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9 abril, 2012 / Jorge Gato

No hay hormigas en Islandia

Es una certeza que algunos pensamientos acuden a tu encuentro y te azotan con su conmovedora simplicidad hasta tirarte del asiento y hacerte sentir imbécil. Eso me ocurrió una primaveral tarde de invierno de no hace tanto en el interior de una lujosa edificación madrileña, mientras mi camarada y coautor de este blog, Erik, y un servidor, cargábamos con idéntico peso sobre nuestros hombros: el peso con el que lastra Morfeo a cada comida para que a eso de las 16.30 quedes tan plácidamente inmóvil que pases a formar parte de su reino de ensoñaciones. Erik ya había sido arrastrado a ese mágico lugar que a cada uno de nosotros se nos presenta de tan distinta y, al mismo tiempo, tan parecida manera, pero yo era incapaz de dejarme someter por el maravilloso Morfeo y sus acostumbradas sorpresas; quizá tuviera algo que ver el hecho de que el bueno de Erik, por aquello de que el anfitrión no tiene por qué ser el gran damnificado, había acaparado el sofá grande, pudiéndose estirar bien por ese motivo. Yo, en cambio, invitado de honor, ocupaba un sillón monoplaza con unos gigantescos e infranqueables reposabrazos, uno por lado, que hacían de mi postura una oda al retorcimiento de metales. Quizá fuera por eso o por alguno de los otros mil motivos que se me ocurren, pero el caso es que aquella tarde soleada de marzo me dediqué a mirar la hierba crecer, a los mosquitos revolotear y a las arañas descolgarse; todos ellos, para ser justos, al otro lado del cristal, en el jardín. Y fue observando a esas pequeñas criaturas llamadas hormigas, tan comunes y vulgares, tan frecuentes y en cambio poco molestas, como empecé a sentirme estúpido, estúpido por no saber absolutamente nada de ellas, estúpido por dudar incluso de si tienen ojos o respiran, estúpido por preguntarme cómo coño andan con igual facilidad en horizontal y en vertical. Llegué a mi hogar aquella tarde con todas esas inquietudes sacudiéndome las neuronas e hice lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar: acudir sin demora a alguna fuente de información fiable. Wikipedia me dejó atónito. Se estima la población de hormigas entre mil y diez mil billones, tenemos identificadas alrededor de 12.000 especies aunque se piensa que pueden existir alrededor de 21.000. No se sorprenderán demasiado cuando les diga que forman colonias que pueden tener desde una decena de individuos a millones, dividiéndose en grupos especializados en este último caso: obreros, soldados, etc., subdividiéndose a la vez según su tamaño. Puede que sí se sorprendan algo más cuando les cuente que si la hormiga sale de un huevo fertilizado, será una hembra, y en caso contrario, un macho; o cuando les diga que no tienen pulmones y que el oxígeno penetra en sus exoesqueletos a través de los espiráculos. Sí tienen ojos, las condenadas, unos ojos compuestos formados por minúsculas lentes unidas y buenos para detectar el movimiento, aunque no ofrecen gran resolución; por si acaso tienen tres pequeños ocelos, u ojos simples, para detectar el nivel lumínico y la polarización de la luz. Dice la Wikipedia que sus seis patas acaban en garras ganchudas que permiten a las hormigas escalar o engancharse a varios tipos de materiales, dejando en el aire por qué, ¡oh, por qué!, pueden hacerlo al mismo ritmo que cuando caminan en horizontal y sin cansarse, o sin aparentarlo al menos.

Si no están suficientemente impactados ya, déjenme decirles lo siguiente: formícidos, himenópteros, mirmecología, mesosoma, gáster, hemolinfa, haploide, diploide, trofalaxis, univoltinas, pigidio, partenogénesis telitoquia. Increíble, ¿no es cierto? Sospecho que se pueden decir más cosas de una hormiga que de mí, y la verdad es que no sé bien cómo me hace sentir eso. No obstante, por si están aterrorizados y deseando huir de mí y de esos pequeños y fascinantes seres llamados hormigas, les diré que no estamos presentes en la Antártida, ni en Groenlandia, ni en Islandia, ni en partes de Polinesia. Ya ven, qué absurdo, no hay hormigas en Islandia.

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