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19 julio, 2011 / Jorge Gato

Simetría

Tarde en la tarde estival de un sábado atípico. El calor de un julio naciente agobia pero no abrasa. Aún no es de noche pese a la hora, las nueve y pico, y los mosquitos siguen rondando las plantas que asoman por los balcones de la calle angosta y empinada, digna de cualquier casco antiguo. Las plantas están espléndidas: verdes con rabia, altas, frondosas, floridas; amagan con saltar al vacío. El cielo es de un azul evanescente por cortesía de un sol ya derrotado. La calle está desierta, como acostumbra. Los faroles, incrustados en la pared de los edificios de la acera izquierda según se asciende, están vestidos de un amarillo anaranjado, aunque aún no se antojan necesarios para ver. Sí lo son para adornar la escena. A la derecha se extiende una fila de coches dormidos que, por la hora, ya no alimentan a los voraces parquímetros. La fila se interrumpe a intervalos regulares, cuando calles perpendiculares de iguales características destrozan su monotonía.

Me da la sensación de que la calle exhibe una simetría gloriosa. Los edificios ejecutan precisos cambios en la altura de sus tejados a medida que se asciende. Los muros, tejas y terrazas crean un entramado aéreo de paralelas robustas de distinta longitud y diferente profundidad que rozan el cielo, aún azul. Más abajo, los balcones acompañan la subida por ambos lados con una uniformidad extraordinaria. Por algunas barandillas sobresalen plantas, en otras se apoyan persianas lánguidas que dibujan curvas de diseño, otras simplemente lucen desnudas; pero hasta semejante aleatoriedad parece estar pactada. Hay ventanas abiertas o cerradas, trastos de una tristeza insoportable destinados a enfriar los hogares, molinillos de viento de cientos de colores, parabólicas descoloridas por la lluvia y el tiempo. A pie de calle, las distintas formas, tamaños y colores de los coches aparcados no parecen perturbar el conjunto. Por si acaso, al otro lado de la calle, bajo los faroles, unos pivotes menudos con poco espacio entre sí llevan a cabo un estático y perenne desfile militar cuya ejecución presencian en silencio los cubos de basura, falsos porteros a la caza de intrusos.

Alguien, unos metros más allá, gira la esquina y comienza el ascenso a escasos centímetros del desfile. Lleva dos bolsas que parecen pesadas, una por mano. Su forma de ascender me resulta antinatural. Ha decidido lastrarse, no sé si consciente o inconscientemente, pues dirige sus brazos hacia atrás al tiempo que las bolsas adquieren la consistencia de gruesas cadenas que intentaran arrastrarlo hacia abajo. Sin embargo, su forma de caminar es hipnótica: lenta pero muy ligera. Se inclina hacia los lados con cada paso, como un limpiaparabrisas que quedara atascado en medio de la brisa, o del para, y que tan solo pudiera vencerse unos centímetros a uno y otro lado. Las bolsas ya no son cadenas, son péndulos a su espalda. Se balancean al unísono como si una fuerza precisa las sincronizara y librara del rozamiento y la gravedad. El hombre, de edad incierta, no muy alto, orondo, de pelo oscuro de longitud media y con la coronilla ligeramente descubierta, apenas recorre diez metros. Pero son diez metros en los que el tiempo no pasa, en los que el esfuerzo solo parece un extraño baile soñado. Por fin se detiene en un portal. Posa los péndulos, ya bolsas, en el suelo y toquetea sus bolsillos hasta que encuentra las llaves. Abre y las guarda. Mientras sostiene la puerta con el pie, recoge las bolsas y desaparece. El cielo sigue azul. La simetría es perfecta.

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