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2 septiembre, 2011 / Jorge Gato

Desde la azotea

¿Cómo les gustaría que les sorprendiera la muerte? Entiendo que pueda ser éste un tema delicado, poca gente quiere morir y quizá menos aún dedique algo de su tiempo a pensar sobre cómo les gustaría presentarse ante la parca. Pero por mi trabajo, del que a continuación les contaré algo, me he visto inmerso en estos años en toda una serie de reflexiones sobre los últimos momentos de la vida de las personas. Debo confesar, no obstante, que muchas veces no han sido cavilaciones demasiado lúcidas, pero qué quieren, tampoco se le pueden pedir peras al olmo, a cada uno se nos da bien lo que se nos da bien, y lo mío es otra cosa. Intentaré explicarles una de las ocurrencias que me vienen acompañando durante los últimos tiempos, una de las que más me han entretenido. Aparece bien representada en la primera pregunta: ¿Cómo les gustaría que les sorprendiera la muerte?

Uno de los puntos fuertes de mi trabajo es que me permite visitar muchos lugares de diversas características repartidos por todo el mundo. Las azoteas figuran en el número uno de mi lista de favoritos, son lugares increíbles, ¿han pasado tiempo en alguna? Te hacen sentir por encima del bien y del mal, casi todo parece estar rendido a tus pies. Cada vez que piso una se me despeja la mente, es como un chute de algo celestial, se queda todo aparte, nada importa demasiado. Tengo la sensación de estar completamente solo en el mundo, pero a la vez me abruma la cantidad de gente, de vidas que van y vienen allá donde la gravedad acabaría por estrellarme; son enanas, insignificantes, pero son vidas enteras, historias inverosímiles, historias llenas de grandeza y mezquindad, de victorias y derrotas. Me abruma, ya lo digo. A veces voy con mucho tiempo de antelación sólo por poder disfrutar más y mejor de tan inspiradores ambientes, sobre todo si se trata de una ciudad nueva o de un edificio especialmente alto. Algún día esta afición me pasará factura.

Me obligo a acabar con las divagaciones cuando el pulso se me ha calmado lo suficiente, aunque nunca del todo, siempre hay que conservar algo de nervio corriendo por las venas. Es una cuestión de instinto pero también moral, evito caer así en la hipocresía de banalizar lo que hago. Así que me encamino al cardinal que corresponda con cierta tranquilidad, pero nunca anestesiado. Casi siempre trabajo de noche, lo que hace más sencillo observar aquello que sucede tras los muros y ventanas gracias a mi cómplice, la luz artificial. Suelo llevar una pequeña silla plegable para tomármelo con la calma justa y necesaria. Me siento y comienzo a preparar el material mientras me cuelo de ventana en ventana hasta donde me alcance la vista. Siempre hay actividad interesante: la cena familiar, la riña matrimonial, la joven bailando desinhibida en la soledad de su habitación, el músico solitario… Cada momento con su encanto, con su esfera cotidiana e imperturbable. Soy partícipe de su más profunda intimidad durante unos minutos, y eso me hace sentir privilegiado. En un mundo difícil como lo es el mío, no viene mal un poco de compañía aunque ésta sea aparente, lejana y nunca recíproca. Compañía recíproca, menuda cosa, hasta ahí me lleva este miserable y fascinante trabajo.

Contemplo unos segundos más los últimos gestos, los últimos movimientos. Cuando ya está todo listo es cuando siento una extraña paz interior que no deja de sorprenderme. Al principio, novato yo, me asustaba. Me reprochaba: ¿Pero cómo puedes sentir paz en un momento así? Jamás me he dado respuesta, es simplemente la sensación que experimento y, con el tiempo, he aprendido a recrearme en ella. ¿Recuerdan la pregunta que les planteaba al principio? Es en este preciso instante cuando me asalta, y ello me obliga a buscar. A buscar el mejor momento, aunque me temo que el objetivo no lo calificaría precisamente de ‘mejor’ si acaso pudiera responder. Esta noche había poco que hacer, la ventana daba al baño. Aun así he esperado a que se duchara, a mí me gustaría que la muerte me sorprendiera limpio y despreocupado, haciendo algo sin dobleces, algo sencillo. Estaba cepillándose los dientes mientras la mira telescópica casi me metía dentro de su cabeza. Al final no me metí yo, se metió la bala. Limpio y despreocupado, como el disparo y como yo, cae al suelo, termina su historia. No lo conozco de nada, no sé si es de los buenos o de los malos, no tengo detalles sobre su familia; lo hago de todas maneras. Tengo todavía un segundo o dos de paz, la bala transporta consigo mis pesares. Luego el pulso vuelve a acelerarse, por eso procuro ser muy metódico. Todo en su funda, cada funda en la funda. La funda al hombro, el hombro sobre las piernas y las piernas fingiendo que no tiemblan de emoción. Ascensor, es más normal para bajar desde la azotea. Desaparezco por la primera esquina que puedo, soy una persona gris, nadie repara en mí. Otra noche de trabajo, la cobro bien.

Disculpen que no me haya presentado, pero por motivos obvios será mejor que mi nombre quede a salvo conmigo. Les diría que en el fondo soy una buena persona, pero no me molestaré en mentirles, no hay humanidad en mí; no la puede haber en alguien acostumbrado a hacer esto. Con la bala también se me escapó la filosofía, ya no creo en el ser humano ni creo en casi nada, todo me parece un juego. Todo menos la muerte.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Concha Huerta / Sep 8 2011 11:38

    Buen relato que recrea que debe de pensar ese asesino en serie. Me sorprendio el final. Muy bien construido. Saludos

Trackbacks

  1. Siempre que muero « Cumbres sin ecos

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