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21 enero, 2012 / Erik Macbean

Memorias de África

Escribo estas líneas desde algún punto del hemisferio sur. A modo de presentación diré que soy un hijo de puta. Es algo que he asumido con el transcurso de los años. Aceptada esa realidad, mi deuda con ustedes está saldada. La de ustedes con aquellos a los que he condenado todavía no; sírvanse de este testimonio para anular a los que pretendan sustituirme. Que los habrá.

Mis andanzas comienzan hace muchos años, casi dos décadas, en unas lujosas oficinas de Londres. Recuerdo que el ascensor del edificio se tomó su tiempo antes de vomitarme en un vestíbulo que desprendía fastuosidad desde cada rincón. Debía de ser uno de los últimos pisos. Me había convocado el directivo de una filial que trabajaba para una importante multinacional dedicada a explotar el sector energético. El motivo: mis pocos escrúpulos, aunque la misión que me encomendaron parecía sencilla.

El siguiente recuerdo que tienen derecho a saber me sitúa en una región árida. Según el mapa político, pertenecía y pertenece a un país tercermundista. En realidad era un lugar dejado de la mano de Dios, habitado única y exclusivamente por unas cuantas comunidades tribales que aún estaban entrando en el Neolítico. Es más, las autoridades locales ignoraban esa franja territorial ex profeso, pues poco aportaba más allá de arena pedregosa, negros analfabetos y escorpiones.

Evoco ahora que durante mis primeros meses sobre el terreno no vi ningún puesto policial en varios centenares de kilómetros a la redonda. Esa gente tan sólo le importaba, en aquel año 1993, a quince misioneros católicos, a varios cooperantes de un par de ONG occidentales y a mí. Están ustedes en su derecho al tildarme de embustero, pero puedo afirmar y afirmo que todos buscábamos lo mismo: ayudar a esas gentes a evolucionar y entrar en la civilización.

Así, el objetivo principal de mi primer viaje consistió en colaborar con los religiosos y los chavales sin ánimo de lucro para que aquellas comunidades tribales se integrasen en la economía de mercado. De este modo animé a los misioneros a que no les diesen comida o semillas para plantar en sus huertos a cambio de nada; que trabajasen por ello. Que les enseñasen a esas gentes que toda compensación conlleva un esfuerzo laboral. Y que, en sus recién estrenadas escuelas, dibujasen para los niños un futuro al alcance de sus manos mucho más allá de las fronteras de la aldea. A los biempensantes de las ONG les daba charlas sobre la injusticia que impregnaba el mundo; cómo era posible que un chaval de 14 años en España aspirase a manejar diariamente una videoconsola, una bicicleta o un ciclomotor y en ese rincón de África los críos se conformasen con darle patadas a una bola compacta de paja.

Convencí a unos y a otros para que sembrasen la semilla de la ambición personal en cada una de aquellas pobres gentes, siempre en nombre del progreso. A cambio, esos pobres negros nos otorgaban el poder de destruir su milenario sistema tribal basado en una envidiable solidaridad practicada entre los miembros de una misma comunidad y por la que tenían obligación de velar los más ancianos del lugar.

Todos llevaron a cabo su cometido con singular dedicación y una ilusión insultante. Imbéciles. No se dieron cuenta entonces de que la codicia del ser humano no puede incluir aquello que desconoce y que, aunque a nuestros ojos esas gentes viviesen en un estado de pobreza absoluta, si se observan otros factores su abundancia era palpable. No. Los misioneros y los cooperantes internacionales realmente creyeron que aquellas personas necesitaban de su ayuda para escapar del terrible ostracismo cultural que les atenazaba.

Ese estúpido paternalismo que profesan las sociedades occidentales hacia esta clase de negros me lo dio todo hecho. Al cabo de un par de años muchos antiguos líderes tribales -que ejercían su influencia predicando con el ejemplo y nunca imponiéndose por la fuerza a otras voluntades- habían quedado relegados, como sucede con nuestros propios ancianos, a aparecer en un contado número de ceremonias. Desplazados hacia el olvido, se convirtieron en poco más que simpáticas mascotas que merodeaban sobre el terreno, en vestigios de un pasado obsoleto y oscuro.

