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8 septiembre, 2011 / Erik Macbean

El paréntesis

No era excesivamente guapo. Tampoco feo. Podríamos decir que era atractivo, a secas. Se le consideraba un paréntesis; algo así como un ligero matiz dentro de un contexto que va por otros derroteros mucho más importantes. Un desahogo regular para algunas y una aventura puntual para otras. De hecho, en ninguno de los casos esos encuentros solían desarrollarse más de un par de horas por vez. Ni los periodos anteriores o posteriores a la cita los adornaba con llamadas, mensajes o cartas perfumadas. No era su estilo.

A él no le molestaba ese rol en absoluto, esa aparente superficialidad. Por el contrario, asumía con encantadora naturalidad lo que consideraba que le había tocado experimentar por designios divinos. Se podría decir que era un creyente, a su manera. Y también era el que las sonreía, las daba conversación mientras degustaban un elegante gin-tonic y después se las follaba en la habitación del hotel. Porque él jamás ofrecía su casa y la gran mayoría de ellas, por motivos obvios, tampoco elegían la suya para instalarse y disfrutar de ese rato pecaminoso.

Algunos seres queridos -los que venían de fábrica, pues de los que uno consigue por el camino apenas tenía- le preguntaban por el amor. Pero él siempre solía responder de forma condescendiente que con una pasión trabajada durante un par de horas cada tres o cuatro días, de momento, le bastaba. Y tras semejante explicación deleitaba a los allí reunidos con esa tímida sonrisa que tantos suspiros eróticos había conseguido despertar en multitud de gargantas; tantas que ya había perdido la cuenta. El amor, ese concepto tan subjetivo…

Creo que podemos obviar entrar en detalles, cifras o porcentajes tratando de ilustrar la cantidad de sementales que le repudiaban. Los comprometidos porque le veían como al enemigo a batir en el hogar; esa hiena que ronda a una presa ya cobrada por otro depredador, mientras espera un descuido para sustraer -temporalmente- el trofeo. Y los que no se comían ni un mísero colín porque le veían como a un maestro de la seducción que desfloraba doncellas de todo tipo y condición. Tanta comida en un mismo plato mientras el resto de comensales se ven obligados a observar con muestras de desesperación cómo de la tarta no les cae ni la guinda. O algo así.

Él, por su parte, no sentía nada en relación al resto de los de su simple y a todas luces estúpido género. Puede que entendiese el motivo de las muecas que suscitaba a su paso, pero llegados a ese punto se terminaba su espíritu comprensivo. Era consciente de que cazaba solo, y aunque tenía unos principios irrenunciables no aspiraba a que nadie más que él los entendiese, por eso despreciaba cualquier intento de explicarse, ya fuese en público o en privado. Más de una vez saltó de un primero tras dedicarle un rápido y sincero adiós al cornudo de turno aprovechando su conmoción al entrar en la habitación y encontrar a su novia o mujer con un querido del que nadie jamás había escuchado hablar. (Aunque la norma general era verse en un hotel, algunas tenían cierto apego al riesgo).

El caso es que siempre se había preguntado que para qué servía aburrir al personal con monsergas. En su opinión muchos al encontrarse de bruces con semejante realidad (la de un tipo saltando por una ventana sentimentalmente delicada) revolvían demasiado cuando ella en el fondo, y no tan en el fondo, probablemente les siguiese queriendo. Por eso tampoco entendía a aquellas víctimas que engordaban el asunto hasta dotarle de unas dimensiones extraordinarias como si por su parte hubiese sido algo personal; una especie de venganza. Muchas veces, incluso, encerraba el presentimiento de que ese simple polvo que él ofrecía las veces que fuese necesario servía a menudo de terapia para mejorar la convivencia de esas parejas. Evidentemente, esperar un gracias ha sido usted muy amable por parte del afectado hubiese significado una paliza o, en el mejor de los casos, una denuncia por agresión. Y él detestaba ese tipo de conflictos. Le resultaban estériles, de ahí que no le viese el sentido a dar las explicaciones pertinentes y exponer el asunto desde un punto de vista racional.

