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30 enero, 2012 / Jorge Gato

Cera

Oigo a lo lejos el chirrido metálico que acompaña a las ruedas en cada uno de sus lúgubres viajes por estas salas tan a menudo silenciosas. Esta vez no albergo esperanza alguna, sé que es mi turno pues ya no encajo en este lugar, ni en esta sección, ni en este tiempo. Hace años estuve rodeado de semejantes, todos repartidos con buen gusto y cuidados con esmero. Fuimos una sección deslumbrante que se ha ido apagando poco a poco y que hoy, tras mi marcha, quedará en tinieblas para siempre. No podré hacer nada para defenderme, ni siquiera para quejarme; descartados los aspavientos, los golpes, descartado incluso salir corriendo. No, no correría ni aunque pudiera; después de todo lo que he visto no ignoro que de poco serviría. Así que simplemente permaneceré aquí, hierático como de mí se espera y sin fingir una dignidad que me será arrebatada de todas maneras. El metal que me busca se ha detenido, parece que quien lo arrastra tiene algo divertido que contarle a uno de los guardas del museo; es la confirmación de que desapareceré sin hacer ruido, de que nadie preguntará qué fue de mí o de nosotros. Quizá esta sea nuestra última derrota, tengo por todo consuelo.

Como las ruedas continúan paradas, aprovecharé para presentarme. No debería hacerlo yo a estas alturas, pero es probable que no goce de más ocasiones para repetirlo en el futuro y estoy seguro de que lo añoraré. Mi nombre es Rafael Alberti. Algunos dicen que escribí, y que incluso lo hice bien, pero en realidad yo jamás he escrito nada; de hecho, ni siquiera recuerdo que haya sido capaz de moverme una sola vez sin ayuda en toda mi larga existencia. Me enteré, un día por casualidad y gracias a una lenguaraz dama que me pasaba el plumero, de que yo soy una representación en cera del verdadero Rafael Alberti, el que sí que debió de escribir y de hacerlo bien. Lo cierto es que no he tenido ocasión de conocerlo personalmente, y eso me perturba; el problema radica en que a mí no se me exige ser yo mismo, sino ser él, y estarán de acuerdo conmigo en que lo mínimo habría sido que me lo presentaran un día para poder pasar con él algunos minutos, más que nada para aprender a comportarme como él y ser una digna réplica. No ha sucedido así en tantos años, pero ya poco importa. Esta sala en que me tienen un día llegó a llamarse ‘Sala de Las Letras’, qué cosas. En ella nos reunimos durante años muchos de los considerados mejores escritores de todos los tiempos, o quizá después de todo solo fuéramos sus representaciones en cera. No sé, no me atreví a preguntárselo nunca, no quería que se ofendieran o me tomaran por loco. Todos se me han adelantado a la hora de abandonar este lugar: en los últimos meses ha habido más movimiento en nuestras filas que en los últimos diez años todos juntos. Por eso no tengo ninguna esperanza de permanecer aquí, he perdido la razón de ser, no me reconozco en ninguno de estos nuevos compañeros todos trajeados y con maletines de piel oscura. No sé quiénes son, pero no me identifico con ninguno de ellos, así que agradeceré que me saquen de aquí cuanto antes.

Las ruedas vuelven a rodar, mi marcha es inevitable. El hombre detiene el carro a mi espalda y, sin pedirme siquiera permiso, rodea mi cuello desde detrás con su brazo, volcándome en su dirección. Cuando estoy a su merced, tira de mí hasta que mis pies caen por fin de la tarima que me ha sostenido durante tanto tiempo para ir a caer en el soporte metálico que me apartará del camino de los visitantes quizá para siempre. No se molesta en asegurarme al transporte con un cinturón o cuerda, simplemente echa una de sus manos a mi hombro y con un habilidoso toque de pie inclina el metal lo suficiente para que empiece a rodar. La seguridad en sus movimientos me hace pensar que probablemente haya sido él mismo quien nos ha remplazado a todos, uno por uno. Mientras me empuja cruzando la sala echo un último vistazo al que ha sido mi hogar desde que tengo memoria, una sensación de extrañeza me invade entonces: me siento forastero en mi propia tierra. Los que quedan allí me miran con hostilidad, recordándome que he sido el último vínculo con un pasado que ellos no comprenden ni quieren comprender; las paredes del lugar ya no me resultan cercanas, tengo la misma sensación que debe de experimentar alguien cuando entra en la que fue su casa cuando ya es la casa de otros: todo es igual pero nada es igual, ya no es su casa. Cuando atravesamos la puerta por la que he visto entrar a centenares de personas tengo tiempo para fijarme en la parte derecha, donde se indica el nombre de la sala. Ahora entiendo la hostilidad en las miradas de los hombres trajeados, yo ya no pertenecía a ese lugar, era un invitado al que nadie había invitado, un propietario expropiado que se niega a abandonar su morada. ‘Economistas ilustres’, ese es ahora su nombre.