Los nuevos líderes, tutelados por los ángeles de la guarda que nosotros, los occidentales, enviamos allí para tratar de borrar la huella de nuestra intromisión cultural practicada cien años antes, habían sido educados en la ambición de intentar representar los intereses políticos de esa región. Al ser una tierra poco homogénea surgieron varios cabecillas que, llegado un determinado momento, trataron de encumbrarse los unos por encima de los otros utilizando a su propia tribu para ello, confrontándola con las demás. Antes los enfrentamientos ocurrían impuestos por circunstancias tales como la sequía y su consiguiente hambruna. Tras aplicar nuestras recetas los clanes peleaban simple y llanamente por el poder. Habían surgido los partidos políticos.

(No se sonrojen y tengan un poco de paciencia, que ya les quedan pocas vergüenzas por asumir. El tiempo hizo lo demás.)

Esos jóvenes líderes pronto fueron paseados por convenciones y seminarios de probado prestigio internacional. Mientras por detrás ordenaban a sus guerreros, ya armados con potentes armas de fuego, someter a los de alrededor para eliminar toda oposición, de cara a las cámaras de televisión de medio mundo se habían aprendido bien el discurso: dar pena y exigir ayuda. Luego pasaban el sombrero tocado con plumas de avestruz y sonreían vigorosamente a sus benefactores, que no dudaban en aplaudir entusiasmados la conciencia social de aquel buen salvaje.

Adivinen de dónde salía la mayor parte de ese dinero. No de las ONG, desde luego. Ellas ya eran conscientes, ¡por fin!, de que ese discurso estaba impregnado de mezquindad. De nuestra temible mezquindad occidental. Los cooperantes confesaron, airados, que se sentían asqueados por haber sido cómplices directos para lograr establecer en ese rincón de África lo que más dicen detestar. Pero ya era tarde. Su calderilla no era necesaria y su presencia menos. Se marcharon habiendo cumplido los objetivos deseados por mis jefes mientras todos ustedes les aplaudían. La multinacional energética para la que trabajo ocupó su lugar. La presencia misionera también desapareció. Si les soy sincero, ellos tampoco eran ya muy necesarios.

Tan pronto aterrizamos de forma oficial en esa zona anunciamos nuestros costosos planes de inversión. Los expertos de todas las casas de análisis importantes y los informes de los grandes bancos de inversión avalaron este movimiento. Por ello, las acciones que cotizaban bajo nuestro nombre en Wall Street se revalorizaron durante varias semanas consecutivas. Con la recaudación realizada gracias al optimismo de los inversores pagamos al líder más avispado de todos, colaborando en consolidar su poder. A cambio nos pidió un piso con vistas a Central Park y el compromiso de cambiar su automóvil de gama alta cada dos años como máximo.

La misma persona que años antes me había dado las órdenes a seguir en aquella lujosa oficina de Londres fue quien estrechó la mano de aquel jefe negro que había condenado, con nuestra ayuda, la de ustedes y la mía, el futuro de su tribu. A la gente de aquella región, que una década antes se juntaba para celebrar las noches de luna llena bailando en torno a una modesta fogata, ahora le esperaba ya con la población diezmada por las guerras un presente incierto, probablemente crudo, y que se prolongaría durante décadas. A cambio el joven líder era el caudillo más rico que jamás recordasen las leyendas locales. Se había convertido finalmente en cualquiera de nosotros; amicus fidelis protectio fortis.

Y por eso ahora les toca a ustedes mirarse al espejo y asumir su condición. La cual es diferente de la mía, por cierto. Yo soy un hijo de puta. Ustedes no. Ustedes simplemente son los que me han permitido demostrar que realmente lo era con total impunidad. Así que llámense como crean conveniente.

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