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14 noviembre, 2011 / Jorge Gato

Las cumbres más altas

Sube ya maltrecho por el angosto camino de tierra que divide el pasto. Viene derrotado por angustias heredadas y algunas pocas de invención propia, arrastrando su peso como puede, sin rumbo ni intenciones decididas. Sabe que quiere ir hacia arriba, cuanto más mejor, quizá porque su experiencia le dice que es más fácil emprender el vuelo desde bien alto. Saltar y extender las alas basta y te hace sentir más ligero que tener que batirlas con fuerza hasta verte catapultado, y sentirse ligero no le vendría nada mal esta vez. Su piel es gris y está manchada, nada la cubre; ni siquiera recuerda si siempre fue así. Las alas no le son de gran ayuda para gatear por aquel camino empinado, sí lo son en cambio sus fornidas piernas, acostumbradas a posarlo con firmeza en casi cualquier parte y ahora encargadas de impulsarlo lastimosamente por aquel sendero. Es cauto a pesar de su estado, por eso intenta no castigar demasiado el plumaje de las alas que debieran ser brazos, y hasta el momento el esfuerzo ha merecido la pena pues, en comparación con el resto del cuerpo, lucen casi nuevas.

Sigue arrastrándose como puede. Está cansado, herido y asqueado; y por si fuera poco, la sensación de no saber adónde se dirige también lo lastra. Es muy complicado avanzar si no hay rumbo. El camino le trae ahora nuevos olores; éstos son más densos, húmedos y salados. Por fin intuye a qué lugar le acerca el interminable camino, conoce el aroma y revive algunos de los momentos de su existencia en que lo acompañó; mientras, sus piernas continúan escalando. La primera certidumbre en largo tiempo revitaliza el ritmo de su sufrido ascenso, permitiendo que pronto alcance el borde del acantilado y el extraordinario azul del mar sea lo único que se extiende ya ante él.

Es ahora que un nuevo abismo viene a su encuentro cuando decide parar. No era lo que estaba buscando porque no buscaba nada, pero le vale. Se repliega sobre sí mismo y se protege del frío rodeándose con las alas que debieron ser brazos. Allí queda inmóvil, peligrosamente cerca del fin de la tierra que de momento lo sostiene, contemplando un oleaje bravo que lo mece aun a distancia. No se dice nada durante incontables minutos, es un lienzo en blanco sobre el que golpean algunas sensaciones que pronto ahoga la marea.

Se ha hecho de noche y le queda la luna de testigo. Es una luna a medio hacer y sumida en una ligera niebla que esparce su resplandor envuelto en un halo de misterio. También se dibuja un camino de plata sobre el mar a sus pies, ahora poco más rebelde que un lago. Observa el camino y piensa, al fin. Descubre qué lo ha subido a ese sitio bello y extraño, nunca antes visitado. La causa no es otra que el fracaso: su fracaso personal y su fracaso artístico. Se dedicó exitosamente durante años al mundo del espectáculo, sus alas lo convirtieron en el principal reclamo de cuantas funciones lo incluían y los dueños de las más grandes representaciones ponían cheques en blanco encima de una mesa para contar con él. Así se le vio en teatro, en circo, en performances, en televisiones, en cine, en lo que fuera. Por supuesto aquello le había permitido vivir muy bien, sin privarse de nada. Pudo haberse quedado en monstruo de feria pero tuvo suerte y supo tomar buenas decisiones en los momentos adecuados. Ahora las cosas han cambiado, y mucho. Si un año antes le hubieran dicho que uno después estaría arrastrándose desnudo por un pequeño camino de tierra, él habría calibrado inmediatamente cuántos ceros llevaría el cheque de ese cineasta retorcido que quería lacerarlo. Y en cambio así son las cosas. Arruinado y maltrecho, en un lugar cualquiera y al atardecer, sin esperar recompensa, se había arrastrado hasta la extenuación.

Era el maldito dinero el que lo había revolcado hasta ese lugar, y no necesariamente a ese, sino también a cualquier otro. El mismo dinero que lo aupó a la categoría de estrella mundial y que había ido soltando uno a uno los enganches del arnés con que lo asía hasta depositarlo al borde de aquel acantilado sintiéndose fracasado. De repente le asaltaron las dudas. Él siempre se había considerado especial, una rareza amable de la naturaleza, un ser bello y admirado; pero ya no estaba tan seguro. Revisando su proeza de aquella tarde, le daba hasta vergüenza admitir que su única motivación fuera el maldito dinero; pero así era, de un tiempo a esta parte las inversiones le habían sido esquivas, la crisis económica había golpeado al mundo y el mundo se había ido deshaciendo de lo prescindible, un prescindible muy entrecomillado en su cabeza. Quién había decidido y en qué momento que la belleza, su belleza en concreto, era un gasto ridículo e injustificable. En cierto modo comprendía que era más conveniente renunciar a unas cosas que a otras, pero eso no lo hacía sentir mejor.

Fue cayendo dormido mientras los últimos cheques rondaban su cabeza. Amaneció con un sueño grabado en la memoria. En él caminaba erguido y espléndido por el sendero plateado que dibujaba la luna en el mar. A los lados de ese sendero la gente lo ovacionaba, le lanzaban confeti, dinero y flores; festejaban con entusiasmo su paso. Ese camino se acababa en algún punto en que solo había oscuridad y un espejo en el que cuanto más se miraba más se convencía de que la luz volvería. Y bueno, despertó. La luz estaba allí, pero aún debía dirimir si su ser poseía algún valor por sí mismo o tal vez solo valía lo que el dinero estuviera dispuesto a pagar por él. ¿Acaso todo estaba cimentado con dinero? ¿No quedaba valor ajeno a él? Todavía no lo sabía, pero dedicaría el día entero a ello.

Se le escaparon las horas deprisa. Llegó de nuevo la noche con una luna más grande, clara y mejor construida, pero aún no había sido capaz de darse respuesta. Abatido por su inutilidad además de por el hambre y el cansancio acumulados, ideó una manera rápida y temeraria de decidir si el dinero era dueño y verdugo de su talento o si podía existir también al margen de él: iba a tirarse por el acantilado, su cumbre más alta hasta el momento o, cuanto menos, la que mayor vértigo le había hecho sentir. Había oído en alguna ocasión que en las cumbres más altas cuesta más trabajo pensar por la falta de oxígeno y porque para llegar hasta ellas hace falta un derroche de valor y esfuerzo, quizá por eso era incapaz de conectar sus ideas y encontrar una respuesta a la altura de su duda. Estaba dispuesto a saltar y puede que así, a medida que el vertiginoso descenso fuera oxigenando sus neuronas, él lograra al fin hallar certidumbres. Tendría cuatro o cinco segundos de caída, suficientes para decidir con un impulso si desplegar sus alas y proclamar así su belleza sobre el camino de plata o no hacer nada y caer en picado, hundiéndose para siempre bajo sus baldosas onduladas. Definitivamente era una buena solución, así que saltó.

Imagen de Larissa Morais

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One Comment

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  1. toneti / Nov 14 2011 16:02

    ¡¡¡BRAVO!!!

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