Atravesamos un par de salas más: ‘Directores de banco’ y ‘Wall Street’. Luego empujo con mis punteras y por obligación la puerta de una salida de emergencia; al otro lado me espera un nuevo universo, la madera oscura del museo es ya solo un recuerdo en aquellos pasillos blancos con suelos de cemento. Pierdo la cuenta del número de puertas que dejamos atrás, a un lado y a otro. Al final del todo por fin giramos a la izquierda y accedemos a una sala en la que inmediatamente soy cegado por un rayo de sol; tengo que esperar a que quien me transporta oriente el metal que me sujeta hacia la izquierda para empezar a asumir mi nueva realidad. Antes, quien me abandona allí lo hace rápidamente y tras escuchar un doble pitido que procede de sus pantalones: ni siquiera me baja del soporte. A mis pies, apenas un metro más allá, yacen una decena de pegotes de cera amontonados. Compadezco a aquellos pobres diablos por su suerte, pero no le doy más importancia.

Los minutos se hacen interminables. El sol castiga la parte derecha de mi cara pero desconfío de la posibilidad de ponerme moreno. Es curioso lo que tarda uno en darse cuenta de detalles que ansían ser descubiertos poniéndose para ello a la vista de cualquiera; mi reloj es puro atrezzo así que no puedo medir cuánto tardo en darme cuenta, pero al fin me doy cuenta. Uno de esos monigotes tirados en el suelo luce un complemento. Al principio pensé que serían modelos defectuosos o modelos que esperan a ser adecentados para por fin parecerse a quien pretenden parecerse, pero el hecho de que uno de los que allí yacen ya cuente con un complemento me hace pensar que quizá el procedimiento sea a la inversa: es posible que ellos ya se parecieran a quien debían parecerse, pero a quien se parecían ya no interesaba más y por eso han sido despojados de su parecido. El complemento son unas gafas redondas, las gafas redondas de Quevedo. Ahora miro con mayor detenimiento. Allí están, allí están todos ellos. El perfil aguileño de Cervantes es el primero en confirmarlo. Poco a poco voy desentrañando el misterio de sus identidades; es complicado sin su pelo, atuendo o complementos habituales, pero termino por reconocerlos a todos; allí yace la ilustre ‘Sala de Las Letras’. No tengo tiempo de aterrorizarme lo suficiente porque, otra vez por detrás, a traición, una mano arranca mi cabellera blanca. No puedo volverme, pero no hace falta: pronto el agresor da la cara, se pone ante mí y comienza a desabotonar mi camisa. Intento sacudirle una sonora bofetada, pero mis brazos nunca se movieron y nunca lo harán. Sin embargo, y para mi sorpresa, consigo que la expresión de su cara se vuelva aturdida y detenga semejante ultraje. Inmediatamente saca un teléfono de su bolsillo y llama a alguien: Alberti está desfigurado, dice. ¿Cómo que estoy desfigurado? El sol, ahora recuerdo, el sol no me dio moreno pero me ha derretido media cara. Ah, vale, que espera para cremación, menos mal. Es lo último que dice antes de desvestirme por completo y empujarme hacia adelante, haciéndome perder el equilibrio y caer junto a los demás. Aquí abajo el sol ya no quema.

Desde aquel momento permanecemos aquí, a la espera de que nuestra piel haga falta para moldear la de algún otro, la de alguien que sí merezca ser recordado. Será entonces cuando nos introduzcan en un horno y nos derritan. Quizá nos mezclen a varios y acabemos siendo el mismo banquero, o el mismo presidente de la Reserva Federal. Pero hasta entonces, estos parias de cera intentaremos movernos un milímetro cada día, con un milímetro bastará, y con la cera derretida de mi maltrecha cara escribiremos lo último que deberá ser escrito, pues a nadie interesará lo que venga después.

Escribiremos Inhumanismo.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. Gontzon / Ene 31 2012 19:09

    Este relato,tan conmovedor supera al de la mítica película de Vincent Price.
    Espero que para inspirarte,no perdieras tu tiempo y tu dinero,en visitar ese museo.

    • krknose / Ene 31 2012 20:42

      No fue necesario pisarlo, y no sé cuándo, cómo ni dónde me vino la idea.

  2. TONETI / Feb 1 2012 20:04

    Me parece un relato extraordinario aunque de una gran crueldad, te felicito y pienso que lo deberías presentar en algún sitio.

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