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1 abril, 2012 / Erik Macbean

Skeptical

No he secundado la huelga. No me pregunten por qué o se arriesgarán a recibir una respuesta vaga, indigna de su fervor intelectual. Digamos que, dentro de la inseguridad sobre la que navego, el instinto me ha arrastrado hacia la orilla más conservadora del debate. La más conformista si quieren. No me han faltado opiniones -algunas respetables, otras no tanto, según el emisor y las formas- de todo gusto y color. Pero aún así, atendiéndolas a todas, no he conseguido llegar a ninguna conclusión firme sobre lo que supondrá la reforma laboral en este país. Es probable que me moje dentro de un año, con cifras en la mano. Si les soy sincero, prefiero analizar datos antes que vaticinar ninguno. En plan cobarde y tal.

Sin embargo, y aunque alguno ya me haya echado en cara aquello de que carezco de capacidad analítica por no haberme sumado a la protesta, lo cierto es que no dejo de darle vueltas al asunto. Y me aterra pensar en la posibilidad de que el meollo de la cuestión, más allá de sindicatos, patronales, ricos y pobres, puede que muchos nos lo estemos saltando siguiendo esa loable práctica hispana de no profundizar demasiado en determinados asuntos. Vamos; que nos lo estemos saltando a la torera, en idioma castizo.

Yo identifico un par de aspectos importantes a la hora de legislar en este preciso momento. Los presento de forma simple, en unas líneas, sin entrar en detalles innecesarios a la hora de elaborar la presente reflexión:

1 – ¿Quién es el mayor perjudicado? Esto es una crisis y tiene que haber uno, por lo menos. Yo identifico dos opciones. La primera se llama mercados y la segunda pueblo. Si el Gobierno, con sus medidas, fastidia al pueblo, los mercados suelen alegrarse. Esta situación conlleva una presión social mayor pero una presión financiera menor. Si el Gobierno, con sus medidas, fastidia a los mercados, el pueblo aplaudirá. Esta situación conlleva una presión social menor pero una presión financiera mayor. En un mundo tan globalizado en el que España ya ni siquiera es España, contentar a los mercados puede resultar más pragmático y a medio o largo plazo quizá beneficiar al pueblo. Claro que eso puede llevar a preguntarnos dónde queda entonces la soberanía popular.

2 – ¿Cuál es el cambio? No creo que sean muchos los que afirmen que las cosas deben seguir como hasta ahora. Es decir; la mayoría es consciente de que las cosas tienen que cambiar. La cuestión es cuál es el cambio. El Gobierno, con su reforma laboral y otras cuestiones, ha optado por un tipo de cambio. Algunos opinan que podría ser el correcto y optan por abrazar la paciencia. Otros creen que no, que hemos escogido la dirección menos adecuada, que hay que retroceder y optar por un cambio alternativo. Estos últimos tocan a retirada.

Como ven son dos preguntas complicadas, que además se entrelazan, ante las que no parece existir una respuesta sencilla. La gente que secundó la huelga y se manifestó el jueves 29 de marzo tiende a pensar que el cambio que trata de llevar a cabo el Gobierno no es correcto porque beneficia a los mercados y no al pueblo. Posiblemente estén en lo cierto y esa sea la postura de los que nos gobiernan ahora mismo. La gente que no secundó la huelga, por su parte, no creo que asuma una postura concreta, aunque de haber algún consenso este podría ser que los cambios ya realizados, si bien desagradables, pueden llegar a ser efectivos con el tiempo en una coyuntura como la actual.

Además, a estas reflexiones hay que añadir otro loable ingrediente español: las percepciones radicales. Porque muchas opiniones a la hora de escoger trinchera también se basan en la opinión que se tiene del empresario y del trabajador. Los hay que piensan que todos los empresarios son unos hijos de puta que gracias a esta reforma entendida para mejorar su competitividad van a aprovechar para incrementar la disparidad económica del país y los hay, normalmente por el contrario, que piensan que los trabajadores son en su mayoría vagos que viven tranquilos gracias a la protección del Estado y no al sudor de su frente. Por último existe gente como yo: que opina que hay de todo.

Como ven, este texto no aclara ninguna duda. Tampoco lo pretende. Simplemente trata de exponer que algunos, normalmente tachados de cobardes, no lo ven tan claro como los demás. Que eso de los ricos y los pobres es un recurso simpático pero que, mal que nos pese, esto ya no es el siglo XIX; los anarquistas no tratan de cargarse reyes a bombazos y los carlistas no rezan para alcanzar un mundo gobernado por sacerdotes armados. Ahora hay una cosa llamada Eurozona, otra cosa llamada Banco Central Europeo, también existen los paraísos fiscales, las operaciones financieras realizadas a 8.000 kilómetros de distancia y países como Irlanda, Holanda o Suecia. Esas cosas.

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