron sus puestos en señal de protesta, el Movimiento contra la Intolerancia pidió enseguida a las autoridades que investigasen a la librería en cuestión y les diesen, a sus responsables, para el pelo. Responsables que unos años antes, según consta en el artículo arriba enlazado, ya pasaron por la cárcel tras ofrecer los escritos de Adolf Hitler y compañía a un módico precio. Por lo visto, en este caso la libertad de pensamiento y de convocatoria se excedía un poco para el gusto del respetable, y de ahí que la gente aplaudiese las reacciones comentadas. Y es que, al parecer, empapelar a alguien por vender libros es una práctica muy democrática exenta de censura, no me digan que no. (Aviso a navegantes que luego se comen icebergs del tamaño de Perejil: si el hecho hubiese implicado a quien quiera que venda las bondades del estalinismo, mi postura al respecto sería exactamente la misma).

En realidad estos son sólo un par de ejemplos con los que simplemente me gustaría ilustrar, para toda esa masa de gente que considera que la represión acaba de tocar a la puerta de España, cómo la censura estatal no es ninguna novedad. Que todas estas personas no la hayan atisbado hasta ahora no significa que no estuviese pululando de aquí para allá, machacando a sectores marginales que tampoco tenían mucho que ver con el grueso de la sociedad en general. Por eso en el mejor de los casos se ignoraban los atropellos y, en el peor, se aplaudían.

Es como el caso del hincha del Athletic de Bilbao, Iñigo Cabacas, que murió hace unos días cuando un pelotazo disparado por la policía autónoma vasca, más conocida como Ertzaintza, le reventó el cráneo mientras bebía una cerveza en una zona de bares cercana al estadio de San Mamés. Al parecer el chaval ni pertenecía a ningún grupo de esos raros que la va montando por las esquinas ni estaba metido en ninguna bronca en esos instantes, y aún con todo ello se han acordado de la muerte en su pueblo y en cuatro estadios de fútbol mal contados. Y gracias.

Sin embargo, y por esa extraña manía que tengo a veces de contrastar las cosas, no puedo evitar trasladarme en el tiempo hasta el pasado mes de febrero después de acordarme de Iñigo. Fue entonces cuando los antidisturbios cargaron contra unos estudiantes valencianos que protestaban por unos recortes en Educación. Tras el incidente aparecen un par de vídeos en los que se muestra a dos policías empujando a una cría contra un coche aparcado y de repente se monta una cosa llamada Primavera Valenciana que pretendía, no se sabe muy bien cómo ni porqué, emular las protestas en el mundo árabe y derrocar así gobiernos (en este caso regionales). Evidentemente, al cabo de unos días las aguas del Turia volvieron a su cauce y las manifestaciones multitudinarias organizadas en toda España quedaron para la hemeroteca.

Probablemente, y a diferencia de las revueltas árabes, a los valencianos y demás paisanos solidarios les faltaba un mártir y de ahí que el tema no cuajase. Lo paradójico es que ahora que a Iñigo le revienta la cabeza de forma injusta e ilegal un hijo de puta con placa y uniforme nadie parece sentirse llamado a representar ninguna función mora. Y sólo han pasado dos meses entre una cosa y la otra, no quince años.

Así que como comprenderán ustedes, a la vista de los acontecimientos lo único que siento es cómo crece en mí la repugnancia hacia una sociedad tan entusiasta pero al mismo tiempo tan cateta, tan egoísta y tan superficial como la española. Así no se puede empatizar con nadie. Faltan dosis importantes de coherencia, reflexión y dignidad como para que mañana por la mañana este humilde servidor, arrastrado por la tan esperada euforia libertaria que ha parecido llenar los corazones de mis compatriotas, se levante del sillón y se ponga a dar alaridos angustiado porque ahora, de repente, el tal Rajoy nos trae desde las oscuras entrañas del Monte del Destino un nuevo modelo de sociedad gobernado por la censura y la represión.

Les hago una confesión, ya para terminar: a veces pienso que este país tiene las leyes, los gobernantes y la crisis de valores que se merece. Miento. A veces, no. Lo pienso siempre.

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4 comentarios

Dejar un comentario
  1. ev / Abr 14 2012 21:45

    Eres exactamente igual que lo que criticas. O si acaso peor…

    Pero nada, se hacen muy bien las revoluciones y los movimientos sociales delante de una pantalla 😉

    • erikmacbean / Abr 15 2012 2:06

      Qué tal,

      En el escrito lo que se critica es que la gente señale al ‘ogro’ una vez se planta delante de sus narices a pesar de saber, o intuir, que ese ‘ogro’ ya estaba por ahí fastidiando a otras personas. Por lo tanto, no entiendo muy bien la lógica de tu acusación. No digo que no la tenga, digo que yo soy un poco idiota y por eso no la entiendo; así que si la puedes exponer de otra forma te lo agradecería.

      En cuanto a lo que dices de las revoluciones, supongo que tendrás razón. Pero es simplemente una mera suposición, ya que no he tenido el placer de hacer (ni mucho menos de liderar, qué pereza) ninguna.

      Saludos.

  2. Natalia Bravo García / Abr 14 2012 23:44

    Me quedo, de todo, con el final. Lo mejor.

    Saludos desde la ajetreada e incoherente Barcelona. 😉

  3. Pandora / Abr 14 2012 23:55

    Tu reflexión me parece tan acertada…. yo he pensado muchas veces, que tenemos lo que nos merecemos.. y contrariamente al comentario anterior, es muy necesario cualquier movimiento, pensamiento, etc desde cualquier plataforma, no siempre hay que estar en la arena, simplemente hay que estar, por otro lado es aventurarse demasiado al decir lo que uno hace o deja de hacer sin saberlo… digo yo.

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