Skip to content
9 enero, 2012 / Jorge Gato

Cara malo: Vagar por el desierto

<< Sigue a Hermocles: II. L’Oiseau Sale

III. Vagar por el desierto

Hermocles estuvo cuatro felices años con Cécile. En esos cuatro años vio cómo L’Oiseau Sale comenzó a despertar cierto interés entre lectores más experimentados y con derecho al voto. Él se había encargado de distribuirlo gratuitamente en sus ratos libres con un ligero ‘para sus hijos’, por eso le sorprendió que los corrillos que hablaban de él tuvieran barba y mocasines. Se quedó ahí la fama momentánea, al fin y al cabo era un jardinero español de 20 ó 21 años del que nadie había oído nada. Pero Hermocles ya había encontrado su camino, era imparable.

Poco después de que su relación con Cécile acabase, una modesta revista de publicación semanal sobre literatura y arte se puso en contacto con Hermocles. Él había desarrollado en ese tiempo algunas de las ideas apenas esbozadas en L’Oiseau Sale, también en forma de cuentos infantiles, y parece que su esfuerzo no fue invisible para todos. La revista le ofreció publicar íntegro uno de sus textos, titulado Les barreux de ma prison (Los barrotes de mi prisión), además de una colaboración mensual que poco más tarde pasaría a ser semanal. Hermocles pidió reescribir su texto y aprovechó para hacerlo madurar y para endurecerlo. Al final, las reflexiones de aquel preso condenado a perpetuidad -en origen un topo cuya guarida quedaba taponada sin salida, inspirado en algunas de las cosas que le pasaron por la cabeza cuando encerró al Pájaro Sucio en la jaula de los furtivos- no pasaron desapercibidas entre los pocos cientos de lectores de la publicación. Un extracto que podría resumir aquel primer texto netamente filosófico de Hermocles es el que sigue: «Estaba hastiado de no atisbar rastro de libertad en mi sombra. Esa sombra estúpida proyectada sobre el suelo solo cuando alguien decidía encender para mí la luz, esa misma que desaparecía cuando alguien decidía apagar para mí la luz. Ya no me recordaba libre, no podía ni imaginar qué sentiría al comportarme como yo quería y no como me decían que me comportara, y quizá fuera mejor así. […] Tanto evolucioné en mi pensamiento que la celda acabó por parecerme una prolongación natural del propio cuerpo. Juntos conformaban una prisión que siempre había estado presente, incluso cuando era libre, pero de la que no había sido consciente hasta ahora. Para ambas prisiones, ahora una, no hallé más escapatoria que un pensamiento puro, un pensamiento elevado sobre la química o el azar a los que me resignaba mi cuerpo. […] Quizá fuera solo otra impresión guiada por la química en mi cerebro, pero empecé a sentirme libre. Tan libre como nunca».

Su trabajo en aquella revista concluyó algo más de tres años después. Aunque el director de la publicación estaba muy satisfecho con Hermocles y los lectores habían hecho notar el interés de sus escritos, los problemas económicos acabaron por echar el cierre a La Flamme de Paris. Hermocles intentó entonces seguir escribiendo sobre cultura en cualquiera de sus formas pues su paso por aquella revista le había permitido aprender sobre un amplio abanico de cosas: cine, música, pintura y hasta un poco de ciencia; pero ninguna de ellas sería suficiente, no había sitio para él, no de momento. El siguiente año supuso para Hermocles un largo periodo de pasos sin rumbo, de vagar por el desierto, y una oportunidad -que él habría rechazado- de saborear la crudeza de la soledad.

Tuvo que cerrar La Flamme de Paris para que Hermocles se diera cuenta de su pésima gestión de recursos. Había invertido tanto tiempo y tanta energía en aquella publicación que se había ido desprendiendo de todos los -pocos- contactos que había hecho desde su llegada a la capital francesa hacía ya una década. Una década. Pronunciada en forma de suspiro le vino a la cabeza a Hermocles. Conservaba algo de trato con la cándida Cécile, que se empeñaba en llamarlo de vez en cuando para saber qué tal le iba. Ah, Cécile… Él le respondía con monosílabos e incluso cambiaba el tono de voz para parecer aún más seco, todo porque no soportaba verla en los brazos de otro hombre ni su propia incapacidad para encontrar otra mujer que estuviera a su altura. Ese amor de patio de colegio, pasado un tiempo, siempre volvería a su estado original, a su estado de pureza imperturbable, al camino entre jardines recién segados; y con ese estado, Hermocles se enredaría en su pelo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, quizá hasta que el tiempo se acabara o quizá hasta que decidiera no avanzar nunca más. Un año es muy largo si no hay a qué dedicarlo, pero se estira más si Cécile está con otro hombre, un hombre que será bueno o malo, mejor o peor, pero es otro, siempre es otro, y eso lo hace detestable, eso lo convierte en demonio y maldición.

El dinero se acababa y Hermocles dejó que lo hiciera, creo que aún no sabe por qué. Entonces se ofreció como voluntario para cuidar los jardines de una residencia de ancianos a cambio únicamente de comida y cena. La noche siguiente a su ofrecimiento, antes de acostarse y de renunciar a su línea telefónica por imposibilidad de pagarla, recibió una última llamada de Cécile. Se dijeron, como habituaban, que estaban bien; pero aquella noche, excepcionalmente, ambos mintieron. Cécile lo suponía de Hermocles, pero él no pudo imaginarlo de Cécile.

Fue aquella misma noche cuando Hermocles tuvo el sueño.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: