Skip to content
9 octubre, 2011 / Erik Macbean

El multimillonario del pueblo

Vamos a dejar mi escasa creatividad de lado. Hoy toca actualidad. Aunque más adelante comprenderán todos ustedes lo atrevido y sarcástico del término. Prometo, en cualquier caso, no dar mucho el coñazo.

Hace unos días se anunció el fallecimiento de Steve Jobs, un ícono mundial asociado a la empresa Apple. La Manzana. Digo que se anunció porque no está muy claro todavía cuándo murió. La semana pasada, probablemente. ¿Pero qué día? Pues ni idea.

Jobs era un personaje curioso. Según los testimonios de los que le conocían bien -es decir, de los que trabajaban en su empresa- era como cualquier otro genio: excéntrico e imprevisible en el trato personal. A otras escalas era un auténtico gigante; una referencia hasta para personajes políticos de la talla de Barack Obama, que ya de por sí es un referente mundial para muchos -e intergaláctico para unos pocos- al ser el primer presidente negro de Estados Unidos.

Además de ignorar el esquema del buen triunfador (que consiste en sacar buenas notas en la escuela, mejores en la universidad, hacer un máster de decenas de miles de dólares después para posteriormente disponerse a sacrificar cualquier placer de la vida hasta los 40 años) y andar su propio camino, el padre del iPhone y otros chismes ha logrado una paradoja impresionante: ser un millonario aceptado de buena gana por el pueblo en plena crisis financiera.

Escribe Antonio Caño, uno de los corresponsales del diario El País en Estados Unidos, que Steve Jobs no se preocupaba por las cifras. Es decir, las tenía en cuenta pero, para él, ello era una circunstancia totalmente secundaria. Los beneficios de Apple eran su excusa para seguir creando e innovando. Para seguir aportando al público. Otros gigantes, como los bancos Goldman Sachs o JP Morgan Chase, utilizan al público para llenarse los bolsillos sin aportar nada o casi nada a cambio. En cuanto a las excusas, a estas alturas ya no les queda ni una.

La figura de Jobs, por tanto, derriba uno de los coros más escuchados en las calles de Europa y Estados Unidos durante los últimos tres años: “¡Abajo los ricos!” No hay que tomarla con los ricos. Ni con los pobres. No hay que tomarla con el tamaño del bolsillo de nadie. Hay tomarla con los que se lucran a expensas de los demás sin dar nada a cambio. Las acciones de Apple pasaron de costar 10 dólares a costar 400 dólares en los mercados bursátiles, y La Manzana ha llegado a ser la compañía más valorada en el mundo. Pero Jobs no dormía mejor o peor pensando en complicados gráficos de estadísticas que demostrasen cómo uno podía salir airoso del próximo trimestre. O cómo podía enriquecerse todavía más. Jobs sólo quería dar forma a sus proyectos. Unos proyectos que, guste o no guste, han aportado muchísimo al desarrollo tecnológico de la última década.

Se ha largado al otro barrio un genio que, además de multimillonario, era muy querido. En los despachos de Wall Street deberían tomar algo de ejemplo. Quizás entonces las cosas mejoren un poco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: