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7 noviembre, 2011 / Erik Macbean

En una llanura siciliana

Era extraño, porque el campo que se extendía frente a sus ojos tenía un ligero tinte verdoso. Él lo había imaginado de puro centeno. En cualquier otro la constatación de semejante realidad hubiese abierto el camino a un temor de proporciones desconocidas, pues si ni siquiera el color del suelo es el que uno espera, ¿en qué más puede haberse equivocado? Pero él llevaba una capa roja. No era como cualquier otro. Ni él ni sus otros 63 compañeros de armas, encuadrados en la pentekostys que había sido enviada como avanzadilla para ver qué posibles secretos encerraba el horizonte. Conocían el temor, pero habían aprendido desde temprana edad a gobernar sobre él. Por eso el descubrimiento de que nada empezaba a parecerse a lo que él creía que era Sicilia sólo le provocaba una leve sensación de curiosidad.

Nadie dudó cuando el líder de la compañía ordenó seguir avanzando. Llevaban un día y medio de ventaja sobre el grueso del ejército, que se abría paso lentamente desde la costa en la que había sido vomitado por la flota de transporte. Su misión era bordear el enclave rebelde de Siracusa por el flanco izquierdo hasta dejar la ciudad prácticamente a su espalda, establecerse en una colina desde la que se pudiese vigilar la tierra circundante y sólo entonces enviar un mensajero que informase al general de la situación.

El ambiente era marcial, pero no tenso. Estaban alerta, pues alerta habían aprendido a estar desde los siete años. Confiaban en sí mismos y albergaban la certeza de que un exceso de celo sólo retrasaría unas pocas horas lo que el destino les tuviese reservado. Las aves les miraban desde lo alto y se confesaban unas a otras que, contra todo pronóstico, la calma imperaba entre los guerreros a pesar del peligro.

Estando el sol en su cúspide observaron, con una mirada cargada de indiferencia, al jinete. Era de necios pensar que 64 capas rojas y sus respectivos escudos de bronce no iban a despertar la curiosidad, cuando no el belicismo, de los rebeldes. Contrastaban demasiado con el tinte verdoso del suelo que pisaban, y al andar el ruido del metal era recogido por el viento y depositado en lugares que los ojos no alcanzan a dibujar. Ningún murmullo recorrió el grupo cuando, a lomos de su caballo, el oteador se perdió al galope tras la loma. Siguieron avanzando.

Pocas horas después los discretos sonidos del campo quedaron apagados por los siniestros ruidos que genera el hombre cuando está nervioso y excitado. Gritos, galopes y metales se entrelazaban y llegaban hasta ellos combinados en una receta única que invitaba a presagiar un final del día duro. En algún lugar no muy lejano se estaba celebrando la danza que invoca la sed de sangre. El barullo fue creciendo minuto a minuto y los espartanos comprendieron entonces que su fama también les precedía en aquellas tierras desconocidas. Porque llegaba desde los cuatro puntos cardinales. Era una emboscada.

No hicieron falta muchas órdenes. Apenas se escucharon dos gritos ásperos entre la formación surgidos de una única garganta. En cuanto las primeras siluetas asomaron en el horizonte la pentekostys lacedemonia formó en círculo, cerró filas y esperó.

Las colinas de los alrededores estaban llenas de rebeldes armados. Serían varios cientos. Quizá unos pocos miles. Todos en la llanura comprendieron que la sentencia estaba ya firmada. Los atacantes estrecharon el cerco y tras una intensa lluvia de flechas y piedras, se lanzaron al ataque jubilosos de poder demostrar que la valentía de aquellos 64 huérfanos de suerte era del todo estúpida.

Cayeron muchos atacantes, pero al final triunfaron. Ninguna capa roja quedó sin remojar en sangre. Los rebeldes se emborracharon de éxito, brindaron y esa noche le hicieron el amor a sus mujeres varias veces. La resaca duró un día y medio, y cuando el ejército espartano llegó al lugar de la batalla encontró los restos de la compañía masacrada. Así fue como el general recibió el mensaje de que esa tierra tendría que volver a ser domada con sangre y acero.

Misión Cumplida.

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