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15 diciembre, 2011 / Jorge Gato

Cara malo: L’Oiseau Sale

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II. L’Oiseau Sale

Soportó Hermocles burlas por la temprana ausencia de su madre, pero de ésas sí se deshizo en su huida hacia adelante. Fue su rostro, algo tan fortuito como eso, lo que condicionó con frecuencia su interrelación con el mundo que lo rodeaba. No era feo, no era deforme, no era ni siquiera extraño. Pero siempre, desde que tuvo uso de razón, le habían dicho que tenía cara de malo. Al principio, en sus primeros años de escuela, aquello daba para poco más que alguna broma esporádica, a veces incluso bienintencionada, o alguna reprimenda por algún crimen no cometido. Pero con el paso del tiempo la broma se fue convirtiendo en asunto serio cuando Hermocles percibía cómo la gente desconfiaba sistemáticamente de él. Su inusual rostro le cerró la puerta de muchos empleos, le saboteó muchos contactos, lo lastró en muchos aspectos. El primo de su padre tuvo que hacer de intermediario para que pudiera, al fin, conseguir un trabajo; trabajo en el que aguantó apenas medio año pues Hermocles no se sentía comprometido en absoluto con aquella tarea. Para entonces ya había perdido el rastro al primo de su padre, un vividor y aprendiz de escapista del que ni siquiera sabía si seguía en la ciudad, así que tuvo que empezar a sobrevivir por su cuenta.

Hermocles nunca fue tonto. Descartó un gran número de empleos a los que aspirar, todos para los que su rostro resultaba un inconveniente. Nada de trabajar cara al público, nada que requiriera de una gran confianza en él; pero tampoco nada que lo degradara más de lo debido. Finalmente pudo encontrar algo que, aunque alejado de sus ambiciones, tampoco le disgustaba del todo; un colegio privado de los de mejor reputación entre los existentes en la capital parisina por aquel tiempo lo contrató de jardinero. Hermocles tenía experiencia en el trato con las plantas pues la casa de sus padres estaba rodeada de una gran parcela sin edificar donde éstas crecían con un vigor y una rapidez admirables, motivo por el cual los cinco hermanos acostumbraban a dedicar al menos un día de la semana a evitar que aquello se convirtiera en una selva en miniatura. Fue en este colegio privado francés donde la leyenda de Hermocles comenzó a despegar.

Cécile era la profesora de Lengua francesa para los tres primeros cursos de los disponibles en aquel colegio, aunque lo que le interesaba a Hermocles era que aquella deidad no debía de ser más de dos o tres años mayor que él, y eso, para un joven de 19 inestables años, era un factor de interés máximo. Aquella chica era el contrapunto visual perfecto para el bueno de Hermocles. Su belleza era frágil y distinguida, sus movimientos tenían el tacto de la seda y su cabello parecía levitar cuando atravesaba el patio principal, aquel en el que Hermocles ponía todo su esmero en nombre del amor. Porque sí, estaba enamorado, enamorado sin vuelta atrás. Hasta que un día ocurrió el milagro. Cécile se acercó como mecida por una brisa imperceptible hasta el rosal que él estaba podando. Hola, le dijo entonces Cécile, en un francés tan delicado como ella. Hermocles devolvió el saludo con los ojos abiertos de par en par y con una media sonrisa que suavizó su incredulidad. Me preguntaba si tendrías tiempo y querrías ayudarme con una actividad para mis alumnos esta tarde. Podría dedicar el resto de mi vida a ayudarte, pensó pero no dijo Hermocles, que se limitó a asentir y a pronunciar un tímido bien sûr. Aquella tarde acudió puntual al salón de actos para su cita con Cécile, con Cécile y un centenar de alumnos de entre tres y seis años. Para su sorpresa, el ángel francés no esperaba de él que se escondiera en las sombras tras el telón a manejar focos o decorados donde los críos no pudieran verlo, sino que contaba con su ayuda justo encima del escenario, donde narrarían y casi interpretarían media docena de cuentos para los niños allí reunidos. Hermocles no logró salir de su asombro hasta varias semanas después ya que aquella fue la primera ocasión en que su cara no solo no fue un obstáculo, sino que fue una ventaja para recibir la curiosa oferta y triunfar en su desempeño. Los niños quedaron entusiasmados con su interpretación de cualquiera de los malos de los cuentos que entre Cécile y él leyeron aquella tarde. El reparto de personajes fue un éxito tal que Cécile empezó a contar con su ayuda de forma habitual durante los meses que siguieron. Los niños manifestaban verdadera admiración por Hermocles, tanto era así que incluso lo buscaban en el recreo para que reinterpretara sus grandes éxitos y provocara en ellos aquella extraña sensación de miedo y gozo latiendo al unísono. La vida de Hermocles comenzaba a dar un giro radical.

