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13 octubre, 2011 / Jorge Gato

Siempre que muero

Y un día cualquiera, de repente, ya no te sirve haber sido el más guapo, el más simpático, el más musculoso o el protagonista de una serie de éxito. Es uno de los extraños encantos de la vida y de la muerte, pero a la vez es su desgracia y nuestra condena.

Pudiera dar la sensación, por los últimos textos que he ido publicando en este lugar, de que estoy algo obsesionado con la certeza de nuestra mortalidad; y quizá sea cierto, aunque ello no me suponga una angustia especial o una disfunción específica. He matado o hecho morir a los personajes de mis historias sin sombra de compasión, aprovechando sus extinciones para dejar por escrito algunas de las reflexiones que la incertidumbre de la muerte y su aleatoriedad incrustan en mis circuitos neuronales a diario. Así, vimos a Anselmo Coronado suicidándose para estirar los minutos vividos en nombre del amor, a Alf ardiendo espontáneamente en una cámara anecoica o al asesino a sueldo liquidando a un anónimo desde una azotea. Es lógico que en cada personaje creado dejes algo de ti mismo, y ninguno de ellos supuso una excepción a esta regla, pero resulta obvio que hay un rasgo predominante común a todos ellos: la presentación del fin de una vida sin artificios, sin heroicidades, sin pena ni gloria. Es decir, como suele aparecer la parca.

He de reconocer que no solo exploro la muerte en plena consciencia, también cuando estoy a merced del motor que controla mis ensoñaciones me dedico a ello. Ya expliqué cómo moría parte de mi familia en sueños sucesivos allá por los primeros pasos de este blog, y he mencionado de pasada algunos otros episodios de naturaleza similar. Pero, por encima de todos, hay dos sueños que me han impactado especialmente y que hoy, ya metidos en harina, quisiera compartir con nuestros lectores. En ambos era yo mismo quien moría, y lo hacía en unas circunstancias no muy deseables, aunque ésto pudiera resultar engañoso. Me explico.

El primero sucedió hace ya bastante tiempo. No recuerdo por qué extraños y perversos derroteros circulaba la historia, pero acababa con un servidor tumbado en el suelo boca arriba y con alguien clavándome -con mala hostia- una barra circular de metal en el pecho, al estilo de los picadores en las corridas de toros solo que sin caballo. Es curioso que pudiera sentir con tanto realismo cómo se iba tronchando mi caja torácica al tiempo que mi organismo empezaba a colapsarse por toda la sangre que no encontraba sus rutas habituales. Mentiría si dijera que no fue bastante angustioso, pero no estaría diciendo toda la verdad si omitiera que, en el fondo, también resultaba una sensación sorprendentemente placentera. La considero mi primera experiencia realista de muerte propia.

El segundo sueño tuvo lugar hace poco. Me situaba en un centro comercial mirando ropa adecuada para bicicleta, aunque no recuerdo si llegaba a comprar algo. El caso es que me introducía en el ascensor para abandonar ordenadamente el establecimiento con tan mala suerte que aquél se descolgaba escupiéndome violentamente por su puerta desde una gran altura. Yo caía al suelo, también boca arriba, y quedaba inconsciente; después tenía lugar lo más sorprendente, agradable y reconfortante del sueño. Me hallaba completamente anestesiado, solo me distraía un pitido intenso en los oídos que achacaba al fortísimo golpe en la cabeza. Entonces, desde una profundísima paz interior casi extracorpórea, por contradictorio y raro e inaccesible que pueda sonar, intentaba dilucidar si ya estaba muerto, o todavía vivo, o en vías de extinguirme. No alcanzaba una respuesta definitiva, pero desde esa paz ingrávida todavía tenía tiempo para darme la razón a un nivel muy profundo: la muerte es terroríficamente aleatoria e inoportuna.

Siempre que muero resulta ser una sensación agradable, aun dentro del cerco de angustia que pueda acompañarla. No obstante de momento no pretendo morirme, la verdad. Lo que sí me gustaría es ser un poco más inteligente para poder concluir las reflexiones que me asaltan y no perderles la pista a medio camino. Pero bueno, como bien decía mi asesino a sueldo desde su azotea: no se le pueden pedir peras al olmo. Espero, eso sí, haber tranquilizado a mis lectores sobre la elevada mortalidad reflejada en mis escritos; no tengo intención de suicidarme, ni estoy deprimido, ni me faltan temas; pero convengamos que la vida, sin la muerte, sería otra cosa completamente distinta. Y este blog también.

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One Comment

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  1. Gontzon / Oct 17 2011 20:16

    Completamente de acuerdo.Como dirían los clásicos:”Post mortem nihil est,ipsaque mors nihil.

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