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28 septiembre, 2011 / Jorge Gato

Un canódromo y dos pamelas

Era un vencejo o un mirlo aquello que sobrevolaba con rápidos ascensos y descensos el ahora vacío canódromo. Las pocas emociones humanas que la mañana lluviosa y plomiza había tolerado se habían diluido ya entre las gradas de cemento, en las que por cierto ya no quedaba nadie. O casi nadie. A media altura aún se divisaban dos enormes pamelas, una roja y otra negra, estáticas, sosteniéndose en el aire a unos cuantos centímetros de la bancada. Ningún ruido de procedencia humana interrumpía al de la lluvia mientras borraba las huellas del centenar de perros que habían entretenido a los pocos que se atrevieron a abandonar la cama aquel frío miércoles otoñal.

El vencejo o el mirlo se había posado ya en un poste de luz cuando un rayo de sol atravesó con fuerza la marea gris que lo retenía y fue esquivando cuidadosamente cada gota de lluvia para acabar aterrizando en la grada, un poco a la derecha de las dos pamelas que continuaban flotando. Fue entonces cuando emergieron tres siluetas al resguardo de tan excesivos sombreros, todas ellas desmesuradamente huesudas, pero que daban sentido a aquella levitación incomprensible. En efecto, eran aquellas dos mujeres esqueléticas, desnudas, de piel tersa y blanca como la nieve, las que sujetaban con sus cabezas las pamelas ya no tan ingrávidas. Llevaban el pintalabios cambiado, pues la mujer que soportaba la pamela roja tenía sus labios exagerados por un negro intenso que destacaba fuertemente sobre su rostro, y la mujer de la pamela negra llevaba los suyos de un rojo pasión que causaba el mismo efecto. No se les intuía la mirada por la caprichosa sombra que sobre sus caras arrojaban aquellos gigantescos sombreros. La mujer de la izquierda sostenía también una correa plateada acabada en collar de brillantes alrededor del enjuto cuello de un galgo español tumbado en el suelo, difícil de ver por sus colores gris, marrón y blanco apagados y mal mezclados. Las figuras no interactuaban entre ellas, parecían constituir una fotografía viviente con aquella esmerada pose de piernas cruzadas y torsos erguidos; era en general una composición algo inquietante. Solo el vaho que producían sus exhalaciones daba fe de su humanidad.

Con un movimiento rápido, mecánico e inesperado, las tres figuras se pusieron en pie al mismo tiempo. El vencejo y el mirlo se asustaron y huyeron por el lado contrario al graderío. El rayo de sol también había desaparecido. Las figuras empezaron a avanzar de forma ceremonial hacia la derecha de la grada, donde se encontraba una de las múltiples salidas del canódromo. De perfil destacaban sus largos cabellos negros: la mujer que abría la procesión lo llevaba anudado en una trenza que se descolgaba hasta más allá de la mitad de su espalda, mientras que la segunda lo llevaba suelto y permitía que la suave brisa lo deshilachara a su antojo. Por detrás de ellas avanzaba el galgo haciendo gala de su estampa flaca y bien dibujada, rígido y seguro de cada paso que daba con el cuello estirado y su mirada fija en la mujer que sostenía su correa.

Dejaban una especie de estela tras ellos conforme avanzaban, una neblina polvorienta ligeramente elevada sobre el suelo. Intentando seguir el rastro hacia adelante, era imposible distinguir el final de las piernas cuya blancura destacaba hacía tan solo un rato sobre el cemento de la grada. Cuanto más caminaban, más iban diluyéndose sus figuras de forma ascendente, de modo que ya casi no se advertía con claridad opacidad cárnica alguna más abajo de sus caderas, convirtiendo su desplazamiento en un fenómeno fantasmagórico; el galgo, en cambio, seguía de una pieza. Un potente graznido procedente del otro lado del canódromo anunció la llegada del vencejo y del mirlo, que se lanzaron en picado contra la solemne marcha para vengar el susto. Sorprendentemente, las mujeres, pamelas incluidas, se tornaron en polvo y las aves, confundidas por la nebulosa resultante, impactaron fuertemente contra el cemento. El galgo quedó inmóvil y entero, con la correa tirada en el suelo y olisqueando sin demasiado interés a los pájaros caídos, los cuales tardaron poco en rehacerse y echar a volar de nuevo. Seguía lloviendo.

Imagen de Natalie Shaw.

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One Comment

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  1. Concha Huerta / Sep 30 2011 11:46

    Un relato inquietante de tres fantasmas que pasean por un canodromo. Pobres bencejos o mirlos… Menudo susto. saludos

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