Su afición por los cuentos infantiles iba a más y Cécile gustaba de alimentar su biblioteca particular y de fijar ensayos informales en su casa en parte por el bien de sus alumnos y en parte porque había encontrado en aquel chico de cara perversa un hombre al que amar. Hermocles comenzó a fantasear con la posibilidad de escribir un cuento él mismo, uno que mandara a aquellos niños algunos de los mensajes que creía indispensables para convertirlos en futuras buenas personas, o en personas prevenidas al menos. Guiado por Cécile y por su aroma a paraíso, comenzó a trabajar en un texto inspirado en El patito feo, un cuento que le entusiasmaba pero cuyo final loando el triunfo de unas gloriosas alas blancas sobre las grises y marrones nunca acababa de convencerlo. Así nació L’Oiseau Sale, aunque en su cabeza nunca dejó de ser el pájaro sucio. Era la historia de un pájaro más oscuro que el resto de su bandada, lo que hacia de él un blanco más fácil para los cazadores, al igual que él lo era para el mundo por su rostro. Los demás pájaros solían darle de lado por su aspecto sucio y oscuro salvo cuando volaban, momento en el que todos querían tenerlo en la bandada pues hacía menos probable que ellos recibieran el disparo. El pobre pájaro sucio era atrapado -que no matado- por unos furtivos una neblinosa mañana de invierno. En lugar de echarlo a la cazuela, los cazadores decidieron enjaularlo porque su aspecto oscurecido no les resultaba saludable y temían intoxicarse. Al lavarlo aquella tarde, comprobaron que aunque, sí, el pájaro sucio había estado sucio, una vez limpio no era tan claro como a su especie le correspondía. Desconcertados, los cazadores decidían soltarlo y el pájaro sucio regresaba con sus compañeros. Cécile y Hermocles no lograron ponerse de acuerdo en el final, quizá porque sus propias vidas habían sido opuestas y sus creencias personales eran más distantes de lo que esperaban. Sí convinieron que los pájaros de la bandada lo recibían como un héroe que hubiera logrado burlar a la encarnación de la misma muerte, pero Hermocles no quedaba del todo satisfecho. Como, a fin de cuentas, la historia era suya, decidió finalmente incorporar una advertencia sobre la maldad para todos aquellos rostros puros y fascinados que veía en el colegio en cada lectura. A modo de cuidado en quien confiáis, el cuento acababa así: «Y los demás pájaros, confiando a ciegas el rumbo de su vuelo a aquel que había burlado el agua hirviendo de la cazuela, nunca supieron que el Pájaro Sucio los guiaba una y otra vez a la zona frecuentada por los furtivos, consciente de que jamás volvería a ser abatido por aquellos que una vez habían renunciado a él».

Cécile nunca le dejó leerle aquel final a los alumnos.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. TONETI / Dic 15 2011 12:22

    Cher Jorge, jamais avait pensé que tu connaisses l’idiome de Moliére. Bien fait!

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