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7 diciembre, 2011 / Erik Macbean

Adánez, el campesino

Cuando a Adánez se lo quitaron todo, el destino le dio su bendición entregándole la libertad más absoluta a la que cualquier hombre vivo puede aspirar.

Semejante conclusión no llegó con la inmediatez que uno podría desear en aquellas circunstancias. Fue al cabo de muchos años cuando, hablándole al resto de la comunidad, el campesino explicaba así el percance: “Cuando suprimes cualquier vínculo sentimental entre un hombre y el resto de su especie, le conviertes en la persona con menos ataduras del mundo”. Una lógica aplastante que, sin embargo, él tardó más de dos décadas en percibir. Porque durante muchos años fue un esclavo de sus propios sentimientos.

La primera sensación que invadió la mente de Adánez llegó pocos minutos después de ver los cuerpos desnudos y ensangrentados de sus seres queridos. Puede definirse en una sola, aunque compleja, palabra: rabia. Las ansias de venganza le nublaron la vista y buscó, errante y patético, algún tipo de utensilio que pudiese utilizar para agredir a los causantes de aquel destrozo. No lo encontró, y como tampoco encontró un caballo para perseguir a aquellos hijos de Satanás -tal y como él los bautizó desde entonces y hasta el fin de sus días-, pudo así salvar la vida para ejecutar posteriores reflexiones.

Luego llegó el dolor. Un dolor agudo que ya estaba presente cuando afloró la rabia, pero que sin embargo se mantuvo en un discreto y perverso segundo plano durante dos días. Transcurridas esas horas, exigió el protagonismo que se merecía e inundó a Adánez con toda su crueldad y virulencia. El cuerpo del campesino temblaba de dolor por la mañana, por la tarde y por la noche. Sin recibir descanso ni cuartel. Las lágrimas se le habían agotado a Adánez con la rabia y por eso aunque sus ojos lloraban, nada salía ya de ellos. Sólo cuando llovía el efecto óptico engañaba al forastero, pero él siempre supo que nunca asomó una mísera gota propia a partir de entonces. El dolor gobernó su existencia durante varias semanas; desde que enterró los cuerpos hasta que salió de aquel lugar maldito.

Posteriormente se abrió paso la soledad. Pinche y puta soledad. Todos la desean hasta que llega y en vez de pasar fugazmente al lado de uno, decide instalarse. Entonces la odias. Adánez no fue ninguna excepción; la odió con todas sus fuerzas. No encontraba el romanticismo que pocos años antes habían dicho ver en ella algunos intelectuales europeos. Es peor la ausencia de sentimientos que el propio dolor, tan perro él como el que más. Y no obstante, sobrevivió a su estancia en ese brutal y desgarrador desierto sentimental escudándose en el disfraz de un fantasma. La soledad le acompañó durante años y años. A cambio, aprendió a educar sus sentimientos.

Nunca reconstruyó su vida, como se suele decir ahora. Tampoco le puso mucho interés. No quiso involucrarse jamás con ningún semejante. Le interesaban las sociedades y las relaciones entre las personas, pero abordadas desde la seguridad que otorga la lejanía. Quiso ser un observador pasivo de todo ello y lo consiguió. Por eso se convirtió en el mejor consejero que cualquier persona quisiese tener a su lado. Fue contratado con objeto de analizar amores, negociaciones comerciales o incluso la pasión que podía encerrar un determinado tratado político. De esa forma el desdichado campesino se hizo famoso en su país y allende sus fronteras.

Finalmente decidió retirarse de su particular vida pública. Sin pena ni gloria para él, volvió a caminar solo. Ya en el linde de la selva decidió aceptar la invitación de una comunidad rural y se estableció entre ellos. Aunque en ese territorio dejado de la mano de Dios su fama no le precedía -para alivio y tranquilidad del propio Adánez- muy a su pesar pronto se le señaló como un sabio famoso y pasó a ser conocido en toda la región. La gente viajaba días enteros sólo para escuchar una de las pocas frases que dejaban escapar sus labios con una regularidad indescifrable.

El campesino murió hace poco. No era feliz. Tampoco infeliz. Le habían arrebatado hacía muchos años la capacidad de experimentar algo parecido. Su reconocimiento público, su sapiencia, su capacidad resolutiva, sus consejos… todo ello le fue otorgado por el destino a cambio de sus sentimientos más íntimos, de su inocencia. Dicen que poco antes de cruzar con el barquero hacia otras realidades alguien le preguntó si estaba contento con lo vivido. Inmediatamente, sin necesidad de meditar lo que ya había meditado durante cada minuto de su vida desde aquella fatal mañana, contestó: ¿Que si ha merecido la pena? Ya lo creo que no. Y cuentan que entonces sus ojos se ensombrecieron, que quiso llorar. Pero ninguna lágrima se derramó por las arrugas de su rostro. Seguía sin poder encontrarlas.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. TONETI / Dic 7 2011 11:28

    Felicidades Erik, me parece un relato excelente. Me solidarizo y entiendo a Adánez, el campesino.
    Un abrazo.

    • erikmacbean / Dic 8 2011 2:51

      Gracias por el comentario, ‘Toneti’. En honor a la verdad debo decir que buena parte de la habilidad literaria que este relato pudiese demostrar se debe al hecho de compartir proyecto con un monstruo del tamaño de ‘Krknose’. Sin su influencia probablemente seguiría escribiendo sobre pizzas congeladas o parejitas melosas que dan el coñazo en las bibliotecas. Otro abrazo.

  2. Concha Huerta / Dic 9 2011 19:13

    Cuanta tristeza en esa ultima frase que describe una vida arrebatada por unos crueles asesinos. El pobre Adanez no fue capaz de derramar ninguna lágrima. Quiz-a nosotros la derramemos por el. Un saludo

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