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28 noviembre, 2011 / Jorge Gato

Cara malo: Retiro

Como creo que uno no accede a un blog con el mismo ánimo que agarra un libro, he decidido presentar esta historia, dada su extensión, en capítulos. Intentaré facilitar al máximo el seguimiento de la misma, incluyendo links en los propios episodios y, además, creando una categoría única para las vivencias de Hermocles que encontraréis en la parte derecha de la página. Disfrutadlo si acaso lo merece.

I. Retiro

Hacía ya varios años que Hermógenes Atreides, ‘Hermocles’ para casi cualquiera que deseara referirse a él, se había retirado a aquella casita rústica de madera perdida entre la maleza de la ladera de un monte gallego, la tierra que lo vio nacer. Villar de Acero fue el lugar en que vivió con sus padres y sus cuatro hermanos los quince primeros años de su existencia y, dominado por una extraña voluntad de cerrar el círculo que componía su vida, había decidido mudarse de nuevo a aquel lugar que no había vuelto a pisar en sesenta años. La gente más próxima a él interpretó correctamente el sentido de su meditado plan: como los toros cuando, heridos de muerte, buscan el refugio de las tablas, el bueno de Hermocles había ido a buscar las suyas al mismo lugar que lo contempló cuando apenas alcanzaba el tamaño de un ovillo. Allí, sentado en una pequeña silla de madera a las puertas de su choza, con el único sonido del viento agitando los árboles o el del vigoroso río Burbia de fondo, Hermocles esperaba la llegada de lo inevitable. No esperaba con pena o angustia, ni tampoco con deseo o entusiasmo; solo esperaba. El poder de una certeza infranqueable pronto acompañaría a su nombre de pretéritos verbales.

No fue sencilla la vida de Hermocles, que no empezó a ser Hermocles hasta bien pasados los cuarenta. Su padre fue carpintero, aunque él siempre se dijo ebanista, y crió y mantuvo como pudo a sus cinco hijos varones, de los que Hermocles resultó ser el tercero. Su madre falleció poco después de dar a luz al quinto de los hermanos, Julián, cuando Hermocles solo había alcanzado los 8 años de vida. Siete después, harto de aquel lugar que tan mal lo había tratado, se marchó con un primo de su padre a probar fortuna a la capital francesa, aunque allí tampoco lo tuvo fácil y le sorprendió descubrir que aquello que lo había hecho huir, aquello que creía único de su lugar de origen, estaba presente sin embargo en todas las latitudes y no había forma de escapar a su condena: la injusticia, la crueldad y, en definitiva, la maldad, convivía en cada asentamiento humano.

Sigue a Hermocles: II. L’Oiseau Sale >>

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7 comentarios

Dejar un comentario
  1. Concha Huerta / Nov 28 2011 18:41

    Buen comienzo. Es verdad que intentar huir de los pesares resulta a veces inútil porque los llevamos con nosotros donde quiera que vayamos. Saludos

    • krknose / Nov 28 2011 19:21

      Un pesado equipaje, sin duda. Acompañaremos a Hermocles en el viaje de su vida y veremos si alguna vez logra deshacerse de él. Un saludo.

  2. toneti / Nov 28 2011 22:51

    ¿Te has inspirado en Hermógenes el viejo guarda de nuestro primer garaje?, él también era gallego y estaba más solo en la vida que Zapatero después del 20N.

    • krknose / Nov 29 2011 11:03

      Pues para el nombre sí, siempre me pareció curioso. Sin embargo no recordaba que fuera gallego, así que eso ha sido pura casualidad. Obviaré la malignidad que acompaña a su referencia al pobre ZP.

    • Gontzon / Nov 30 2011 14:23

      Hay sabios doctores que curan las obsesionees enfermizas.

  3. Gontzon / Nov 30 2011 14:26

    Mi anterior comentario,está dedicado,a Toneti.

Trackbacks

  1. Cara malo: L’Oiseau Sale « Cumbres sin ecos

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