Jamás estuvo invitado a ninguna boda y tras la adolescencia se acabaron las cenas de clase o los botellones que ven despuntar el alba en un parque cualquiera de la ciudad. Estaba al servicio del follaje. Salvando a un par de amigos a los que veía con regularidad indescifrable, también carecía de entorno social más allá del que le brindaba su anciana madre, a la que iba a visitar cada domingo siempre y cuando no tuviese ninguna cita en su más que apretada agenda. Tampoco le disgustaba esa soledad relativa; sabía apreciar sus múltiples ventajas y uno de sus convencimientos era que todo hombre, mujer o bicho viviente muere a solas, frente a un espejo íntimo que nadie más es capaz de observar. Esa puerta -la de la muerte- se tiene que atravesar de uno en uno y puesto que el final del camino ya lo conocemos todos, él tampoco veía motivo para evitar prepararse para la ocasión con un poco de antelación.

Nadie nace así. Algo hay en el carácter, pero el resto es un cúmulo de cosas que se van recogiendo, normalmente, a los pocos años del florecer sexual. En su caso fue hace ya mucho tiempo cuando supo que las cosas serían de esa manera. Cuando hasta el más leve compromiso sentimental le daba náuseas comenzó a reflexionar y poco después llegó a la conclusión de que sería mejor amante que marido. Follaba bien, era culto y sabía empatizar con los problemas de las damas (también con los de los hombres, pero éstos no le atraían lo más mínimo). Tras la sesión de sexo a veces disfrutaba de una copa en el balcón entre caricias para después despedirse con un fugaz beso en los labios y desaparecer de la escena hasta que el camino de ella volviese a querer cruzarse con el de él. Carecía de celos y eso, aunque a veces disgustaba a las más enamoradizas o románticas, a la larga era otro punto más a su favor.

Huelga decir que él nunca avisaba. Facilitaba sus datos y dejaba clara su plena disponibilidad. Siempre eran ellas las que decidían dónde y cuándo ubicar ese interesante y atractivo paréntesis dentro de su monótona rutina. Y se sorprenderían ustedes si yo les contase la cantidad de veces que algunas han llegado a repetir.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Natalia Bravo García / Dic 10 2011 2:42

    me encanta. Volvemos a la temática del amor. El amor, o ese invento que sirve para cubrir con un bonito velo otros conceptos que no gustan tanto a nuestra sociedad…
    Pero dime, realmente era feliz? Quizás sí… a nadie le debería bastar otra persona para sentirse completa. O al menos así deberíamos sentirlo. Ni que esa “otra” cargará con aquello que creemos q no nos completa como personas.
    Me gusta, en parte, que mencionéis la muerte. Muerte, soledad, amor. Un triángulo que se vive con uno mismo. No se comparte con nadie más. Incluso el amor. Primero ámate a ti mismo. Y luego entenderás ‘todo’ lo demás…
    o no?

    Un abrazo, chicos

    • erikmacbean / Dic 10 2011 17:52

      ¿El amor es un invento? No lo creo. El amor ha reunido multitud de opiniones, y la gran mayoría -por no decir casi todas- tienen un denominador común: beben directamente del momento en el que son escritas. En otras palabras; en muy contadas excepciones esa opinión es objetiva y distante. Es una de las características del amor, que antes o después, mejor o peor, de una forma o de otra… acaba tocando a la persona. Y sí, sirve de tapadera. Pero a veces es una tapadera maravillosa, real e incluso pragmática. Un concepto complicado de analizar, en cualquier caso.

      ¿Realmente era feliz? No lo sé. Lo que sí te puedo decir es que era mucho más libre que la mayoría de la gente, precisamente por esa capacidad para no depender sentimentalmente de nadie. Llegados a este punto te remito al relato que habla de Adánez, el campesino, para que veas lo que le ocurrió a él cuando cortó toda atadura con sus semejantes. ¿Fue feliz?

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