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20 septiembre, 2011 / Erik Macbean

Rumbo al Olvido

El chamizo apareció, de pronto, entre la bruma arenosa del horizonte. Pisó el acelerador. Tenía sed y ya llevaba varias horas cabalgando sobre su poderosa montura, de un elegante tono azul metalizado. Le vendría bien estirar las piernas un rato mientras degustaba cualquiera que fuese el endemoniado brebaje que estuviese de moda en aquel infierno.

Conforme se aproximaba al tugurio de carretera pudo observar una serie de motocicletas de gran cilindrada aparcadas en batería a la sombra de un tejado de paja. De la parte de atrás sobresalía la silueta de un par de camiones. Tras hacerse una idea de la clientela habitual del lugar llegó a la conclusión de que la mezcla suministrada ahí sería lo suficientemente decente como para poder aguantar otra larga etapa sobre el asfalto. Hasta bien entrada la noche, por lo menos.

Desaceleró, redujo una marcha tras otra y estacionó en un extremo de la imponente fila de motos. Se tomó su tiempo a la hora de apearse, tratando de desentumecer sus músculos todo lo posible durante el proceso. Lo consiguió a medias, y por eso sus primeros pasos hacia la entrada de la cantina dieron la impresión de que arrastraba alguna fractura. Pronto se repuso, apartó la cortinilla de madera y entró con decisión. Tras tomarse unos segundos para adaptar su visión a la escasa luz del lugar, vislumbró la barra.

Le sirvieron whisky. Un whisky fuerte, muy fuerte. Agradeció el trago, pidió un segundo y, como se suele hacer en estos casos, saludó con una inclinación de cabeza a su compañero de barra más próximo. El tipo le devolvió el gesto y, tras mirarle de arriba abajo, le preguntó por su destino.

Voy hacia el oeste compadre. Es todo lo que sé y, por eso, es todo lo que puedo decirte.

El otro asumió la respuesta con una complicidad reconfortante. Sin embargo la tradición es sagrada, así que tal y como manda el ritual se interesó por su procedencia.

Vengo de donde nadie quiere estar.

Comprendió el otro. Uno más que se encuentra en busca y captura por su propio pasado. Pues que la pesadilla no insista demasiado, hermano, que la pesadilla no insista demasiado…

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Natalia Bravo García / Dic 10 2011 2:51

    me encantaría un día husmear en vuestra cabeza y explorar todos esos cajoncitos llenos de imaginación que aguardáis en ella 🙂 cómo podéis tener esa facilidad para redactar?
    qué bien describís… qué delicadeza; tan suaves vuestros adjetivos…tan brillantes, que pulen al detalle la silueta que se crea en mi imaginario…

    • erikmacbean / Dic 10 2011 17:41

      Gracias por tus palabras, amiga Natalia. Ojalá esto mismo lo piense algún día algún editor con pasta y podamos, por fin, vivir del cuento. Literalmente. Y en cuanto a la facilidad a la hora de redactar, que no siempre se da ni mucho menos, a veces lo que hay que hacer es ponerse en el pellejo del personaje que vas a dibujar. Experimentar y sentir como lo haría él, y en definitiva, como lo harías tú en su lugar. Aunque algunas historias, si bien han sido trasladadas al desierto de Arizona, tienen su origen en alguna calle o tasca de Madrid.

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