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29 marzo, 2012 / Erik Macbean

El sectarismo o la mediocridad dorada

El sectarismo encierra varias características. Una de ellas es la de negar todo lo ajeno sin analizarlo siquiera. La otra cara de esa misma moneda es que todo lo propio, lo afín, es válido hasta que se demuestre lo contrario, y el que albergue alguna duda durante el proceso queda expuesto a que se le expulse del rebaño acusado de cometer alta traición; con lo cual demostrar que ese argumento en contra resulta ser correcto es harto complicado. En definitiva el sectarismo es, a todas luces, un insulto a la inteligencia de las personas. El problema es que, por mera inercia, otra de las características del concepto es negar a esa misma persona el uso de su propia inteligencia, por lo que ésta nunca se siente insultada.

No sé si esta reflexión ya la presentó alguien antes que yo, probablemente mucho mejor explicada. Es posible, aunque no relevante. Quizá lo relevante sea conocer el contexto dentro del cual ha vuelto a encenderse la bombilla de las ideas.

La huelga general convocada este 29 de marzo nos ha dejado unos cuantos ejemplos de esto que he dicho más arriba. Sólo tienen que meterse en algunas redes sociales, las que se supone que ahora dan voz al pueblo, sí, para observar cómo mucha gente iba reaccionando ante según qué titulares.

Por ejemplo. Si un comunicado del sindicato UGT denunciaba que tres compañeros habían sido agredidos por la policía, la llama de la pasión se encendía rápidamente entre aquellos que compartían el espíritu de protesta. Sin pruebas. Sin segundas opiniones. Sin nada. Ni siquiera se aventuraba nadie preguntándose el por qué, el cómo y el cuándo de la supuesta agresión. Silencio. Sólo indignación, insultos y aullidos. Rabia.

Por ejemplo. Si aparecía la foto de unos cuantos piquetes -identificados así por el autor de la instantánea- reventando un comercio la gente contraria a la protesta, automáticamente, presentaba a los sindicatos y a cualquier simpatizante de los mismos como una masa violenta y agresiva cuya única misión es quemar el país hasta sus cenizas. Sin ninguna comprobación previa de que esa generalidad es cierta y sin ningunas ganas de buscar un contraste. Esa foto es su prueba, su forma de justificar la imagen que ya tiene construida de la jornada. Su venganza.

En el primer caso, los protagonistas del segundo ejemplo o bien se harán los sordos, o bien negarán la mayor, o bien justificarán la actuación con el “y tú…”. Algunos, pocos, tratarán de aportar algún dato para desbaratar la historia de los sindicalistas teóricamente apaleados. Dato que, por proceder de la trinchera contraria, el sectarismo de los supuestos receptores impide analizar. En el segundo caso, los protagonistas del primer ejemplo actuarán de forma similar: se harán los sordos, negarán la mayor o bien tratarán de justificar el destrozo del comercio con un “pero es que ellos…”.

El denominador común salta a la vista: no existe la capacidad, en la mayoría de los casos, de asumir lo que ha sucedido. Una persona racional, honesta y cabal señalaría ese suceso como una contradicción dentro de su propia lucha y a partir de ahí actuaría en consecuencia. Una persona gobernada por el sectarismo, sin embargo, lo ignora. No conviene asumir nada. No conviene cuestionarse nada. De entrar en reflexiones y análisis que también incluyan contradicciones todo se complica demasiado. Y para qué empañar la cruzada -cualquier cruzada- con nimiedades. Nimiedades que, además, proceden del otro lado y por lo tanto son mentira. Acta est fabula.

El sectarismo es peligroso para la propia persona, porque anula su capacidad de raciocinio, pero es un elemento simpático para el líder, para el auténtico líder, que busca un camino fácil desde el cual gobernar sobre sus acólitos. No es ninguna tontería ni una estrategia estúpida. Los que han estudiado la Guerra Civil española coinciden en señalar que el ejército de Francisco Franco y compañía obtuvo muchas veces ventaja sobre el terreno gracias al liderazgo. Mientras en el bando rebelde se decía “avancen” y todo el mundo avanzaba, en el contrario se organizaban comités para decidir por qué puente cruzar el río. Así perdió la II República unos meses cruciales, y miles de vidas.

Pero por muy importante que sea ese liderazgo y esa servidumbre en tiempos de guerra, la victoria tiene un precio: sentirse, años después, como un auténtico vegetal recién salido del coma. Por tanto un consejo: tengan cuidado y háganse el favor de, hasta que salgan a relucir los fusiles por lo menos, pensárselo dos veces antes de golpearse el pecho con euforia. Recuerden; quizá el pecho se lo esté golpeando el sectarismo y no usted mismo. Y quizá, por cierto, sin ese sectarismo no hagan falta fusiles. Pero bueno, esto ya es especular demasiado.

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