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26 marzo, 2012 / Jorge Gato

Si no han muerto las estrellas

Si usted puede leer esto sin temer por su vida o la de su familia, entonces es posible que haya conseguido mi objetivo. También es posible que usted sea un censor a las órdenes del Régimen, o un alto cargo del Partido, o un miembro del Ejército y haya interceptado esta nota, en cuyo caso no temerá ni por su vida ni por la de su familia, ni yo temeré por la mía, pues tengo la certeza de que no me dejarán -ni me dejaré- contemplar un nuevo atardecer de todas maneras. Pero si no lo es, si usted es una persona libre y no vive secuestrado por la demencia del Tirano, entonces nunca lo sabré, pero habré conseguido mi objetivo.

Alguna vez tuve un Nombre de esos que suelen escribirse con letras, pero desde hace cinco años éste ha tendido a ser una sucesión de cifras. Ahora soy el prisionero número 96; al menos 20 personas llevaron este mismo uniforme con este mismo número antes que yo, e igual sucede con el resto, hasta el número 300; fui acusado de fabricar y distribuir alrededor de 500 octavillas ofensivas para el Régimen, aunque en realidad se podían contar por miles y no eran solo ofensivas, eran destructivas; mañana, a las 12 en punto del mediodía, me convertiré en el ejecutado público número 938 a manos del Tirano y de su demencia, la cual consiguió hacer mayoritaria más de 30 años atrás. Nunca he parado de preguntarme cuántas vidas habrá arrebatado en realidad el Tirano si ya solo públicas se han celebrado 938; y escojo bien el verbo celebrar, pues a vitorear la visión -en otro tiempo estremecedora- de mi cuerpo colgando inerte de la soga acudirán unos cuantos convencidos y otros tantos obligados. Forma parte del juego por el que se impone el miedo necesario para sostener un Régimen precario y carente de cualquier contenido; ya nadie se suma a la locura perversa del Tirano por convicciones ideológicas, pues ahí ya no figura ideología alguna más allá de la de seguir sembrando el pánico para mantenernos paralizados. El Partido hace tiempo que solo se sostiene a base de Locos y de Actores: a los Locos, por peligrosos, los maniataremos pronto y los recluiremos en cárceles húmedas como en las que nos tienen ellos hasta que se pudran como la madera; y los Actores, capaces de fingir el compromiso férreo con unos ideales del todo postizos, serán capaces de asimilar cualquier otro papel que les sea encomendado. En el fondo entiendo que sea más sencillo estar del lado dominante, del lado que extermina, que del lado de los exterminados; y me gustan los Actores.

Me gustan los Actores porque en realidad están libres de convicciones. Y también porque están impacientes por asimilar otras nuevas e interpretarlas. Gracias a esos Actores mantenemos desde hace años un juego sutil de dobles actuaciones en importantes escenarios dentro de las Instituciones del Partido: por un lado aparentan comulgar con la histórica vesania del Régimen, y por otro lado aparentan desear el vértigo de la Revolución. En realidad viven en tierra de nadie, no quieren nada y lo quieren todo, quieren seguir con su vida acomodada pero asumen que el fanatismo del Tirano es un mal innecesario y evitable. Hemos incentivado lo mejor que hemos sabido ese sentimiento de que el fin del Tirano nos hará bien a todos a pesar de que las promesas de mantener sus estatus no hayan podido ser más que difusas: quizá entiendan que ciertas cosas no se pueden garantizar.

Si todo sale como esperamos, usted, lector libre, se enterará por los ecos de la pólvora en todas las cumbres en cien kilómetros a la redonda. Yo, desde luego, no seré ahorcado mañana a las 12 junto a los reos 94, 95 y 97, y nuestros cuatro cuerpos no permanecerán colgados en la Plaza durante 6 días y 6 noches para que la gente vuelva a interiorizar el miedo hasta la parálisis; este sistema de pánico ya no funciona. La gente se ha vuelto insensible a la crueldad, a la muerte y a la obscenidad. Hace mucho tiempo que los cuerpos colgantes de la Plaza no son mirados con miedo ni son sinónimo de poder para el Régimen; ni siquiera los niños parecen ya asustarse del macabro espectáculo. Su vil sistema de persuasión es, en cambio, la base para el triunfo de nuestra Revolución. Ese sistema mezquino y procaz ha convencido a muchos de los Actores que ahora sostienen al Tirano de que ya es hora de interpretar nuevos roles; ese sistema pornográfico de ejecuciones masivas a plena luz del día y con aplausos arrancados a punta de pistola ha insensibilizado a unas gentes ahora dispuestas a combatir la locura desde su misma sinrazón. Habría sido difícil, por no decir imposible, contar con esos cientos de miles de autómatas que esta noche saldrán a reproducir lo que les ha mantenido inmóviles durante gran parte de sus vidas, o sus vidas enteras, si no hubiéramos padecido durante tantos años semejante política pública del terror.

No obstante, también temo. Y porque temo no me importa hacer peligrar el factor sorpresa de la Revolución que esta noche comienza al intentar hacerle llegar esta carta. Temo que estas gentes no sepan determinar cuándo debe detenerse la barbarie en que han sido educados; temo que, una vez caído el Régimen, estas gentes decidan perpetuar el único sistema que les ha sido enseñado, que les es cercano y conocido, cambiando simplemente los nombres a las mismas fichas; temo que esta Revolución, puesta en pie con inimaginables padecimientos e innumerables vidas perdidas y por perder, solo sirva para legitimar a otro Tirano. Por eso le pido, le imploro. Como es probable que yo, ni muchos como yo, le sobrevivamos al amanecer, tendrá que ser usted, y gentes como usted, criados en modelos sociales que no podemos ni imaginar, los que acudan al cesar las detonaciones. Tengan en cuenta que para entonces esta ya no será una tierra hostil, tan solo será una tierra sin rumbo habitada por cientos de miles de personas profundamente traumatizadas y educadas en el miedo, la desconfianza y el terror. Como indicio de nuestra victoria, encontrarán un último cuerpo haciendo uso de las sogas de la Plaza: ese será el del Tirano. No deberán preocuparse por los Locos, iremos a su encuentro lo primero; también caerá algún Actor pese a no suponer obstáculo alguno: son gajes del oficio, si interpretas muy bien tu papel corres el riesgo de resultar demasiado convincente.

Permítame reiterarle mi súplica: vengan y ayúdennos. No se involucren en la batalla, eso nos corresponde a nosotros, pero una vez las explosiones abran paso al silencio, vengan y edúquennos. Muéstrennos que hay otros sistemas posibles alejados de la barbarie e impidan que reorganicemos y reforcemos lo que lleva treinta años, desde su mismo comienzo, hundiéndose. No nos dejen inhumanizarnos más de lo que ya estamos. Recuerden que si al cesar los fogonazos aún no ha muerto la última estrella, todavía habrá esperanza para esta tierra.

Reo n. 96

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